Consuelo de Saint-Exupéry, la rosa del Principito [Musas]

Conoce a la rosa más bella, egoísta, imperfecta, frágil y espinosa del libro El Principito.

Seas niña, joven o ya toda una mujer, seguramente escuchaste o leíste alguna vez la frase:

“He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos”.

El libro al que pertenece, El Principito, realmente es uno de los libros más valiosos para la humanidad. Un libro que nos permite hacer una introspección y recordar que alguna vez fuimos niños. Y cuya rosa, retrata a su gran amor, la más querida de todas por Antoine St. Exupéry, su esposa Consuelo.

Ésta salvadoreña, escapó de su país natal, y de una familia acomodada, tan solo a los diecinueve años para ampliar su lengua inglesa a San Francisco, Nuevo México y París. Luego, viuda de dos matrimonios, llega a Buenos Aires ya con su título de periodista, dónde conoció a Antoine, aviador que estaba a cargo de la compañía Aereoposta.

Se enamoraron inmediatamente y se mudaron a Francia, país natal del escritor, dónde comenzó lo que para Consuelo sería una deliciosa tortura. Ser esposa de un aviador fue muy duro y su matrimonio ardiente pero turbulento. Debido a los gustos bohemios de Antoine y su éxito como escritor, Consuelo debió enfrentarse a incontables engaños y amantes: “Ser la esposa de un piloto, fue un suplicio. Ser la de un escrito, un verdadero martirio”, decía más tarde.

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Pasaba el tiempo escribiendo en París, mientras su marido viajaba por Nueva York durante la segunda guerra mundial, hasta que un día, el avión de su amado, ya de vuelta en tierras francesas, fue derribado y su cuerpo jamás apareció.

Consuelo guardó numerosas cartas, las cuales jamás fueron leídas por la ocupación de la época en Francia. En ellas se martirizaban, se hacían daño, se separaban y se buscaban. Sin embargo, en todas, Antoine decía que no podía escribir ni vivir sin ella, pero que también era la culpable de sus huidas. Unos años después, escribió los años de su matrimonio en un manuscrito francés llamado Memorias de la rosa, publicados años más tarde junto a las cartas y algunos retratos.

Lo que más recordamos de El Principito, era su rosa y como la amaba con locura, y esa rosa, Consuelo, era sólo del autor, única, con espinas, imperfecta, frágil, dependiente, egoísta, mentirosa, pero de él al fin y al cabo.

Tuvo que cargar toda su vida con críticas, odiada y admirada, su figura de viuda triple y amante de famosas la opacó como escritora y más aún, tras la sobra de St. Exupéry.

Hasta su muerte, recordó a su amado. Hasta que la rosa finalmente y cansada de tantos desamores, se marchitó una tarde en París.

Fuente: Siluz.com