Un asunto de impresión

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Desde que existe Internet, la impresora dejó de ser un tema. Si la que tenías no funcionaba, era cosa de conseguirse el favor de alguien simpático, enviar el documento por mail y listo. Si era muy pesado, se enviaba por messenger.

Hace muchos años que no necesitaba una impresora. Cuando estaba en la Universidad, imprimía mis trabajos en la impresora destinada a ello; sólo había que llevar el papel y en general nadie abusaba, por lo que siempre había tinta disponible. Sí, había que hacer una fila y esperar tu turno, pero si era cosa de organizarse con algún compañero. Nada del otro mundo.

Con orgullo, hasta hace poco, decía que yo “no usaba impresora”.

Sí, había una impresora en mi casa; la usábamos mi mamá y yo y la encargada de que estuviera siempre en óptimo funcionamiento, era yo. Si se acababa la tinta, era yo quien debía comprar un repuesto y cambiarlo. Si no lo hacía, era simple; me quedaba sin impresora. Mi madre, si la veía mala, imprimía en su oficina. No era tanto tampoco. Nunca fue un tema.

En la oficina, no hay impresora. Nadie nunca ha necesitado una. Con todo esto de los computadores portátiles, los tablets y los teléfonos inteligentes, cada vez se hace menos necesario imprimir –o incluso anotar- nada.

¿Para qué voy a preocuparme entonces de que la impresora esté buena? la única persona que la usa es mi sobrino de 10 años, que tiene un trastorno del desarrollo y que insiste en imprimir TODAS las carreras del Club Hípico y TOOS los proyectos inmobiliarios de la cámara chilena de la construcción. El otro día se acabó la tinta, lo que constituyó en una descompensación de su ánimo magistral. La gente común se refiere a ellas como pataletas, y bueno, son eso, pero él no es un niño mañoso, sólo es un niño distinto.

Con mucha calma, le expliqué que no quedaba tinta, porque él la había usado toda; que si quería que le durara, sólo podía imprimir 10 hojas cada domingo que viene a la casa. Sorprendentemente, entendió. Así que al final, lo más lógico, y fácil, fue olvidarme de que tenía impresora. Y hasta el sábado en la noche, no la necesité.

Como el domingo iba a ir a la nieve, y quería pagar el mínimo precio posible, me conseguí que mi hermana me prestara su tarjeta de crédito de un banco que tenía convenio. Y ya que en estos días todo es tan electrónico, ¿Por qué iba a pensar que iba a necesitar imprimir el ticket en cuestión? Parecería obvio, pero en ese momento no lo entendí así. Estuve gran parte de la tarde en la casa, tuve el tiempo para revisar si la impresora estaba buena y dejar el ticket impreso. Dejé la ropa lista sobre la silla, la mochila con todo lo necesario y en cuanto al ticket…

“En la noche lo imprimo” pensé, asumiendo que la impresora estaba buena y que tenía tinta. Llegué a las 1.40 am. La impresora no funciona. ¿Qué cresta hacer? Al otro día partiríamos muy temprano; ni esperanza de ir a un cyber café. Comencé a pensar en quiénes tenían impresora buena y funcionando, y descubrí que muy poca gente. La mayoría de quienes conozco de mi edad, con suerte tienen un notebook, pero no tienen impresora.

No podría llamar a mis tíos a esa hora, ni menos tocarle el timbre a los vecinos. Solo tutié medio resignada por si alguien conocía algún lugar de impresión 24 horas o algo así.

Y entonces vi que mi amiga Sarah, una gringa que vive en Santiago, había tuiteado algo recientemente y entonces dije… y ella … ¿tendrá?¿Estará despierta? Y le mandé un tuit. Y me fui a dormir enrabiadísima conmigo mismo por no haber revisado que la impresora estaba buena, por no haber hecho el trámite más temprano, cuando podía tener una alternativa, por haber sido tan confiada y no haber contado con Murphy.

Bueno, como quedaban pocas horas para que sonara mi despertador, me quedé n poco resignada esperando que quizá mi hermano vería el email, o que en la ventanilla del centro de ski aceptarían que simplemente les mostrara mi celular, para calmarme y lograr conciliar el sueño. Estaba en eso cuando  mi celular hizo un ruidito que sonó a salvación. “I do have one” me contestó Sarah; porque a veces hablamos en spanglish. Me conecté al chat, le mandé el archivo y ella me dijo que durmiera tranquila, que lo estaba imprimiendo, que lo dejaría con el conserje de su edificio, y remató “No sé cómo puedes no tener impresora. ¡Yo imprimo tantas cosas!

Al día siguiente, mientras la ciudad mitad dormida mitad carreteada no estaba allí, manejé las pocas cuadras que separaban mi casa de la de Sarah y recordé la importancia de tener ciertas cosas porque nunca se sabe cuándo las vas a necesitar. Por más ecológico y económico que sea imprimir lo menos posible, a veces, simplemente es necesario.

¿Ustedes tienen impresora?¿La usan?¿Tienen alguna historia de terror con impresoras?