Mis reflexiones sobre Bachelet

No se pierdan la nueva entrega de Leo Marcazzolo. Hoy la protagonista de esta historia reflexiona sobre la ex Presidenta de Chile.

A veces mientras escribo este diario pienso, que sencillamente no puedo seguir siendo tan egocéntrica, que sencillamente no puedo seguir pensando todo el día en mí. Y por lo mismo -casi como un acto de generosidad extremo- es que he decidido comenzar a hablar de otras personas. De personas a las que les sucedan cosas que de verdad despierten mi morbo. Personas que protagonicen eventos verdaderamente bizarros. Como la Michelle Bachellet, que a mi gusto lleva peinado de hombre y que aún no entiendo por qué quiere llegar a ser presidenta de nuevo.

Como ella, que últimamente ha protagonizado de todo. Porque su mala suerte ha sido, inclusive, peor que la mía. Y eso ya es bastante decir, considerando, que yo tengo la peor de las suertes del mundo. Que yo tengo que soportar a la peor jefa del planeta, en el peor trabajo del planeta. A Doña Iris que me espera siempre con la misma cara de culo- cada maldita mañana- en su tienda de maquillajes. Y eso ya es bastante terrible, aunque no tan terrible como recibir un escupo en plena cara, que te empaña los lentes, y que más encima te deja tiesa como un palo de escoba. Porque así no más se quedó la Bachellet, después de que un angustiado alzado de Arica, se atrevió a escupirle encima.

Yo vi la imagen completa y casi no pude creerlo. Nuevamente no pude dejar de cuestionarme el mundo. No pude dejar de preguntarme esto: que por qué alguien tenía que soportar tanto, sólo por su afán de ser poderosa de nuevo. Que por qué ella no podía haberle mandado un buen cornete en el hocico de vuelta, y así de una vez, haberse hecho respetar por todos, ¿eso hubiese sido muy terrible acaso? Probable, pero yo lo hubiese hecho igual. Yo que soy una don nadie he mandado mis buenos cornetes en discoteques y no he tenido que pedirle perdón a nadie. Pero ella no pudo. Ella simplemente se le quedo viendo al angustiado con su clásica cara de pollo a punto de ser desplumado. Esa es la clásica cara que pone, (como de ratón martirizado, soportando el crudo invierno), cada vez que no entiende qué chucha le está pasando. Y me aventuraría a decir que la mayoría del tiempo no entiende qué chucha le está pasando, pues siempre pone esa misma cara. O al menos eso es lo que yo siempre he visto por televisión.

O al menos así la vi yo por televisión, después del 21 de Mayo, cuando una periodista le echó en cara que no había asistido a la Cuenta Pública de Sebastián Puñete, (así le digo yo al Presidente, pues siempre he considerado, que tiene la cara lista para recibir un buen puñete), siendo que todo el resto de los giles sí había asistido. En la tele se les veía clarito. Puros viejos vinagres enterrados en unas sillas extrañísimas a punto de quedarse dormidos. Se veían como en una especie de convención funeraria. Casi como la reunión más fome del planeta tierra. Casi como los cumpleaños de la Señorita Iris. Puras viejas solteronas alienadas. Pero a pesar de eso, la Michelle igual debió haber asistido. Pero no fue. Ella no fue y por lo mismo se salvó de dar su opinión. Una vez más se salvó de decir: pío-pío, miau-miau o guau-guau. No dijo nada. No dijo nada por la misma razón, por la cual, finalmente, jamás se atrevió a encarar al angustiado del escupo-porque al parecer siempre prefiere quedarse callada.

Porque la verdad sea dicha nunca opina de nada. Al revés de la otra señora rubia teñida -que es compinche del Sebastián Puñete- y que tiene pésimo carácter, y que siempre anda por allí acaparando cámara, y reclamando no sé qué de los trabajadores, en todos los días feriados. Ella me cae mal. Pero la Michelle Bachellet me cae bien. Bien, aunque me carga que cada vez que un periodista le pregunte algo, ella siempre conteste lo mismo, que “es un asunto digno de ser estudiado”. Como si se la pasara todo el día en su casa estudiando. Habrase visto semejante cosa. Yo preferiría que estudiase menos y que actuase más, que me dijera por ejemplo a mí, que tengo 22 años y no cacho nada de nada, qué es lo que realmente piensa sobre las cosas, sobre el aborto, sobre el matrimonio gay, sobre la educación, sobre los mapuches, y en especial sobre la Concertación. La Concertación que es una tropa de ratas.

O al menos mi papi dice que son una tropa de ratas. Mi papi que es como un sabelotodo total, y que siempre ha tenido -la buena o mala costumbre- de comparar a la gente con animales. Lo ha hecho toda su vida. A los de la “Concertación”, por ejemplo, siempre les ha dicho “ratas”. A mi mamá, por ejemplo, “monita”. A la mamá de mi mamá, “vaca”. Y a la Bachellet- como según él, ahora último casi no ha emitido palabra-simplemente no le dice nada. No la compara con ningún animal, porque según mi papi, no la han dejado decir ni pío en esta candidatura. Y esto porque según mi papi, los de la Concertación, son unos malos amigos. Porque sólo la tienen allí por puro interés de los votos y nada más. Para que sólo se saque fotos con las pobladoras y se quede callada. Como un “mal necesario” -porque según mi papi- es la única que atrae a la gente, mientras los demás sólo atraen huevos podridos. Pero a pesar de eso, igual la fondean, para evitarse el riesgo de que meta las patas.

Y esto -según mi papi- porque definitivamente no confían en ella. ¿Y por qué no confían? Eso nadie podría decirlo. Nadie podría llegar a leer la mente de otras personas. Sólo se sabe que la tienen fondeada. Así bien calladita. Así igualito como me tenían a mí a los ocho años. A los ocho años que me llevaban a la casa de mi abuela Marta, y no me dejaban decir ni media palabra. Ni media, básicamente -porque mi mamá al igual que todos los hombres de la Concertación- pensaba, que si hablaba podía llegar a meter las patas a fondo. Podía llegar a decirle a mi abuela, por ejemplo, que sus defectos eran más grandes que sus virtudes.

Porque sus defectos eran bastantes. Para empezar era tan coñete, que los domingos en vez de servirnos un plato normal, nos servía un octavo de patitas de cerdo, con queso cabeza en plato picado. Y además era tan cochina -que en las mañanas en vez de ducharse como todo el mundo- sólo se conformaba con refregarse un pañito sucio -por todas sus partes- y quedarse tranquila. Así no más era mi abuela. Y yo un día se lo dije todo. Todo, como un día la Michelle Bachellet también tendrá que decirnos todo. La única pregunta es, si ese día, en algún momento llegará realmente.