Bullying, desde el corazón

Contaré una experiencia que está en proceso y que aunque a algunos los pueda espantar, indignar o apenar; en estos momentos, a pesar de todo, siento un alivio en mi corazón.

Esta vez, escribo desde el corazón. Sé que a todos nos ha pasado, que seguirá pasando y que es parte de la vida; pero esta vez duele mucho más.

Y es que el “bullying” está de moda, antes lo llamábamos simplemente matonaje ó incluso lo asimilábamos como algo común en nuestras vidas. Pero cuando eres madre y te toca verlo de cerca, es completamente diferente.

Contaré una experiencia que está en proceso y que aunque a algunos los pueda espantar, indignar o apenar; en estos momentos, a pesar de todo, siento un alivio en mi corazón.

Todos sabemos que los niños son crueles, se burlan y molestan a los “diferentes”. Se ríen de los que no comparten el juego de moda o el deporte popular, de los “feos”, de los que usan anteojos o frenillos, etc. Sin embargo, cuando se llega a los empujones y golpes, la cosa se pone de otro calibre y color. Cuando me enteré (por un tercero) se me produjo un vacío en el estómago y se me estrujó el corazón.

¿Qué hago? ¿Con quién hablo? ¿Dónde acudo? Fueron las primeras preguntas que surgieron en una cabeza alocada por la situación. Un poco más tranquila, por la noche, me decidí a conversar con el protagonista de la historia; mi hijo.

Temas y lugares comunes fue como la introducción a lo que estaba por venir. Cuando ya entramos en confianza, comencé a contar “mis secretos” como un juego al que solo los dos podíamos entrar.

“Cuando era chica era muy flaca y mi mamá me cortaba el pelo tan corto que hasta las amigas de mi hermana me confundían con un hombre. Cuando iba a comprar al kiosco de la esquina, el vendedor me decía: “tome el vuelto caballero”, a mí me entraba una indignación y a la vez me producía una pena e inseguridad tremenda. Me decían zancudo en la calle y me gritaban fea por las esquinas.

En fin, crecí así, llena de inseguridades y de dolor que de a poco fui solucionando con ayuda hasta de especialistas. Debo reconocer que no fue tan terrible como suena al leerlo, ya que no todo en mi niñez fue de tristeza y angustia. Fui una niña muy querida por mi familia y amigas que conservo hasta el día de hoy. Y mirando en retrospectiva le doy la venia al dicho que dice: “Lo que no te mata, te fortalece”. Pues ahora soy una mujer que se siente afortunada y feliz.

Mientras terminaba de contarle una de mis historias a mi hijo, el me fue contando sus cosas que le ocurrían en el colegio. Mi niño es flaquito e hiperlaxo, además usa anteojos. Por lo que comprenderán que sí, lo molestan bastante. “Me dicen debilucho”, “que parezco una niña” “y ayer un compañero me pegó tres patadas y me empujó cuatro veces. Terminé llorando en el suelo. Una amiga que siempre me defiende llamó a una profesora y me llevaron a la enfermería”. Le pregunté por qué ese niño le había hecho eso, me contestó que sin querer había pasado a llevar su botella; en fin…

Lo más importante de la larga conversación que mantuvimos por unas dos horas, fue que a través de un juego; “el de los secretos”, logramos desahogarnos y expresar nuestros sentimientos más profundos que guardamos en nuestro interior.

Al partir este relato, señalé que a pesar de todo sentía un alivio en mi corazón. Y no solo eso, me siento orgullosa del hijo que tengo.
Cuando le pregunté qué sentía cada vez que lo insultaban o maltrataban, me señaló: “Siento pena, pero al ver que me defienden me alegra y alivia, además que luego pienso en que el que está equivocado y errado es él. Yo nunca voy a pegar o maltratar a alguien y me da lo mismo que me aparten por ello. Yo soy una persona buena y lo seguiré siendo”. Me asombró, pero continué; y cuando te dicen debilucho o niñita, ¿qué sientes? Los ignoro.

No solo esta fue nuestra conversación, sino que también me dio consejos o me preguntó por qué cuando me dijeron fea cuando chica no me miré al espejo. Me señaló que el fin de semana en la casa de sus abuelos había visto una foto mía de chica y me dijo que no era fea para nada. Yo simplemente atiné a decirle que era tanta mi inseguridad que creía todo lo que me decían.

Hoy; escribo desde el corazón y el motivo principal de estas líneas es la reflexión sobre el tan temido y mal enfrentado bullying. Nuestros hijos son parte de este mundo y aunque lo queramos o no, a veces es muy cruel. De los porrazos se aprende, dicen. Y de las caídas sales fortalecido. Ayer iba a conversar con mi hijo para entregarle herramientas y consejos para enfrentar su situación, pues bien, terminó dándomelos él a mí.

Mientras tanto, el sigue yendo a sus clases de karate, el problema de los golpes e insultos de sus compañeros se está tratando en clases y nuestro juego de “los secretos” tuvo un auspicioso comienzo de, espero sea, un largo camino de mutuo aprendizaje.