Miley Cyrus, la artista del develamiento

Tras miles de críticas Kalamity Jane sale a defender e interpretar el espectáculo de la cantante pop. La polémica del momento continúa encendida.

No, Miley Cyrus ya no es una niñita que tiene que esperar el veredicto de los adultos. Ella puede hacer lo que se le antoje, incluido el ridículo, que es la forma más pura de rebelarse frente al orden estético impuesto por la moda.

Lo que hizo es demasiado evidente. Burlarse, poniéndose ella misma como rehén del estúpido sexismo de las empresas discográficas, que bien sabe, es tan dulce como agrio, aunque el dinero venga a dominar y a fin de cuentas hacerla bancarselo de buena gana.

La hoy mujer de pelo soberano, valientemente se sacrificó, al igual que su personaje provinciano y travestido en busca del libertario anonimato, poniendo en escena la burda y vulgar estampa de mujer objeto.

Que ponga ositos de bailarines y sus sostenes correspondan a tiernas orejas de estos animales, habla de la premeditada acción que lleva a cabo. Una colosal traición a la infancia de princesa Disney.

Sí, está en un mercado mediocre, donde muy pocos podrán advertir algo de esto. Es por eso que incomprendida, debe recibir millones de críticas que la llaman a la cordura. A encorsetarse en los lineamientos de “lo femenino” que se reproduce hasta la arcada en las revistas tenneagers. Y es justamente esa la mueca que experimenta Miley con la lengua tan blanca como lo permite su intoxicado hígado, la que me hace admirarla.

Porque para soportar el peso de la fama prematura, es lógico, para qué estamos con cosas, se necesita de algo, lo que sea, incluso demerol, pero ella, lejos del triste destino orate o mortal, elige el sarcasmo, la cólera compulsiva de mostrarse patética pero triunfal y evidenciar los límites difusos de la sociedad del espectáculo.

Muchas princesitas, señoritas y moscamuertas hacen gárgaras de odio con su show en MTV. La creen tarada, la creen ilusa, drogadicta, mal asesorada. ¡Envidiosas! Que ponga ositos de bailarines y sus sostenes correspondan a tiernas orejas de estos animales, habla de la premeditada acción que lleva a cabo. Una colosal traición a la infancia de princesa Disney, corporación que solapa la utilización de los impajaritables “cheques a fecha” (esas niñitas que al tiempo se inflaman en curvilínea figura) mediante el rosado del cual cuando son despojadas, se vuelve violentamente rojo, vírico como una yaga. Pornográfico.

Tuvo que ser como siempre una provinciana, la que envalentonada en la soledad de ese épico mal gusto que nos caracteriza, la que lo hiciera. ¡Excelente Miley!