El infernal proceso de admisión a los colegios

Cassandra se ve obligada a asumir una responsabilidad que no le corresponde, la que además despertará a agobiantes fantasmas de su pasado. ¡Sigue cada jueves nuestra serie de ficción!

El infierno sí existe. Hoy yo misma puedo decirlo. Puedo decirlo con mayor propiedad, mientras más me adentro, en el difícil proceso de admisión a los colegios. Hace más de un mes que comenzaron, y hace más de un mes que estoy en esto, y lo único que he hecho es acumular más y más furia. Y es que de solo pisarlos comienza a picarme la piel. Y es que encuentro sencillamente el colmo que mi mamá me haya encomendado justamente a mí -que soy lejos la más irresponsable de la familia y la que más odia al sistema educacional chileno- la vomitiva misión de acompañar a mi hermanito de tres años a dar examen a algunos colegios. ¿Pueden llegar a creer que este metida en esto? Ni yo misma me lo creo.

Y todo porque según mi mamá sencillamente no tiene tiempo para acompañarlo a todos. Porque según ella tiene muchas cosas que hacer y yo debo ayudarla en este proceso. ¿Pero qué tendrá que hacer tan importante? Me pregunto yo. Las puras tonteras de siempre. Puras tonteras como limarse las uñas, prepararle la comida “riquita” a mi viejo, o quejarse de nosotros con la vecina. Porque mi mamá se queja todo el día de nosotros con la vecina. En eso ocupa su día. Y es que mi mamá es sencillamente increíble. Increíble, que por su flojera endémica, opté por mandarme a hacer algo tan importante a mí -que le he dicho mil veces que odio- arriesgando la felicidad de mi hermanito. Porque la verdad sea dicha yo nunca lo llevo feliz. Lo llevo obligada y con cara de caña, porque como las pruebas -a los “municipal subvencionados”- son casi todas los sábados temprano, llego siempre con cara de caña.

Y lo peor de todo es que el cabro chico de mi hermano siempre anda mañoso. Cada vez que llegamos, lo único que hace es llorar. De hecho cada establecimiento que pisa lo bautiza llorando. Sin temor a parecer demasiado achacosa, la realidad es que debo confesarle a este diario, que me he tenido que aguantar a una verdadera chicharra todo este mes. Ha sido cosa de verlo. El otro día no más fuimos a un colegio y sólo se puso a chillar. Le bastó sólo con avistar a una profesora de delantal azul y cuello blanco, para transformarse -casi automáticamente- en un verdadero escarabajo llorón.

Igualito a un libro raro que una vez me leí en el colegio. Igualito a ese libro raro de un tipo que se llamaba Kafka, y que se transformaba en escarabajo, únicamente porque su trabajo era inclusive más aburrido que el mío. Más aburrido que trabajar en aquella tienda de maquillajes donde trabajo. Bueno la cosa fue que mi hermanito también se transformó en escarabajo. Y yo no pude hacer nada por evitarlo.

Sólo podría detallar ese sábado por la mañana en que se transformó en escarabajo completo. Lo recuerdo. Recuerdo que llegamos y apenas entramos a esa sala del examen -de prekinder con las paredes plagadas de flores de papel lustre por todos los sitios- de inmediato se internó en un mutismo prácticamente completo. Se mantuvo casi todo el tiempo con su
cabeza enterrada en mi cuello. Y recuerdo que mientras más le hablaban era peor. Más se iba cerrando. Como una verdadera ostra. Como una verdadera tortuga marina. Eso mientras todo lo que tenía que pasar estaba pasando.

Mientras estaba a punto de comenzar el examen, y a su alrededor se plagaba de niños. De puros niños gritones, que tenían mucha más personalidad que él. Tanta que comenzaron a ponerlo nervioso. Terriblemente nervioso. Cada vez más nervioso. La certeza interna de esos niños era lo que gatillaba la transpiración en sus manos. Ellos lo tenían todo resuelto. Esos niños se conocían de memoria el procedimiento. Esos niños sabían perfectamente -que aunque tuvieran sólo tres años- antes de comenzar el examen, tenían que despedirse de sus madres y quedarse en la sala tranquilos. Sabían también, que debían reprimir como fuera, su naturaleza indómita de niños de 3 años, y ponerse a hacer el examen de la forma más civilizada del mundo. No sé cómo lo sabían pero sí lo sabían. En cambio mi hermanito no. Mi hermanito seguía con la cabeza enterrada en mi cuello. Quizás a esos niños, alguien les había dicho algo que mi hermanito nunca había escuchado. Quizás alguien les había explicado cómo funcionaba todo. Que la clave estaba en escuchar y obedecer. Que si obedecían a la tía -lo más al pie de la letra posible- el mundo se les abriría al tiro.

Pero mi hermanito no lo sabía. Mi hermanito no quería obedecer a ninguna. Mi hermanito sólo quería volverse a su casa, y olvidarse -lo antes posible- de que su mamá lo había enviado justamente allí. Solo, con su hermana con cara de caña, directo a las garras de un ejército de tías uniformadas de azul. De tías que lo único que querían era probarlo. Probar si sabía dibujar pelotas grandes con pelotas chicas pegadas, que eran “figuras humanas”, si sabía cortar flores con líneas punteadas, y si por último sabía diferenciar entre colores y tamaños de diferentes barquitos. Pero mi hermanito no sabía nada. Mi hermanito sólo seguía con la cabeza enterrada en mi cuello. Con sus ojos llenos de lágrimas, sumido en un mutismo, tan absoluto como feroz. Y yo lo miraba, y lo único que podía hacer era pensar en mi propio pasado. En mi propio proceso de admisión a los colegios. Mi propio proceso que aún latía como una sombra oscura en mi memoria. Que aún recuerdo como si fuera hoy.

Que aún puedo ver como si fuera hoy. Me veo. La imagen se mantiene intacta en mi cabeza. Me veo temblando, con los dedos transpirados entre las manos de mi mamá, entrando a un establecimiento, sin saber por qué diablos me llevan allí. Veo cómo ella después me deja sola en una sala repleta de niños, y se va. Sin despedirse. Y cómo yo después me quedo nerviosa, y acabo cometiendo el peor error que puedo llegar a cometer en la vida. La imagen de la humillación, aún permanece latente. Fija como una conserva vieja de algo, guardada en una alacena. Es algo que no se me borra con nada. Me veo sentada en una silla minúscula y no logró olvidarme de ese momento. Del momento exacto en que ocurrió todo. Del momento exacto en que el chorro amarillo, inicio su descenso tibio y despiadado hacia el suelo. Cómo el chorro amarillo comenzó a formar una poza. Y cómo después esa poza -sólo en un par de segundos- se transformó en la definición más clara de mi fracaso.

Porque lo único cierto fue, que luego de que todos aquellos niños se percataran de la poza y comenzaran a gritar cosas feas de ella, el ejército total de tías, no se demoró ni medio minuto, en denegar mi admisión absoluta a ese colegio. Igualito como le pasó a mí hermano. Igualito como le pasó a él, que tampoco pudo entrar, sencillamente porque jamás desenterró su cabeza.