Boicot navideño

Unos días atrás mi hermana y yo sellamos un pacto: no regalarnos nada para esta Navidad. ¿La razón? No queremos ir de compras.

Unos días atrás mi hermana y yo sellamos un pacto: no regalarnos nada para esta Navidad. ¿La razón? No queremos ir de compras. Tanto como un viaje al Parque Arauco o al mall Chino de San Diego nos puede costar el último nervio de aguante que nos queda a estas alturas del año. ¿Exageración? Puede ser. Pero comprar/regalar algo no tiene sentido cuando pierde sentido. Y es fácil perder ese (y cualquier sentido), atrapados en un taco de autos como ocurre por estos días en Santiago, o viendo a figuras de la TV combinando gorros de Viejo Pascuero con escotes tropicales, mientras los chilenos se desmayan de calor en el metro y las casas de Retail celebran la llegada de más clientes endeudados.
Vamos, no es más que el cumple de Jesús. La estrella de Belén no está en Almacenes Paris.

Siempre he sentido que hay algo poco natural en el combo Navidad +verano desatado+ karma de fin de año, que debemos digerir a la fuerza quienes vivimos en el Hemisferio Sur. En el norte del globo, Merry Christmas, se consume con guantes de lana, olor a pino verdadero y si se tiene suerte, copos de nieve, coincidiendo además con el primer break del un período laboral que sólo empezó hace tres meses. Allá arriba la gente tiene ganas de celebrar/consumir, acá abajo sólo queremos que todo se acabe. Todo: las deudas, las matriculas escolares, las boletas de las Isapres, las vacaciones de los niños que recién empiezan, este gobierno y otras cosas que sólo madres de mi edad pueden entender y que me niego a poner por escrito para no darle el gusto a Pilar Sordo y a sus secuaces.

La fobia navideña es una enfermedad que ataca a muchas mujeres, sólo que pocas lo admiten. La mayoría insiste en dibujarse una sonrisa con restos de pan de pascua en los dientes. Es cierto; con niños el juego navideño es obligatorio con algunos matices y versiones posibles. No sé si erradicar la Navidad de nuestras vidas sea una solución, pero hay caminos alternativos que llevan a lo mismo, que es festejar en familia y entre amigos una fábula milenaria que sólo terminará de escribirse el día del Apocalipsis.

Volviendo a mi hermana. Le dije: “Ok, nada de regalos, te elijo un libro de mi biblioteca”. Me contestó: “Ok y prescinde de buscarle algo a S.S (su hijo, mi sobrino-ahijado)”. “Demasiado tarde, hace meses le compré un libro, pero sólo por el libro, porque temía que ya no estuviera”, le contesté. “Bueno, como quieras, yo te traigo otro de Paris, cuando vaya en mayo”. Estrechamos palmas de la mano y nos despedimos sintiendo que el secreto de una Navidad offbeat se esconde en las páginas de esos libros que todavía no leemos y que hubiéramos leído igual, sin el auspicio del Viejo Pascuero.

Cuando vivía en Nueva York vi gente leyendo novelas de Stephen King en un desolado Mac Donald el día de Navidad. Conocí a una amiga que se iba a clubes clandestinos de sexo a saciar su sed de festejo. Un matrimonio gay que prefería ver un rotativo de películas de Polanski en su departamento que cocinar un pavo. ¿Qué tal si todos hiciéramos lo que realmente queremos esta Navidad? Mi papá por ejemplo tiene un solo objetivo en las próximas 48 horas: encontrar una mozzarella fresca. Yo y mi hermana tenemos claro lo que no vamos hacer, que es salir a comprar. No es poco. No al menos para una fiesta que parece reducirse a eso.