Lo que pienso de Longueira

Por estos días Cassandra no ha podido dejar de pensar en política chilena, pero específicamente en los escándalosos capítulos que se han dado en politiquería. Sus reflexiones, aquí en su diario de vida.

Aún no entiendo muy bien por qué sigo escribiendo este diario. Bueno en realidad sí sé, pero prefiero pensar que no lo sé, para no parecer demasiado egocéntrica. Y es que según mi mamá el egocentrismo nunca es tan bueno, porque una -al final- sólo termina viéndose a una misma y se pierde de la diversión del resto. Y es que para nadie es tan fácil tener mi edad y verse como yo me veo.

Yo me veo como una “pokemona” común, pero tengo la madurez de cualquier persona de treinta. Esa es mi patología. Tener mente de adulta en cuerpo de niña. De hecho mis raciocinios son de una persona de 30.

Pienso en todo. Pienso en mi futuro. Pienso en que odio a mi jefa. Y más que nada pienso en política. En realidad, para ser más exacta, sólo últimamente me he puesto a pensar en eso. La política no me ha dejado de dar vueltas en la cabeza. Eso desde que he visto pasar tantos fenómenos extraños por televisión. Fenómenos donde se acumula más y más locura.

Primero la caída del candidato que dirigía el supermercado de un elefantito, y la posterior sucesión del otro político con cara de malo. Después cuando ese mismo candidato con cara de malo, que está ultra trillado y se llama Longueira, fue a un programa de televisión, donde fue desmentido a viva voz, por un periodista rucio de nombre en castellano y apellido en inglés.

Y por último para terminar de coronarlo todo, cuando días después, más encima, el mismo periodista rucio, con nombre en castellano y apellido en inglés, se dio el lujo de desmentir todo, diciendo, que el organismo electoral -que en un comienzo le había dado la información de que Longueira no se había inscrito en los registros electorales del 88´, en los que supuestamente no habría podido votar por el SÍ- en realidad, se había equivocado entero. Increíble. Necesito una razón para vivir. Quién podría seguir tanta locura por televisión, me pregunto. Nadie. Pero más allá de eso, la verdad es que por más que me esfuerce, y le dé vueltas y vueltas al asunto, nunca lograré comprender a Longueira.

Sencillamente no entiendo a alguien, que siempre ha dicho que no quiere ser presidente, cuando en el fondo, todo el mundo sabe que se corta las huinchas por lograrlo, que es lo que más quiere en la vida. Y sí así es, por qué no dice de frentón lo que realmente piensa, me pregunto yo. O será que tiene miedo de ser mal mirado. Creo que en eso se parece mucho a mi hermana. Mi hermana, por ejemplo, cada vez que íbamos a comer comida china cuando éramos chicas, siempre decía, que no tenía hambre, y después terminaba peleándose hasta el raspado del cebollín. Y así mismo es Longueira. Siempre se ha peleado hasta el raspado del cebollín. Pero alegando que es bueno, porque eso sí, él nunca ha dejado de decir que es “muy bueno”.

Y lo peor de todo es que mi jefa de la tienda de maquillajes, Doña Iris, lo apaña. Le cree todo. Se acuerda inclusive con cariño de aquella vez, en que se ‘pitió’ entero, y se puso a decir puras tonteras. Algunas como que un finadito de apellido Guzmán, le estaba mandando mensajitos del cielo. Habráse visto semejante cosa. Y que más encima el fenómeno lo tenía muy “confundido”. Tan confundido que ya ni siquiera sabía qué hacer. Insólito. Yo por el contrario, creo y siempre creeré, que personas como Longueira sencillamente jamás se encuentran en la posición de no saber qué hacer con sus vidas. Que se hacen los moscos muertos sí, pero sólo para despistar, porque lo otro, la verdad, lo hallo bien difícil.

Doña Iris, obvio que no me cree nada, inclusive sólo para acomplejarme me dice que soy una burra, y que no debería jamás acercarme a los registros electorales, porque mi voto sería como voto perdido. Y lo dice sólo porque en el fondo sabe que yo jamás votaría por el mismo candidato que ella: primero porque no soportaría darle el gusto en algo, y segundo, porque ella siempre vota, por los que me caen peor de la tele. Por ejemplo, ella sigue y seguirá siendo por siempre pinochetista. Al nivel que todavía habla del viejo como si aún estuviese vivo.

De hecho, a veces, cuando me ve como alienada viendo televisión, mientras me engullo mi almuerzo -que es una simple marraqueta con palta y mortadela- detrás del mostrador, no haya nada mejor que comenzar a “entretenerme” con puras historias fantaseosas de él. Que el viejo era bueno, que el viejo apadrinó a su hijo, y que hasta lo tenía tan presente, que le mandaba cacharritos de madera para su cumpleaños. Insólito. Pero más insólito aún es, que Doña Iris, me cuenta todo aquello, como si de verdad me interesara en algo. Como si de verdad estuviese tratando de darme una lección.

¿Y lección de qué? Me pregunto yo, qué diablos podría aprender yo de ese viejo. O del otro político con cara de malo. Nada. Absolutamente nada. Sólo que lo mejor que puedo hacer, es seguir haciendo lo que he estado haciendo hasta ahora, o sea, mantenerme lo más alejada posible de la política.