La Crisis del Ombligo

Cada mes iremos presentando los distintos trabajos realizados por las chicas del taller de columnas y relatos de Belelú, impartido por Leo Marcazzolo.

Cuando chica jamás rallé la papa con lo que quería ser cuando grande. Jamás soñé con ser astronauta o bailarina profesional. Creo que a lo que más aspiraba era a cambiarme el nombre por Claudia Andrea y poder ser la mamá en el juego de la casita.

Más grande tampoco me abanderé por nada. Aunque siempre disfruté del conocimiento. A los 8 años ya me había leído El Hobbit y odiaba a Harry Potter. A los 10 estaba en taller de excelencia académica de lo que fuera. A los 12 concursaba en competencias de matemática. A los 16 fui a construir y programar robots en la Andrés Bello. Perdimos.

Jamás me sentí especial. Rara sí, pero rara no es lo mismo que especial (me decían Marciana en mi casa). Y como nunca me sentí muy buena para nada, pero me gustaba de todo un poco, terminé estudiando periodismo que era como de todo un poco, pero de nada mucho.

El primer año estuvo bien. El estudio no era tanto y se me hacía fácil ir a clases ya que me enamoraba de cada profe que se me cruzaba por delante.

El segundo ya trajo crisis. Algo se rompía dentro de mí cada vez que debía ir a reportear aunque fuera al tío del quiosco, y los tests de actualidad se ganaron, para mí, un pequeño espacio en el infierno. Pero los profesores todavía me parecían más buenos que el pan con chancho y descubría nuevas e inusitadas direcciones que podía tomar el periodismo. Hasta participé en el diario de la Feuc ese año y comencé con mis primeras ayudantías. Parecía a fin de año que me reconciliaba con la carrera.

El tercer año llegó y empezó a hacer de las suyas. Los talleres prácticos se volvieron más inminentes y el periodismo dejó de ser esa cosa para la que me estaba preparando y se convirtió en aquello que estaba haciendo. Y me cargó.

No me cargó tanto lo que hacía como el pensar que a eso le iba a dedicar toda mi vida. No me enamoré del peso de la cámara sobre mis hombros ni de la posibilidad de conversar con los candidatos. Odié tener que estar enterada de qué es lo que le gusta comer al Papa y comenzó a apoderarme el terror de vivir de la contingencia.

¡Si yo odio la contingencia! Existo en Facebook por la misma razón que tengo Carnet de Identidad. Jamás se me cruzaría por la cabeza publicar que voy a entrevistar a alguien. Mucho menos escribiría un twit declarando mi opinión sobre algo. Quién soy yo para juzgar al mundo en 140 caracteres. Quiénes son ellos para creer que son alguien.

La crisis del ombligo me golpeó fuerte. Arrasó con planes y esperanzas. Me empujó hasta el límite del abismo, hasta quedar frente al espejo donde no me encontré con una periodista. Si algo soy, soy una queredora-de-cosas, alguien que disfruta absorbiendo todo lo que se me cruza. Pero no me gustará jamás convertirla en mensaje para una tropa de idiotizados a los, como a mí, no les interesa de verdad qué pasa en el mundo.

Cada mes iremos presentando los distintos trabajos realizados por las chicas del taller de columnas y relatos de Belelú, impartido por Leo Marcazzolo.