Gira el mundo, gira Dios

Cassandra está cansada de ser infeliz, descubre cómo logrará realizar la transformación.

Hoy mientras escribo este diario, escucho una y otra vez la misma canción de Cerati. La única que siempre me ha llevado a pensar, que la vida es capaz de mutar hasta el último hálito del moribundo. Nadie permanece igual de cómo ha nacido. La canción se llama Remolinos, y pertenece al Dynamo. Ya lo sé, Cerati nuevamente en mi vida. Nuevamente allí, como una presencia fantasmagórica. Porque aunque suene repetitivo, creo que nunca dejará de estarlo. Sus imágenes, sus metáforas, sus palabras son demasiado fuertes, como para arrancarlas.

Porque aunque su estado no mute, yo seguiré esperando que cambie. Seguiré esperando que lance su último grito de furia. Que cante Remolinos. Que cante, “Gira el sol, gira el mundo, gira Dios… Al soltar mi cuerpo en remolinos. Resplandor”. Ese es el único sueño que tengo. Que cante esa última estrofa para dejarme tranquila. Y para dejar tranquila también a esta ciudad, que es la ciudad de la furia. A Buenos Aires. Que el alma mutilada de Cerati los calme. Que el alma mutilada de Cerati, derrame, al menos por última vez, su sangre sin temerle a nadie.

Y que yo también de una vez por todas comience a atreverme a derramar mi sangre. A vivir. A dejar mi estado permanente e inalterable de mujer mitad vampiro. De pokemona aletargada y eternamente infeliz. Nadie puede continuar de esa manera. ¡Cómo tan loser! Me digo a veces a mí misma, y ahí trato de cambiar, pero nuevamente no puedo.

Finjo un orgasmo mientras pienso en la vendedora de empanadas de carne. En esa misma que localicé ese día de lluvia en la calle Florida. Ese mismo día que llovía a cántaros. Esa mujer lucía feliz. Contra todo pronóstico lucía feliz. Sonreía como si alguien la hubiese estado iluminando con un rayo de sol. O tal vez hasta ella misma era el rayo de sol.

Sigo igual. Inalterable. Aquí en la calle Lavalle. Lejos de todos mis referentes. De todo lo que he conocido. De mi papá, de mis hermanos y de los ladridos de mi Negro Vicente. En especial de los ladridos de mi Negro Vicente. Diablos, cómo extraño los ladridos de mi Negro Vicente. Su pelaje oscuro y su mirada suplicante. Cómo quisiera recibir su mirada suplicante cada mañana. Cómo quisiera poder entregarle su pan con mortadela y dejarlo feliz. Lo extraño. Tanto, que a veces hasta me he llegado a descargar con mí pololo, Pipo. El pobre Pipo hasta ha tenido que soportar mis arranques de furia. Mis peticiones absurdas. Que una vez, por ejemplo, le haya pedido, que se convirtiese en perro.

-Pipo por qué no me ladras un poquitito y me mueves la cola-, le dije y él sólo me quedó mirando. Me miró con sus típicos ojos de resignación. Con sus típicos ojos, como para darme a entender que me estaba volviendo cada vez un poquitito más loca.

-Cassandra, a voz simplemente no te puedo seguir… Sospecho que un día me pedirás que me convierta en elefante y yo no sabré cómo diablos complacerte-, me dijo.

Y luego se me tiró encima. Se me tiró encima como si hubiese sido un verdadero ex convicto, a un día de salir de la cárcel. Como si yo hubiese sido una especie de resorte sexual. El Pipo jura que yo soy una especie de resorte sexual. Lo hacemos, y mientras tomamos la posición clásica del peregrino, suelo sentir cada uno de sus movimientos. Lo hace bien. Pero a pesar de eso, igual hay algo tan malo en mí, que finalmente soy completamente incapaz de abstraerme de mis pensamientos. De mi cabeza y el mundo. De abstraerme de que el mundo -al igual que en la canción de Cerati- sigue y seguirá girando allá afuera. Un sábado por la tarde, en pleno hervidero de la ciudad de la furia, a sólo un par de metros de mi ventana.

