Un Canarito Enojado – Feodor Dostoievsky

Esta semana Peazeta nos comparte un escalofriante relato acerca de un canarito inspirado en las plumas de un soberbio escritor.

Los rayos de sol reptaron por los barrotes de la jaula hasta llegar al preciso lugar donde el pequeño pájaro amarillo permanecía acurrucado, de pie, aún dormido. El canarito se llamaba María, pero también Esteban, Andrés y Josefina. Soñaba que era humano y que tenía brazos y manos, y que con ellas podía abrir su dorada jaula. Como todavía estaba somnoliento se acercó a la puertecilla, pero bastó el primer intento para darse cuenta que sus delicadas plumas eran incapaces de liberarlo. Soy un torpe canarito sin manos para abrir puertas. Tonto, tonto, tonto… que no sabe abrir puertas. Las plumas de la espalda se le crisparon, los ojos se le entornaron y, cuando la mano callosa que lo cuidaba depositó unas semillas en su jaula, asestó un picotón que no produjo más efecto que un empujoncito a la altura de su cuello.

Durante la siesta de ese mismo día el canarito soñó que hablaba. Sabía francés, italiano, inglés y español; incluso algo de latín para poder hablar con los más viejos. Le explicaba a la vieja que lo celaba que quería conocer el mundo y a otros canarios, entonces la vieja lo entendía y lo dejaba salir a pasear todos los días a las 3 de la tarde. Estaba listo para salir en su primera travesía, cuando una canción lejana lo sacó de su letargo. Ya está la vieja escuchando el tocadiscos. El canarito, que no volvía de lleno a la realidad, pensaba que aún podía hablar. Oye anciana, déjame salir. Open the door! OUVRE LA PORTE. ¡LA PORTA! ¡¡¡SENEX!!! La anciana lo oyó y se regocijó de alegría al escuchar a su canarito cantando al ritmo de la música. Más gritaba de impotencia el canarito, más contenta se ponía la anciana y le decía: ¡Canta, canarito mío, canta!

Esa noche soñó que tenía armas, espadas diestras y dagas amenazantes, puntas filosas y destellantes que lo hacían estremecer de poder con tan sólo mirarlas. Con ellas se dirigía hasta la vieja mientras esta dormía y le asestaba el golpe fatal, aquel que declaraba su libertad de volar. Tanto se movía por la jaula el canarito, asestando golpes aquí y allá con sus armas imaginarias, que terminó por botarla al piso, abriéndose su puerta. El escándalo despertó a la anciana, que se precipitó sobre la celda dorada para ver a su canarito. No logró ver bien a causa de la poca luz que regalaba la noche, por lo que acercó su ojo nublado por los años hasta la puerta. En ese momento el canarito ya estaba despertando, y una vez más se desilusionó al comprobar que las armas, como su voz y sus brazos, se habían ido nada más abiertos sus ojos. La impotencia le obligó a clavar sus ojos en el piso, donde se mezclaban las semillas, el agua y sus desperdicios bajo sus patas. ¿Patas? Yo no tengo patas… ¡tengo garras!

Y con un impulso endemoniado se abalanzó sobre la anciana, que tan sólo alcanzó a ver el destello refulgente de la luna antes que la pequeña garra del canarito se cerrara alrededor de su ojo y se lo llevara lejos, mientras escapaba hacia su libertad. El canarito ya no estaba enojado.

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