Actualidad

Usos del recuerdo y función de la memoria (parte I)

Nunca es fácil terminar una relación, sea esta de trabajo, de amistad o bien una relación de pareja. Pero probablemente lo más difícil no sea el momento mismo del quiebre, sino que después.

Nunca es fácil terminar una relación, sea esta de trabajo, de amistad o bien una relación de pareja. Pero probablemente lo más difícil no sea el momento mismo del quiebre, esa conversación muchas veces tremendamente incómoda en que uno debe plantear al otro que aquello que los mantenía unidos se acaba, sea por el motivo que sea. Un ejemplo de esto podemos encontrarlo en el testimonio que relata Fran Fariña en “mi primer día sin él”

Como mencionaba, en muchas ocasiones el momento de quiebre no es necesariamente aquél más complejo. Lo difícil suele venir un poco antes e inmediatamente después de esa escena.

Antes del quiebre, ya que normalmente frente a la inminente amenaza de ruptura y la sensación de pérdida, de vacío y de abandono que puede provocar, nos vemos invadidos por cierta nostalgia. Solemos recordar aquellas cosas lindas y buenas que la relación ha tenido, y por lo mismo es habitual que nos sorprendemos a nosotros mismos rescatando y uniendo todos los elementos posibles que nos permitan seguir ahí, resistiendo y sosteniendo algo que puede haber acabado hace ya un tiempo.

Por su parte también resulta especialmente complejo el momento después del quiebre cuando afloran los recuerdos de lo que se ha dejado atrás. Si bien es cierto que existe la chance de que nuestra decisión tenga el grado de certeza justa para permitirnos seguir adelante, sosteniendo que lo realizado es lo correcto, resulta bastante común que esos recuerdos que surgen una vez que el quiebre se hace efectivo broten de manera intempestiva, sin control. Frente a ello, se suele reaccionar de dos formas diametralmente opuestas, aunque unidas por un punto común.

Por un lado el recuerdo puede tomar la forma de lo traumático, de que aquello dejado atrás resultaba incomprensible, imposible de dar forma, enigmático o bien amenazante. Sobre las causas y efectos de esto pretendo volver en otro momento. Por ahora, mi interés radica en explorar la otra vertiente, es decir, cuando el recuerdo surge como reivindicación de lo perdido, como un tiempo maravilloso, ejemplar e idealizado.

Cualquiera de estos dos desenlaces nos permite introducirnos al lugar misterioso donde se inserta la función de la memoria, y el acto del recuerdo.

No es extraño leer actualmente artículos donde se nos presenta una función mecánica y adaptativa del funcionamiento mental. Pero al leer esas hipótesis habitualmente no podemos menos que sentirnos ajenos por la manera en que se les escapa la función tremendamente subjetiva del recuerdo. Recordamos aunque nos duela, anhelamos recuperar lo perdido aunque nos haya hecho daño. Deformamos, alteramos y reconstruimos el pasado de tantas formas cómo es posible para acomodarlo a nuestro actual sentir. El acto de recordar, como un cazador experimentado, parece seleccionar el recuerdo exacto a traer a la luz de entre la manada completa de recuerdos, y opera con él, juega, lo reconstruye… lo crea.

¿Habrá alguien que no se haya descubierto a sí mismo añorando recuperar una relación rota, pese a que está haya acabado debido a que se tornó insostenible?

Esto se debe a que ambas formas de la memoria se sustentan en una narrativa que construimos, donde el pasado regresa una y otra vez. Como sujetos nos encontramos permanentemente escribiéndonos, lo que implica un constante acto de borramiento y de volver a narrar, a escribirnos hasta dar con una lectura que nos sea cómoda, que nos permita vivir con ese pasado evitando en el proceso el sufrimiento de lo vivido, de lo que erramos o no hicimos.

Cuando miramos hacia atrás, hacía esa relación desfallecida, la reconstruimos. En ese sentido no recuperamos una historia antigua, la rehacemos, la inventamos adaptándola a nuestra sentir del momento. Hay habitualmente una idealización de lo dejado atrás, del amor perdido, del otro que queda en el camino.

Esto no debe pensarse  como una falencia, un error de la subjetividad. Muy por el contrario, la idealización del pasado es una manera de dar forma al vacío originado por la pérdida que resulta necesario en ese determinado momento para poder seguir existiendo. Ahora bien, como toda narrativa, esta también es susceptible de ser modificada por nuevas experiencias que posibilitan dejar ir aquello que alguna vez nos sostuvo, y en el proceso encontrar nuevas lugares que nos permitan seguir adelante. El recuerdo y la memoria resultan entonces permeables una vez más, herramientas de nuestra subjetividad para dar forma a nuestra existencia, para sostenernos.

Tags

Lo Último


Te recomendamos