Cáncer de mama en 27 horas de viaje

Esas personas que llegan a tu vida por un instante, pero sus enseñanzas nunca las olvidas.

Iba de viaje a mi ciudad natal, en bus. Eran 27 horas de recorrido y, en algún momento, tendría que cruzar palabra con quien iba sentado a mi lado.

Ella tenía alrededor de 40 años. Ya ni siquiera recuerdo cómo se dio la conversación, pero lo importante es que terminó contándome que viajaba al norte, a encontrarse con un antiguo amor, al cual quiso mucho.

Hace sólo un mes le habían diagnosticado cáncer de mamas. El mundo se le vino abajo, pero decidió no continuar con esa actitud. Le contó lo que sucedía a su hijo, con quien vivía en ese momento, y fue gracias a él que decidió enfrentar el cáncer de otra manera, una actitud positiva, ante la vida y ante esa maldita enfermedad.

Fue así como tomó contacto con gente que no veía hace tiempo, se lanzó a viajar y a vivir realmente el día a día, como si el mañana no existiese. Fue así como llegó a sentarse a mi lado, y ambas nos encontrábamos en el mismo bus, rumbo al norte de Chile.

A veces me pregunto si todavía sigue viva y qué será de ella. Recuerdo que su historia me hizo pensar en lo frágil que somos, pero sobre todo en lo cercano que puede estar el cáncer de todos nosotros. Mi abuela materna murió hace años de lo mismo y mi abuela paterna lo tiene, pero de manera controlada.

Y son esas cosas las que me hacen recordar que un simple viaje en bus, puede dejarme más que lindas fotografías de paisajes desérticos. Nunca he podido olvidar la conversación que tuve con aquella mujer, que con valentía y coraje me mostró su pecho descubierto y hueco, donde ya no había un seno, sino en reemplazo una pelota de calcetín. Ella me dijo “ante todo quiero sentirme femenina y mujer”.