Misotrol

“Se supone que las parejas toman decisiones en conjunto. O acaso yo no cuento. O esa es una decisión que la puede tomar ella, solo ella, y yo a tomar por culo. O la paternidad se impone”.

Estaba embarazada. Eso me dijo. Ahí en el test se veía claramente: positivo. Estaba embarazada y me dijo que tenía un retraso de tres semanas. Me lo dijo mientras cocinábamos un arroz con croquetas de atún, justo mientras yo picaba un ajo. Ella sale del baño y me lo dice así no más: estoy embarazada, Marcelo. Y yo no sé si seguí picando el ajo o paré de picarlo o comencé a lavar la lechuga pero la miré como diciendo, “pero cómo, si esto ya lo habíamos hablado”, eso decía mi mirada pero en ese momento mi boca no dijo nada.

Y el silencio sí que lo dijo todo.

No te quise decir antes. Estaba un poco confundida. Es mi culpa. Dejé las pastillas hace como un mes. Sentí que me estaban haciendo mal. Tenía dolores de cabeza. Jaqueca. No he tenido tiempo para ir al ginecólogo. Estoy llena de trabajos para la universidad. Fin de semestre. En realidad, no sé en qué estaba pensando; la cagué, la cagué, me dijo, mientras se preparaba un té con canela y miraba más allá de los árboles de limones y pomelos a los que daba nuestra ventana. No me preocupé, en un principio. Efectivamente, ya habíamos hablado de esto; el plan A era, claro, pastillas, anticonceptivos, condones; el plan B siempre había sido el mismo, porque estábamos ambos en nuestro primer año de universidad, porque éramos demasiado jóvenes, porque había que disfrutar hasta los treinta –eso lo decía ella-, porque, ¡vamos, el mundo era una mierda! y no traeríamos a alguien a sufrir aquí –eso también lo decía ella, que estaba insoportablemente Schopenhaueriana-, porque a decir verdad y a fin de cuentas no queríamos hijos. El plan B siempre fue aborto. Y no nos tiritaba la pera para hablar de ello sin tapujos.

Aborto.

Ella estudiaba filosofía y siempre me hablaba de su derecho a decidir. Eso de “yo decido por mi cuerpo” era su consigna absoluta, su mantra. Incluso, la acompañe a un par de marchas a favor de la pastilla del día después. Ahí me decía que tener un hijo era una pérdida de energía terrible, que era una especie de sacrificio corporal, que las mujeres quedaban destrozadas y que solo algunas lograban reponerse, eso me decía, mientras de fondo las voces mixiadas soltaban un ¡pastilla, pastilla, pastilla pa’ las chiquillas! Me decía que le cargaban las weonas que veían su maternidad como un logro, como algo que las ponía un peldaño más arriba, como si fuera tan difícil ser madre, decía, creen que parir un pendejo es una licenciatura o un estado de budeidad. A veces me intimidaba.

Una verdadera mujer es una madre, dijo el barbón sicoanalista odiado por las feministas.

Que la maternidad es un estado de satisfacción ilimitada, dijo.

Yo, no sé.

Yo tampoco quería tener hijos, así que estábamos de acuerdo. Pero había algo raro. ¿Por qué no me dijo antes lo del retraso? ¿Por qué no ingirió la pastillita si ella era la dealer del misotrol en la universidad? Si las chicas acudían a ella casi en estampida. Quince mil por unidad. Tres por cuarenta mil. Negocio redondo. Su hermana era enfermera y se las conseguía y así tenía una entrada extra. ¿Por qué no se aplicó unos misotroles por si las dudas? Se supone que las parejas toman decisiones en conjunto. O acaso yo no cuento. O esa es una decisión que la puede tomar ella, solo ella, y yo a tomar por culo. O la paternidad se impone.

Por qué.

Porque sí.

Por qué.

Porque me dice que siente que tiene que tenerlo. Porque ahora algo cambió dentro de ella. Porque es imposible que yo lo entienda. Porque yo soy hombre. Porque hay que estar en sus zapatos. Porque las cosas cambian. Porque lo siente vivo ahí dentro y ya lo ama. Porque él será la única compañía que necesitará. Porque quizás es una prueba de amor. Porque así puede que madures. Porque si no lo quiero que me vaya a la cresta. Porque soy un conchesumadre, insensible, egoísta, que solo pienso en mí.

Las cosas volvieron a su cauce. Días después tuvo un sangrado. Embarazo ectópico fue el diagnóstico. Pérdida. El milagro de la vida no se concretó. Nuestra relación siguió por años, pero la supuesta mancha en mi hoja de vida me fue recriminada siempre, en cada discusión; esto sumado a otros factores deterioró la relación hasta mutilarla totalmente.

Hace un par de semanas “M” fue madre de una hermosa niña. Está feliz con su hija y su nueva pareja. Me alegro por ella. Porque es imposible que yo lo entienda. Porque yo soy hombre. Porque hay que estar en sus zapatos.

Porque las cosas cambian.