El encuentro con la estatua (I Parte)

Sigue cada semana nuestra serie de ficción escrita por Leo Marcazzolo y descubre todo lo que puede guardar el diario de una antagonista.

Hoy debo confesarle a este diario que últimamente mi vida ha estado un poquito más sosegada. Tan tranquila como una verdadera taza de leche. Inclusive me aventuraría a decirle a este diario -que desde que el Negro Vicente apareció- que ando muchísimo más optimista. Sé que es él -él que en el fondo- me mantiene a raya con mis nervios tan traicioneros y movedizos. O si no, andaría puro maldiciendo y despotricando. El Negro es tan fiel como ningún humano lo ha sido conmigo. Me despierta cada mañana con sus ladridos agudos y tenaces, y después sólo me pide una lonja de mortadela y con eso se queda completamente feliz.

Lo único que me pide es una lonja de mortadela. Es increíble lo agradecido que puede llegar a ser el Negro Vicente. Como nació huacho jamás dejará de pensar que todo lo que le llega es una especie de regalo de Dios. Creo que así es la mentalidad del Negro Vicente. Tal vez otro perro pediría jamón, pero él sólo se conforma con aquella cecina que casi siempre tiene un olor rancio e insoportable. Y más encima la saborea. De hecho siempre pienso que me encantaría que, al menos por un día, la señora Iris fuera un poco más como el Negro Vicente. Un poco más agradecida conmigo. Pero al parecer ni siquiera puede agradecerme el maldito té que le llevo cada mañana. A veces se lo llevo y en vez de darme las gracias, sólo me grita: “déjalo ahí”. Con su voz ronca y desafinada. Al parecer se rehúsa a ser más amable conmigo. A veces hasta me dice que tengo cara de sardina, y luego se ríe. Es francamente diabólica.

La verdad es que jamás he entendido porque se ríe de un chiste tan fome o por qué diablos me compara con un pescado, ¿Qué querrá decirme realmente con esa clase de insultos? Intuyo que no debe ser nada muy agradable. Como también lo intuye el Negro Vicente. Porque mi Negro desde que nació, que posee, el sexto sentido canino completamente desarrollado. Sabe distinguir perfectamente bien entre mis amigos y mis enemigos. A la Señora Iris por ejemplo, desde que la conoció, la sindicó al tiro, como uno de mis enemigos. De hecho siempre le ha ladrado o mordido las piernas. En cambio a la estatua humana jamás le ha mostrado los dientes. A la estatua humana suele moverle la cola. Y sólo lo hace, porque en el fondo, intuye perfectamente bien, cuál es mi situación.

Mi situación con la estatua humana es que hoy gobierna todo mi mundo. La estatua humana me gusta. Ver a la estatua humana cada mañana me hace completamente feliz. Verlo con su traje de Michael Jackson plateado estilo Meiggs, todo muerto de frío, allí parado, al frente de la tienda de maquillajes donde trabajo, me intriga. Me lleva a preguntarme puras cosas profundas del mundo. Cosas tan profundas, como por ejemplo, ¿Por qué las estatuas humanas tienen que pasar tanta hambre y tanto frío si pueden llegar a ser tan interesantes para la vista? Insólito.

Aunque también, inevitablemente, me hace pensar en unicornios rosados. Si hasta me hipnotiza cuando se mueve. Cuando se dobla como robótico y me muestra todos sus dientes completamente careados. Lo hace cada tres minutos con una sincronía que desespera. Lo sé porque desde la primera vez que lo vi, que lo estoy cronometrando.

Aún me recuerdo de esa primera vez que lo vi. Como un pollo entumido bajo el cielo gris de Santiago. Allí estaba, con su tarrito de monedas virgen y sin ninguna posibilidad de acertar. Con su tarrito con inscripción de café Monterrey, vacío y solitario. Su imagen era tan desolada como la de un tren que se ha descarriado en China. Él hombre estatua, con cuero de chancho, aguantando el invierno incólume, como si estuviera pagándole una penitencia a un ser de otro planeta.

No sé cómo lograba aguantarlo. Y tampoco no sé cómo, ni en qué momento, comenzó a interesarme tanto. Su figura. De hecho ni siquiera hoy sé con exactitud, por qué no puedo dejar de mirarlo. Sólo sé que mientras más lo miro, mayor es mi apuro por conocerlo. Por sacarlo de su personaje. A veces lo miro, le guiño un ojo y sólo pretendo quebrantarle su inmovilismo. Estoy definitivamente obsesionada con él. Estoy obsesionada con que camine y comience a hablarme. A veces ni siquiera soporto que esté allí parado como un muñeco. Quiero que cobre vida. Quiero abrirle la cabeza con un mazazo y comenzar a buscar todo lo que pueda encontrarse allí.
Sus pensamientos más profundos. Lo que se imagina, por ejemplo, de todos aquellos transeúntes que le mantienen el tarrito vacío, ¿Qué se imaginará la estatua humana de toda aquella gente egoísta? Me pregunto yo. De seguro que les masculla garabatos mentales. O tal vez algo peor. Diablos, cada vez que lo miro, sólo puedo llegar a pensar, que a mí también me gustaría que me lanzara alguno de sus mensajes mentales.

Tal vez hasta ya lo haya hecho y yo ni siquiera me haya enterado. Es muy probable. De hecho a veces creo que lo miro lo bastante, para lograr que sea simplemente imposible que no me haya visto. Debe conocerme como la dueña del perro negro que tiene nombre de humano. Como la chica de mirada perdida y gesto pesimista, que cruza la calle a la fiambrería del frente, sólo para comprarse un octavo de mortadela para el almuerzo. Tal vez hasta ya me haya mirado las piernas y yo ni siquiera me haya enterado. Quizás. Sólo quizás.

Pero como no estoy segura, y como aún no puedo abrirle la cabeza, sólo me queda hablarle para averiguarlo. El único problema es -que probablemente- ni me conteste. Que me quede mirando con su típica pose de estatua, y me deje completamente colgada.

Aunque igual, pensándolo bien, debe ser muy extraño que una estatua humana te deje infeliz. Lo pienso y no puedo dejar de sentirme ridícula. Es claramente ridículo, que una estatua humana de Michael Jackson que no conozco, me tenga casi al borde de la desdicha. Cortándome las venas en un callejón. O tal vez no tan dramático, pero sí un poco infeliz. Tan infeliz como fui aquella vez con ese vagabundo extraño de la playa del Sol. Uno que tocaba una flauta Honecker, ultra desafinada frente a las olas, rogándole a Dios, que le cayera alguna moneda. Aquel vagabundo me causaba realmente curiosidad. Sus ojos grises reflejaban el océano. Y su frente negra y marchita el paso inclemente del tiempo. Yo sólo quería conocerlo. Ver qué se escondía verdaderamente detrás de su flauta, pero a pesar de eso, no logré nunca aproximarme a él. Ni un mísero centímetro, porque la vez que intenté hacerlo, sencillamente me gritó tan fuerte -con un sonido tan sordo y agudo- que me dejó completamente ensordecida. Pero con la estatua humana confío en que será diferente. En que todo será diferente. En que cuando me atreva por fin a hablarle -que será muy luego- realmente me responderá con una sonrisa.