Noche de colas

¿Vivimos en una ciudad que llegó a su límite de capacidad?, ¿Se acabaron los sitios para salir de fiesta? Conoce a nuestro Nuevo columnista.

Día a día nos la pasamos esperando cosas, esperamos para subirnos al metro en horario punta, esperamos en la fila del supermercado, esperamos ese mail de trabajo que nunca llega o que el chico que nos gusta responda ese WhatsApp; esperamos señales, esperamos…

En general los santiaguinos no acostumbran a salir los días martes – yo soy uno de los que si lo hace- sin embargo esa noche fue distinta, al día siguiente se celebraba el feriado del Día del Trabajador y al parecer todos quisieron salir a festejarlo.

Me junté con un grupo de amigas en la entrada del HBH, un clásico bar de cervezas artesanales ubicado en la comuna de Ñuñoa al que nunca antes habíamos ido. El lugar no es pequeño, pero oficinistas y universitarios lo repletaban. Nos improvisamos una mesa y esperamos. Al poco rato se nos unió Damián, un chico gay que se viste como cualquier hétero de Europa, por lo que más de alguien miró hacia nuestra mesa con cara extraña cuando se sentó. Pareciera que aún queda un grupo de capitalinos que cree que usar parca en una ciudad en la que llueve en total 6 días al año está bien y que no esperan encontrarse con quienes se visten con un poco más de onda. Tras 40 minutos y 2 cigarros en la calle nos trajeron por fin nuestras 3 jarras de cerveza: rubia, ambar y morena. Definitivamente la espera no valió la pena. Es una buena alternativa de cerveza barata, pero por favor nunca pidan la rubia, una gaseosa de limón desvanecida tiene más amor.

Prendidos por bailar esperamos por un taxi libre y partimos rumbo al decadente Barrio Suecia, un barrio de vida nocturna que en vez de ser reinventado y potenciado tras el fracaso del modelo, fue entregado a las inmobiliarias. Ahí, entre los clubes clausurados que esperan ser demolidos está el Burbujas, un sitio de despedidas de soltera que funciona ocasionalmente como locación para fiestas gay. A eso íbamos nosotros, hasta que nos encontramos con una cola que se extendía por media cuadra y que llegando a la puerta se transformaba en una masa histérica de personas. Por un lado estaban los que trataban de salir a fumar y por otro los que trataban de entrar, chequeándose en una lista manejada por una tipa a la que se le podía notar en su cara cuánto odiaba su trabajo. Guardando las proporciones, de inmediato pensé en la forma en que administran las puertas en los clubes de Nueva York, o -sin ir más lejos- de Buenos Aires. ¿Será que en Santiago es muy difícil instalar separadores de fila, dividiendo en 2 colas a los con lista de las pobres almas desposeídas de contactos, y poner a un relacionador público al medio que maneje la situación de forma eficiente?

Aburridos de esperar en la cola mis amigos se fueron, pero yo me quedé, esperaba toparme con algún conocido y bailar, y no necesariamente en ese orden. Dos vasos de vodka y varios hits después logré salir a fumarme un cigarro con un grupo que me encontré. Ahí estaba, entremedio del chico ebrio que ya no podía hablar; del chico que siempre me ha movido la cola, pero al cual nunca podré ver como más que un amigo; y de él, el chico de los labios sensuales a quien le aguanté sus niñerías durante toda la noche con tal que tiráramos -otra vez-.

Después del sexo y ante un tiempo de espera aproximado de 35 minutos en SaferTaxi decidí que lo mejor era caminar un rato. Comenzaba a amanecer y Santiago estaba nuevamente vacío. Por las calles del viejo Providencia no pasaban autos, no habían personas, el silencio era absoluto e irreal. Mientras caminaba me puse a pensar en las esperas. ¿Vivimos en una ciudad que llegó a su límite de capacidad?, ¿Se acabaron los sitios para salir de fiesta? Es como si la vida capitalina tuviera como pre requisito el tener que hacer colas y esperar. Pero si quitáramos la ciudad del medio ahí seguirían las esperas, siempre esperaremos por esa canción que nos gusta, por no tener caña al otro día después de ese ‘último’ vodka tónica, o por volver a probar los labios de ese chico con el que no esperamos tener algo más serio.