Hombres que gritan cosas desde sus coches

De los creadores del “piropo”, llegan los hombres que gritan de cosas desde sus coches.

Recientemente fui a visitar a una amiga a su casa; sin embargo, debido a que me tocó unos de esos taxistas one in a million que no se saben correctamente las direcciones, tuve que caminar un buen tramo hasta llegar a la entrada de sus bonitos aposentos. De repente, conforme iba evitando que el piso enlodado arruinara mis zapatos, noté que un coche se acercaba a mi lado izquiero por la carretera y disminuía la velocidad mientras un “ay, ¡me encantas!” se escuchaba en voz alta junto con un presuntuoso “¿adónde vas, güera?”. Las voces de los hombres que venían dentro del coche no se escuchaban para nada halagadoras, sino más bien caninas.

Al poco rato de recibir mi total ley del hielo, los hombres desaparecieron de mi vista a toda velocidad, afortunadamente, y me quedé pensando un poco en lo sucedido. ¿Qué esperan los hombres que contestes a sus provocaciones? ¿“Ah, voy aquí adelante, pero el suelo está muy enlodado y no quiero arruinar mis zapatos. ¿Me llevan?”, tal vez? Digo, ¿en serio?

Cuando le comenté a mi amiga al llegar a su casa, ésta me confesó que ella se habría vuelto loca de tan sólo tener a esos “animales sarnosos” cerca. Me comentó que ella, no orgullosa, habría caído en su juego: les habría contestado, porque a ella no le gusta sentir que se está “dejando” de algún abuso. Y entonces yo, volviendo a retomar ese pensamiento anterior a mí misma, me di cuenta realmente de que esa es la clave para tal manifestación de bullying sexual: no responder, no contestarles, no caer en su juego.

…y, sin embargo, nunca quedarnos calladas. Reportarlo. (De inmediato yo, en aquel mometo, le comenté que lo mejor sería avisar a los policías de su cuadra para no quedarnos calladas.)

En nuestras épocas, me da tristeza darme cuenta que cada vez la calidad de la coquetería se devalúa más y más sin que muchos hombres puedan hacer algo romántico para detenerlo. Últimamente los halagos son más bien una ofensa, una clase de acoso en el que el hombre, lejos de sonrojarte, te manifiesta bruscamente sus deseos y necesidades sexuales; no obstante, sin esperar claramente que tú los respondas porque, desde luego, sería el colmo.

Pero, claro, no es la única manera en la que pueden acosarte: cobardemente gritándote cosas de su vehículo, también existe el acoso sexual en plena calle o dentro de la escuela, del trabajo o incluso de la misma familia. E insisto: aun si lo más recomendable es no ponernos al “tú por tú” con ellos, no debemos de quedarnos calladas; debemos acudiar a alguien que tenga la autoridad suficiente como para acabar con esto.