Desde Marte: Los hombres que no amaban a las mujeres

O de cómo a veces mi género me provoca repulsión.

Caso 1 Tuve una novia con la que la relación se terminó pero la amistad continuó. Su siguiente pareja bebía de más. Cuando estaba ebrio, comenzaban los insultos. Puta era el más común. Un día de enero, ella me llamó para decirme que la había golpeado justo afuera de la casa de sus papás. Le sugerí que se separara de él, que se cuidara. Le dije que esto podría escalarse a puntos irremediables. Me dijo que sí.

Dos semanas después, ya había regresado con él. Un mes después de eso, el tipo se casó. Con otra, claro. Otro mes después, ella regresó una vez más. Dos meses después, las golpizas reiniciaron. Y luego, él le exigió que dejara de hablar conmigo.

Hace tres semanas busqué el nombre de mi (ex) amiga en Facebook. Aparecía muy sonriente con el golpeador. Siguen juntos. Bueno, entre comillas, en cursivas, de mentiras. Porque seguro el tipo sigue casado. Y seguro la sigue insultando. Y es altamente probable que le ponga un par de sopapos de vez en cuando.

Caso 2 Nancy es una chica de México que gusta de leer en la terraza de su departamento. Un día se dio cuenta que frente a ella, en el edificio de enfrente, un hombre se masturbaba mientras la veía. Con el tiempo notó que era el mismo que le decía “piropos” altamente lascivos cuando ella caminaba por la calle. En otro momento, se mostró desnudo de la cintura hacia abajo cuando ella se volvió a sentar en su terraza. Al denunciar, las autoridades le dijeron que no podían hacer nada porque “no la habían tocado”. Ella subió el video a continuación a YouTube y se hizo viral en pocas horas. Las autoridades comenzaron a escucharla.

Su caso sigue en proceso.

Caso 3 Yo solía trabajar en una empresa de comunicaciones muy importante. Tenía dos compañeros de trabajo que no me simpatizaban mucho, Patancito Uno y Patancito Dos. En esta empresa, por lo menos de vista, conoces a todos los que trabajan ahí. Eso no los detenía de hacer sonidos francamente asquerosos cuando pasaba frente a ellos una mujer ni de comentar muy cerca de ella cómo se imaginaban que sería en la cama. Uno de ellos llevaba un par de años viviendo con su mujer. El otro tenía más o menos el mismo tiempo con su pareja.

Yo no digo que voltear a ver a una chica (o un chico, para el caso) sea algo malo. Todos lo hacemos. El cabello de ésta, las manos de aquél, el escote de la otra, las nalgas de ese de allá. La boca, el cuello. Es inevitable. Pero lo que no se vale es hacerlos partícipes de nuestras propias debilidades o de nuestras muy privadas parafilias. Sí existe una línea de respeto, de hombres hacia mujeres, de mujeres a hombres. Y cuando se cruza, lanzar una mirada inadecuada o un sonido chocante puede ser el camino para volverse un golpeador, amenazador, acosador. Y eso, chicas y chicos que leen esta columna, no es un hombre.

Eso es un mojón.