Y yo, siempre yo, Cassandra. La protagonista de su propia historia. La niña mutilada e imposibilitada para ser feliz. Para provocar un cambio. Imposibilitada para liberarse de la jaula que ella misma se autoimpuso un día, ¿Y por qué Cassandra?, ¿Por qué? Me pregunto yo. ¿Por qué diablos no puede ser normal esa niña llamada Cassandra? Vuelvo a preguntarme: -¿Por qué diablos no puede ser diferente? ¿Por qué diablos tiene que ponerse a pensar en cosas tan absurdas como que el mundo gira, justo cuando se encuentra en posición horizontal, por debajo de su pololo?-. Y después sin buscarlo, le planteo otra interrogante a mi pololo, Pipo.

-¿Pipo, en qué pensarán la mayoría de las mujeres cuando se encuentran en posición horizontal por debajo de sus pololos?-. Y él nuevamente se hace el desentendido.

El Pipo se hace el desentendido, mientras yo sigo pensando en que quizás algún día si pueda llegar a cambiar. Si pueda llegar a sentir la vida hasta derramar un poquitito de sangre. Quizás, inclusive algún día, hasta pueda llegar a dejar de ser yo. Como un cuento que una vez me leí cuando chica. Más bien que me cansé de leer cuando chica. El cuento de la niña sin nombre. Lo recuerdo como si fuera hoy. Lo estuve leyendo y re-leyendo por más tiempo del necesario. No dejé de leerlo ningún día mientras estuve metida en ese maldito colegio. Era uno de los cuentos más simples que existía allí. La historia de una niña que había nacido sin nombre. Y a causa de lo mismo, se sentía completamente perdida. La niña se movía sin identidad. Extraviada. Se movía extraviada por todos los lugares que debía moverse. Por el colegio, la calle, y su casa. Pero a causa de su falta de olor y huellas digítales, se sentía completamente ajena.

Y por lo mismo soñaba con ser otra niña. Con amanecer un día convertida en otra persona. Al igual que yo. Al igual que yo, que también sobreviví con esa misma sensación de extravío. La de haber querido ser otra persona. De hecho a veces, a la misma edad en que solía leerme ese cuento, me quedaba encerrada por horas en el baño para reflexionar en torno a lo mismo. Recuerdo que sacaba el shampoo, y comenzaba a darlo vueltas de arriba hacia abajo, mientras pensaba en cómo habría sido mi vida, si hubiese nacido, siendo otra persona. Pensaba en eso con la vista pegada en el shampoo. En el shampoo amarillo de mi mamá. En el mismo que ella ocupaba, con la esperanza de ponerse más rubia.

Las burbujas del shampoo me ayudaban a pensar en eso. En la experiencia de haber nacido siendo otra persona. Inclusive llegué al extremo de cambiarme de país para lograrlo. Para convertirme en alguien que no fuera Cassandra. Porque a veces, hasta pienso, que lo mejor para mí -sin ánimo de ser melodramática- sería morirme, y luego amanecer reencarnada en otra persona.

-¿Tú crees que sería más feliz mi vida, si me reencarnase en una vendedora de empanadas de carne?-, le pregunto al Pipo, y él vuelve a mirarme como desentendido.

El Pipo me mira como desentendido, mientras yo sigo permaneciendo en posición horizontal, por debajo suyo. Creo que está tan metido en mi cuerpo, que ya es incapaz de responderme algo. Eso a pesar de que yo sigo pensando en cualquier cosa menos en él. Finjo un orgasmo mientras pienso en la vendedora de empanadas de carne. En esa misma que localicé ese día de lluvia en la calle Florida. Ese mismo día que llovía a cántaros. Esa mujer lucía feliz. Contra todo pronóstico lucía feliz. Sonreía como si alguien la hubiese estado iluminando con un rayo de sol. O tal vez hasta ella misma era el rayo de sol.

Y quizás fue eso. Quizás fue su felicidad contra todo pronóstico -lo que en un inicio- me condujo a querer ser ella. Con sus caderas prominentes, sus ojos achinados, y sus mejillas brotadas con diminutos granitos. La mujer estaba cubierta por diminutos granitos y a pesar de eso lucía feliz. A pesar también de la lluvia, del frío y de que no vendía ni una mísera empanada de carne. Pero a pesar de todo lucía contenta. A diferencia de mí, que sólo soy capaz de llenar mi vida con mis infinitas miserias.