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Usos del recuerdo y función de la memoria (Parte II)

No es raro que eso nos lleve a intentar revivir la experiencia de la relación, como si al volver a hacerlo pudiésemos cambiar el desenlace, aunque sea en nuestra imaginación. Somos sujetos plagados de sentido, y frente a su ausencia tendemos a desmoronarnos.

Mencionaba en la columna anterior como existían dos caminos profundamente disimiles frente a la separación. Caminos que van por veredas opuestas, pero que sin embargo encuentran raíz común en la vivencia y en el sentir que se gatilla en muchas ocasiones con el quiebre o ruptura de un vínculo. Particularmente ocurre que esto nos pasa cuando este vínculo es de carácter amoroso.

El primero de estos caminos que exploramos fue el efecto de idealización del recuerdo: esa tendencia a momentos incomprensible, pero tremendamente humana de intentar rescatar aquello que se hundió. La memoria funciona así de un modo adaptativo, en tanto esta operatoria se activa como un intento de reconstrucción, de llenar un vacío que amenaza nuestro vivenciar actual. Idealizamos para evitar caer en un abismo frente al cual aparentemente nada pareciera poder sostenernos. Resulta menos doloroso sostenernos de algo aunque sea glorificándolo pese a haberlo perdido, en tanto que la otra alternativa es dejar ir aquel recuerdo, y tener que enfrentarnos a la necesidad de reconstrucción de nuestra existencia a partir de lo nuevo, lo que puede ser tremendamente amenazante o bien sencillamente imposible en un determinado momento.

Ahora bien, el otro camino que nuestra subjetividad suele adoptar frente a la ruptura resulta sin duda más enigmática, pero no por eso más inhabitual. Hablo de cuando nuestros recuerdos toman la forma de lo traumático. Nuestra memoria resulta incapaz de dar sentido a lo vivenciado, a la relación y a su fin, a los determinantes y consecuencias de la misma. Por lo mismo el recuerdo vuelve, aparece una y otra vez de manera insistente, persecutoria.

Nos vemos enfrentados a una incapacidad de dejar ir el pasado, una fijación en el mismo que habita en nuestra memoria y somos incapaces de emanciparnos de él. Frente a esto, no podemos menos que maravillarnos y preguntarnos cuáles son los motivos por los cuales hemos llegado a un funcionamiento tan raro y contraproducente para nuestra vida.

Lo que se nos presenta en estos casos da la impresión de ser una constante escenificación de aquello que se convirtió en algo incomprensible, enigmático o misterioso: lo carente de sentido.

Sigmund Freud, al referirse a lo traumático, lo hacía en los siguientes términos: Una vivencia  que en un lapso de tiempo provoca en nuestra vida psíquica un exceso tal en la intensidad del estímulo que no puede ser procesado, que no puede metabolizarse por los medios normales. Fracasamos en el intento de comprenderlo, de aprehenderlo. Hay una emoción que desborda hasta tal punto nuestra capacidad de entenderla, de hacernos cargo de ella, que produce una especie de cortocircuito. Nos vemos entonces ante la siguiente situación: la ruptura sacude hasta tal punto los cimientos sobre los que sustentábamos nuestra vida, que caemos en un estado de suspensión. Ya deja de importar el ahora o el mañana, todo nuestro interés y energía se dirige a intentar dar cuenta de aquello que ocurrió, de descífralo, de romper el enigma.

Por lo mismo, esta repetición del recuerdo traumático sucede una y otra vez. Se nos escenifica, en tanto nuestra subjetividad intenta de múltiples manera dar cuenta del mismo. Recordamos, repetimos sin cesar en un intento de poder re-elaborar esa experiencia, de llenarla de sentido, de que deje de ser extraña, de que deje de ser vacía.

Les pido que piensen en esas rupturas difíciles que han tenido. ¿No les sucede que ese recuerdo aparece de improvisto en la situaciones más extrañas, como pidiendo una explicación, como buscando una alternativa en el “lo que podría haber sido, o lo que podría haber pasado”?

No es raro que eso nos lleve a intentar revivir la experiencia de la relación, como si al volver a hacerlo pudiésemos cambiar el desenlace, aunque sea en nuestra imaginación. Somos sujetos plagados de sentido, y frente a su ausencia tendemos a desmoronarnos. Por lo mismo, es la re-elaboración de lo traumático lo único que nos permite que aquel recuerdo pierda su potencia.

¿No les ha pasado que, en el momento mismo en que deja de importar, o cambia la lectura, el recuerdo suele dejarlos ser, volver a vivir en el aquí y el ahora?

 

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