La búsqueda de mi sustento

Cassandra ya está en Buenos Aires y deberá resolver su situación económica antes que se quede en la calle.

Hoy partiré contándole a este diario que esta mañana retorné del mismo sueño macabro que he tenido hace años. El mismo sueño que se conforma a partir de puras imágenes tan filudas como cuchillas. Imágenes que se repiten. Imágenes que parecen difusas. Me veo primero corriendo en el bosque. Después tratando de escalar unas rocas. Y por último en la cúspide de una fría escalera mecánica. Es rara la escalera mecánica. De hecho lo más raro del sueño es la escalera mecánica. Allí me veo más sola que un dedo. Con una sensación de extravío. Con una expresión permanente de desolación. Hasta que de pronto estoy a punto de caerme y se acaba. Las imágenes desaparecen. Despierto sobresaltada.

Con la cabeza tan pesada como si me hubiese tomado tres garrafas de pisco. Y luego no entiendo qué me paso. Nunca entiendo qué diablos pudo haberme pasado. Despierto con esa sensación de extravío. Tampoco entiendo por qué sigo soñando con eso. Sólo sé, que el sueño al igual que un animal agazapado en una cueva, siempre renace con algo que se llama “miedo”. El miedo me lo gatilla. El miedo lo hace prenderse. El mismo miedo me hace volver a ver el bosque y las escaleras mecánicas. El mismo miedo que me acompaña hoy día. Hoy día que estoy a punto de hacer, lo que haría cualquier persona normal.

 Siento un punzón en la guata. El mismo punzón que he sentido en todas las oportunidades en que he tenido que buscarme un trabajo. Aquí les dicen laburo.

Y es que a mí siempre me ha puesto nerviosa hacer todo lo que haría cualquier persona normal. Me pone nerviosa buscarme un trabajo. Aunque tengo que buscarme uno. Uno que me permita pagar la pensión, el transporte y dos cervezas en el fin de semana. Cualquier persona aquí necesita tener mínimo cien pesos para salir a tomarse una pilsen el fin de semana. Me pregunto si será muy difícil. Pienso que de seguro me encontraré un trabajo antes de lo que me imagino. Pero igual sigo nerviosa. Siento un punzón en la guata. El mismo punzón que he sentido en todas las oportunidades en que he tenido que buscarme un trabajo. Aquí les dicen laburo. La gente sale a “laburar” cada mañana. Hacen lo que tienen que hacer y luego vuelven en la tarde a bañarse. De hecho yo soy la única de la pensión que no vuelve en la tarde a bañarse. La única que mira televisión. La única que sólo ve a la Susana Giménez para criticarla.

Pero hoy sí volveré. Hoy tendré una entrevista de trabajo y después volveré. La entrevista será en un lugar que se llama, “Sonríe”. Lo vi en el diario y sospecho que debe ser el sitio más aburrido de toda la zona. Me lo imagino compuesto por puros elementos macabros. La heladería se llama “Sonríe”. Debe ser definitivamente el lugar más extraño de Buenos Aires. Y llegó y justamente lo es. De hecho es el único lugar de la Ciudad de la Furia, donde la gente no siente furia. Donde la gente habla despacio y luce alienada. Sospecho que viven alienados por la glucosa. Los veo y pienso que yo también quisiera vivir alienada por la glucosa. Son las tres de la tarde y finalmente soy recibida a las cuatro. Me llaman a la entrevista.

Me entrevista un tipo que se llama Miguel y que parece todo un imbécil. Su pelo colorín y su gorro institucional- con el logo de la heladería “Sonríe”- lo hacen definitivamente parecer todo un imbécil. Se parece a uno de esos tipos, que viven en torno a una secta. De hecho me mira con los mismos ojos con que un pastor miraría a una descarriada oveja de su rebaño. Al nivel que incluso comienza a desconfiar todo el tiempo de mí. Yo y Miguel somos distintos. Yo no sonrío, en cambio él vive feliz afectado por la glucosa. De hecho durante toda la entrevista sigue manteniendo la misma desconfianza que en un inicio. Lo sé porque me hace todo tipo de preguntas capciosas. Pero por lo que más me pregunta, es por mis antecedentes penales. El muy imbécil está seguro de que he pasado, al menos una temporadita en prisión. Incluso tiene el descaro de contarme-a modo aleccionador supongo- una experiencia ridícula que sufrió con una ex reclusa que trabajó por allí.

