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Desde Marte: ¿Por qué las mujeres se vuelve locas en diciembre?

O de cómo temo por mi vida cuando llega esta época y tengo que entrar a una tienda departamental

Ya empieza a oler a Navidad. Bueh, si uno se rige por la decoración de los supermercados, esto comenzó en agosto. Siguiendo la cronología regular, a estas alturas, según el súper, estamos en abril. Odio que nos adelanten las temporadas, siento que le quitan lo especial al asunto.

Pero decía yo que ya huele a Navidad y por las calles y en las casas ya empiezan las decoraciones. Un pino por aquí, esferas por allá, verde y rojo por acá. Es una época que espero cada año, porque me gusta bastante. Se tiene la oportunidad de ver a familia de la que nos hemos alejado por alguna razón y de volver a contactar amigos de la universidad, de la infancia, de trabajos pasados. Todo se vuelve una postal de Hallmark.

Excepto que no es cierto.

Año con año, intento que las mujeres de mi vida, sean familia o pareja, se la pasen de lo mejor. Más de una vez he propuesto comprar la cena en lugar de usar 20 horas del día en asar lentamente el pavo y bañarlo en sus jugos. Mi moción, Su Señoría, nunca ha sido aceptada. Otras he planeado un viaje (que también elimina el elemento cocina), cocinar una tarde antes.. Es más, he propuesto celebrarla una semana después. O un mes después. O cancelarla, de plano.

Adivinen qué me han contestado.

Creo que pocas veces he visto a una mujer tan fuera de su propia personalidad como en estos días. De pronto todo se vuelve urgente. Ir por el pino navideño se convierte en una misión legendaria, comprar los adornos una odisea y poner en orden las luces es tarea de héroes. Con la comida sucede algo similar. Como siempre se aparecerá la mamá, la tía, la hermana que critica, el tío que come como si no hubiese un mañana y demás familia, entonces los platillos deben quedar impecables y de fotografía de restaurante. Eso sin contar que éste es alérgico al pavo, aquél no gusta de las castañas y esa otra le hace gestos de desprecio a la pierna de cerdo. Luego, hay que preparar tres o cuatro menús distintos que implican una gran cantidad de tiempo, dinero, esfuerzo y gritos para el pobre al que se le ocurra ayudar.

Pero quizás el momento que podríamos equiparar al desembarco en Normandía, a la Batalla de las Termópilas, sea el de acudir a las tiendas. Jo-der. Nunca he visto guerras más cruentas, enfrentamientos más sangrientos que el de dos mujeres por un cardigan a mitad de precio. Nunca un lamento más triste que el de una chica que se da cuenta que los zapatos que quiere no existen en su número. Jamás un paisaje más desolador, más deprimente, que el de una tienda departamental después del 25 de diciembre. Parece que le ha caído una bomba H.
Y… no entiendo por qué presionarse tanto. Créanme, no necesito que la cena por entero la preparen mis tías, mi madre o mi abuela. Tampoco que la casa se vea como sacada de Home Alone con Macaulay Culkin. Lo que me gusta es estar con la gente que quiero, básicamente. Y cuando veo esas transformaciones primigenias de cualquier mujer en diciembre, me pregunto si de verdad están disfrutando la época o si para ellas el chiste es enojarse, vivir empapadas de estrés y dar de codazos a alguna desconocida para arrebatarle los últimos chinos en gris perla.

¿Ustedes qué opinan? Disparen.

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