De gorrión a pantera

El cambio intimida, pero es mucho más divertido que la permanencia. Mirar hacia atrás y ver que ya no eres la misma, créeme, es un avance.

Te habrá pasado más de una vez que alguien te acusa, te recrimina apuntándote con el dedo haber cambiado, o se burla porque has dejado de hacer algo que antes era muy tuyo, o que hayas sido de una manera y ahora seas de otra totalmente distinta. A mí esto me molesta horrores, porque sí, he cambiado y no ha sido fácil.

“Cambiar” a pesar de que debería ser básico en todo homo sapiens, no lo es tanto y por eso, creo yo, puede resultar molesto.

La vida debería cambiarte si eres más o menos permeable porque lo que nos ocurre tiene efectos que van dando forma a nuestra experiencia y la manera en que miramos el mundo. Pasamos de estar enamorados al agobio total, de tener a no tener, de estar en familia a estar solos y en familia otra vez, se nos muere el gato, la abuela y nacen hijos o no, pero pasan muchas cosas que si no te hacen cambiar mal vamos, digo yo.

No obstante, conozco gente que presume de haber sido siempre igual. Personas que se enorgullecen de tener el carácter de madera. Es una opción, pero a mí no me parece lo más sensato; lo estático en general me pone muy nerviosa.

Me gusta mirar hacia atrás y ver que, en muchos sentidos, ya no soy la misma. Para lo bueno (sobre todo) y lo malo, bueno… lo malo es genético, creo.

Mi hermana pequeña se rió en mi cara por decirle que no fumara habiendo fumado yo durante años. Pues ahora no fumo, creo que está mal fumar. No es una gran revelación, es que uno le va cogiendo amor a la vida y conciencia del cuerpo, que lejos de ser un templo es bastante frágil y hay que cuidarlo si no se quiere terminar habitando unas ruinas antes de tiempo. Ahí tienes a Mick Jagger haciendo yoga todas mañanas ¿ahora? Pues sí “ahora”, antes no le habrá hecho falta… Y como él hay muchos que en su momento se tomaron hasta el agua del water y ahora sólo comen macrobióticos.

Hay muchas cosas que han cambiado en mí sin que yo pudiera hacer nada, el paso del tiempo ejerce su fuerza y si los pechos ya no están donde mismo, los gustos y las ideas tampoco.

Ahora soy más tolerante que antes con algunos temas, y entiendo mucho mejor la diversidad en general, las diferencias entre personas; miro sin cuestionar ni sorprenderme ante el otro que nada tiene que ver conmigo, pero a la vez la puerta de entrada a mi vida personal se ha vuelto enana y no la abro más que a unos pocos, y no del todo tampoco.

¿Se podría decir que me he vuelto más huraña? No sé, puede. Lo que ocurre, como dije antes, es que la experiencia ha transformado algunas de mis maneras. Los que no están dentro de mi vida podrán decir lo que quieran, pero para mí ha sido mejor, y quiero decir una cosa: hay que intentar hacer lo mejor para uno si se quiere ser feliz. Esto no significa hacer daño a otros, pero se trata de ordenar tus intereses para no quedar sepultada bajo las cosas que no te gustan.

Ahora, por ejemplo, hago menos favores, no voy a cenas de trabajo, no hago comentarios sobre el clima, no me siento a ver las fotos de las vacaciones de otro y un largo etc. Quiero decir que, procuro, no hacer cosas que no me apetezca hacer.

¿Me hace esto peor persona? Pues yo creo que no. Puede que sea menos simpática para algunos, o menos útil para otros, pero yo me siento mejor. Y estoy convencida de que no debí gastar ni una kilocaloría siquiera en agradar.

Recomiendo enfáticamente no hacer cosas que no se quiere. Ni pepino ni bótox lo que de verdad estira la cara es estar contenta y para eso, no hay que ir en contra de lo que se quiere, aunque te digan que ya no eres la misma o tus seres queridos no estén demasiado contentos contigo y te reprochen no ser como antes, tan amorosa, respetuosa o señorita. Bueno, pues resulta que cambiamos, menos mal.

Foto/Modelo: Sabina Ojeda