Mi nuevo trabajo en la ciudad de la furia

¿Se puede comenzar a crecer torcida?

Hoy debo confesarle a este diario que mi primer día de trabajo en la ciudad de la furia fue completamente extraño. ¿O seré yo la extraña? No sé. Es cierto que las ciudades a veces cambian a la gente y tal vez esta ciudad de Buenos Aires me esté cambiando a mí. No sé. La cosa es que mi jefe me propinó un recibimiento completamente sorpresivo. Entré a la heladería, y de inmediato comenzó a sonreírme como a un verdadero sol. Al parecer el tipo siempre está feliz.

Yo en cambio -como se lo he dicho en reiteradas ocasiones a este diario- nunca estoy feliz, y además, suelo sospechar de la gente que siempre está feliz, ¿Si no existe ninguna razón en el mundo para estarlo, por qué diablos lo estaba? Me pregunté yo. Y después lo quedé mirando con mi clásica expresión de perro. A tipos como él siempre los he relacionado con algún tipo de animal extraño. Con un camaleón o algo por el estilo. Con ese extraño animal que es capaz de mutar de color según la ocasión. Y se lo dije, y él en vez de enojarse, increíblemente hasta se lo tomó como un “cumplido”.

-Voz Cassandra sos un caso-, me dijo. Y luego me guiñó un ojo con picardía. Así partió mi primer día de trabajo. Con una procaz y no menos vomitiva manifestación de mi superior. A primera hora de la mañana. Sólo pude hacer doblemente, “Gua-ca-te-la”.

-¡Qué asco Cassandra!- Y luego no pude menos que preguntarme, si acaso se estaba enamorando verdaderamente de mí que era su subalterna.

¿Tu superior querrá tener un amor prohibido contigo, Cassandra?–Volví a preguntarme.

Y después sólo pensé que esas cosas de verdad “sucedían” y que por lo tanto también podían sucederme a mí. De hecho apenas me puse el uniforme de la heladería, (con el vomitivo emblema de “Sonríe”) de inmediato volvió a atacar de nuevo. Volvió a mirarme. Comenzó a olerme. Clavó sus dos ojillos diminutos y negros en mis rodillas, y luego no paró en ningún momento. Comenzó a observarme como un lobo “hambriado”. Con gesto pecaminoso. Así igualito como los hombres bíblicos miraban a las mujeres bíblicas. Como si de verdad hubiesen estado encerrados- por innumerables siglos- en un arca. Yo realmente estaba adquiriendo cierto sex-appeal. La única pregunta era: -¿Cómo diablos iba a vivir con mi renovado sex-appeal?-, reflexionaba yo.

Hasta que de pronto sucedió algo. Algo que sencillamente marcó mi día. Una niña de quince años entró a la heladería, y su expresión de desamparo, simplemente, sacudió mi mundo. De tal forma que ya no pude pensar en nada más. Que ya no pude dejar de mirarla más. Todo comenzó de la manera más sencilla. No deben haber sido más allá de las diez de la mañana. Al menos el reloj marcaba esa hora en Buenos Aires. La niña empujó la puerta con un sigilo inusitado. A veces la gente camina tan delicadamente como si estuviese pisando huevos. La niña caminaba como si hubiese tenido temor de despertar al mundo.

La niña me pidió un helado. Chocolate suizo con menta chip. Algo para “alegrarse”, me dijo, y luego se sentó a esperar. Esperó más de cuarenta minutos con una paciencia no acorde con sus años. La niña claramente tenía algo que me hacía recordar a alguien. La niña claramente tenía algo que me hacía recordarme a mí. A mi fotografía congelada de los quince. En la época en que aún tenía todo mi aullido agazapado. En esa época. Ella en una mesa sola me recordaba a mí.

Ella, en plena ciudad de la furia, con toda la fragilidad del mundo, me recordaba a mí. Ella, con su pelo rubio delgado, con su vestidito de florecitas recién planchado, y todo empañado por su mueca de infinita tristeza, me recordaba a mí. Definitivamente su rígida mueca no estaba acorde con sus años.

-¿A quién diablos estaba esperando esa niña?- Me pregunté, y justo en ese momento se aclaró el misterio. Justo en ese momento entró un joven con olor a leche. Empujo la puerta con sigilo. Llegó a la mesa de la niña, acomplejado. Casi tan acomplejado por su acné creciente, como lo estaría un chico con los pantalones rotos. Con la cara completamente brotada por una pubertad tardía. Su olor a leche lo inundaba todo. Su olor a leche me hacia recordar a un Animal que conocí una vez. El chico se sentó a una distancia prudente de la niña. Pidió un helado y la miró como si estuviese a punto de decirle algo. Algo tan importante que casi ni se atrevía a pronunciarlo. Había cierto desencanto en su mirada. Un desencanto como de noche muerta.

La niña en cambio lo miraba con una mezcla entre tristeza infinita e “ilusión remota”. Como esperando que le dijeran algo. Como esperando “un tiro de gracia” que ya había sido previamente anunciado. ¿Pero qué tipo de “tiro de gracia” podría haber sido previamente anunciado entre ellos?- Me preguntaba yo, mientras los espiaba desde mi puesto. Y justo en ese momento volví a recordarme a alguien. Volví a recordarme al Animal que conocí una vez. Al hombre que se llamaba Pablo pero que yo le había puesto el “Animal”. Justo en ese momento el muy maldito se metió en mi mente. Como recordándome la peor fisura. Justo en ese momento volví a mi antigua latitud. A Santiago city. En esa tarde en que el sol pegaba fuerte. En esa maldita tarde -hace diez años- en que el cielo se puso a arder como si hubiese existido un incendio en alguna parte. Esa vez yo lo fui a ver jugar al fútbol. Recuerdo que el olor a polvo y transpiración lo inundaban todo. Recuerdo que los gritos de las mujeres de abdomen crecido y raíces oscuras, lo inundaban todo.

Y yo también estaba allí. Sentada sola en las graderías, casi con la misma “ilusión remota” de la niña. Esperando que el Animal me dijera algo. Esperando una de sus típicas frases tontas de adolescente enamorado. Quería que el Animal finalmente me “agradeciera” por estar allí. Y el partido justo terminó cuando yo me encontraba esperando eso. El recuerdo aún palpita en mi memoria. El acercamiento del Animal todo transpirado. Su escalada olímpica en las graderías. Sus mejillas enrojecidas por el sol ardiente. Y después por último, él. El Animal mirándome a los ojos y diciéndome que la vida, a veces era muchísimo más sencilla.

-La vida no es tan gris como tú la ves, Cassandra-, me dijo, y después se fue a celebrar con vino. El muy maldito se fue a celebrar con vino.

Y yo nunca más lo vi. Y yo sentí que una fuerza colosal me estaba desplomando. Y yo de ahí para adelante comencé a crecer torcida. Gracias al Animal logré darme cuenta que uno podía en la vida, comenzar a crecer torcida. Como la niña que ahora estoy mirando. Como esa niña rubia de la mueca gris. Hasta que de pronto el escenario cambia. Hasta que de pronto la mueca gris se transforma en algún extraño tipo de esperanza. Hasta que de pronto él comete un gesto que transmuta todo. Hasta que de improviso él le dice “algo” a ella que logra encenderla. A ella le vuelve el alma al cuerpo. Ella vuelve a sonreír. Desde mi puesto de trabajo se me hace casi imposible adivinar lo qué le dice, pero ella vuelve a sonreír. Pide un segundo helado de chocolate suizo, y no deja jamás más de sonreír.