La ex reclusa se llamaba Cindy. Y se lo faenó como a un verdadero vacuno del matadero. Lo enamoró y después lo terminó robando. Más de mil dólares y como cuatro litros de helado marca, “Sonríe”. Dos de dulce de leche y dos de chocolate suizo. “Che, yo no podía creerme de lo que fue capaz de hacerme esa piva”. Me cuenta y luego vuelve a mirarme “capcioso”. “La chica era igualita a voz Cassandra, tenía tus mismas rodillas huesudas y esos mismos ojos de ángel”. Me dice, y yo termino mucho más desesperanzada de lo que llegue. Vuelvo a la misma desesperanza de siempre.

A ella nunca le dará lo mismo la vida. A ella siempre le dolerá algo más allá de la piel. En especial cuando se encuentre con realidades tan tristes.

Vuelvo a la misma sensación del quiltro que se muerde la cola. Esa misma sensación de estar a punto de perderlo todo. De caer a una grieta lo suficientemente profunda como para tocar el vacío. Como para no entender. Y es que a veces sucede. A veces por mucho que uno se cambié de latitud, uno igual sigue cargando con uno mismo. Con su persona. Yo por ejemplo tengo que seguir cargando con la Cassandra. La Cassandra soy yo, y la Cassandra me acompañará hasta que el viento logre doblarla.

Siempre se quedará mirando las realidades con gesto perplejo. A ella nunca le dará lo mismo la vida. A ella siempre le dolerá algo más allá de la piel. En especial cuando se encuentre con realidades tan tristes. Con realidades tan extremas como la que le tocó presenciar ese mismo día, a la vuelta de su entrevista. Cuando venía recién llegando a la calle Lavalle. Cuando venía recién entrando a la pensión. La Cassandra esa tarde entró a la cocina y presenció una escena de corte dantesco. Vio cómo dos orientales hervían “pellejos”. Literalmente hervían pellejos. Ambos revolvían la olla. Una olla que recibía de todo. Mucho más allá, de lo que se pudiese combinar en una receta normal de cocina: cebollas enteras, acelgas sin lavar, zanahorias con tallos, chorizos, salchichas, arroz, patas de pollo, y hasta nervios de bife de chorizo recién fileteados.

La Cassandra miraba todo aquello con algo de asombro. La Cassandra miraba cómo la pareja revolvía la olla. Cómo no paraban de fumar cigarrillos y tomaban vodka del mismo gollete. El humo y el vapor, ascendían sobre sus caras. Sus imágenes se hacían cada vez más difusas. Como en sus sueños, cada vez más difusas. Sus rostros se enfrentaban contra las pupilas de la Cassandra. La Cassandra jamás había visto algo de tamaña naturaleza. De tamaña humanidad. La Cassandra había visto bastante pero jamás había visto eso. Jamás había visto cómo dos orientales, literalmente hervían pellejos, en la hornilla de una pensión. La Cassandra ni siquiera había estado antes en una pensión. Pero sí sabía que Los orientales representaban el caos. Que los orientales representaban justamente lo que no había que ser.

La Cassandra sintió miedo a terminar como ellos. Su mayor miedo fue terminar como ellos. Terminar anclada en el territorio inexistente de la Ciudad de la Furia.  En el territorio de los desadaptados. Su miedo fue tal que incluso quedó petrificada. Que incluso se alegró cuando la llamaron de la heladería. Cuando el mismo Miguel -en un acto completamente sorpresivo- le dijo que finalmente había quedado. Que finalmente tendría un sustento para sobrevivir en la Ciudad de la Furia.

Foto: parenture.com