Mi primera vez en la nieve

El domingo fui a un centro de skí. Estuve con licencia hasta ayer. Les contaré porqué.

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Conocía la nieve por esas veces que nevó un poco en Santiago, cuando conocí la linda  ciudad de  Coihaique o cuando mis papás me subieron al auto y me llevaron a Farellones, con la ropa donada de unos primos que habían vivido en Bélgica. Tenía unos 4 años y jugar con nieve era lo mejor del mundo. ¿Esquiar? Nadie me dijo lo que eso era. ¿Tirarse con bolsas? Mi papá estaba viejo para eso. Y mi mamá cada vez se ponía más sobreprotectora.

Ocho años atrás, mi hermano mayor estaba en esa etapa de trabajar sin pensar en el futuro y viviendo con los papás, así que  fue muy buena onda y me invitó a la nieve. Más específicamente, a esquiar. Eso implicó que yo debía conseguirme parka, pantalones, botas, esquís, guantes, bastones, gorro, cuello de polar, bloqueador y lentes de sol. Nadie tenía nada; habría que arrendar todo.

No existía Internet o no se me ocurrió buscar ahí qué había que hacer o qué había que llevar; hablé con la única compañera de colegio que había ido y me dijo que llevara ropa de repuesto y me tomara el pelo. Que me iba a caer muchas veces, que iba a dolerme todo al día siguiente pero que si lo lograba, iba a valer la pena.

Partimos muy temprano en la mañana en un auto chiquito –no como los que suelen haber por esas alturas, 4×4 y esas cosas- con mi hermano encañado y yo con todo el entusiasmo que puede tener una ante las cosas nuevas a los 17 años.

Mientras mi hermano pagaba ticket, arriendo de equipo y clases, yo abría cada vez más los ojos sin poder creer lo caro que era y sintiéndome pésimo, pensando en toda la ropa que podría comprar con eso, y encontré muy injusto que existan cosas tan caras en el mundo.

Pero luego recordé los autos de lujo, las casas inteligentes, las joyas lujosas, los aviones privados, los restaurantes gourmet, los hoteles cinco estrellas  y todo eso, que siguen existiendo para unos muy pocos pero que nadie dice nada, y dije bueno, ya estoy aquí, he de disfrutar el momento.

Aparte de unas cuantas caídas, y una sangrada de narices, un guante perdido –y una mano casi congelada- no lo pasé mal. Así que comencé a conseguirme cosas por si mi hermano me invitaba otra vez, lo hizo, y fue increíble. Obviamente no me fui a las pistas difíciles, pero lograr controlar la velocidad, para no caerse, pero a la vez alcanzar la mayor posible para sentir esa adrenalina y sentirse un punto en medio de la montaña, es increíble. Al igual que haber recibido una buena educación, me siento privilegiada por haber tenido esa oportunidad. Sólo que lo primero no debiera ser un privilegio.

En fin, mi hermano se casó, se cambió de trabajo, yo entré a la Universidad y aunque me invitó otras veces, no pude ir.  Pero el viernes, luego de un pesado día de trabajo y una semana ídem, mi hermano me invitaba a la nieve.

Las condiciones, sin embargo, eran otras: yo debía pagar mi propio ticket. Por suerte tenía esquís, botas, bastones y antiparras que compré en el peor ataque consumista del que tengo recuerdo. La cosa no iba a salir tan cara. Me equivoqué.

Ocho años atrás, el valor del ticket del andarivel era el de la mitad; pero el recuerdo de ese vientito en la cara, de la adrenalina, del compartir con mi hermano y ahora mi sobrina, la recomendación de la psicóloga de hacer cosas diferentes y el polvo sobre los esquís me convencieron.

Sobre todo el polvo de los esquís; que representaba todas esas cosas que queremos hacer y que no hacemos por los motivos equivocados.

Partimos. Un poco más tarde, un poco más lento, en un auto más familiar que de soltero, con una niña pequeña recién despertada, y los sandwichs de rigor.

Me bajé del auto, me puse las botas y partí rauda a buscar el ticket que había comprado por Internet. Me asomé a la bajada, creyendo que automáticamente, todo el conocimiento de cómo esquiar vendría a mí como magia.

No fue así.

Me saqué la chucha. Muchas veces. En la mitad de la pista. Estrepitosamente. Con un esquí en cada extremo, un bastón a varios metros. Cada vez que me caía tenía que quitarme los implementos pues no sabía ponerme de pie. Estirando mi brazo como inspector Gadget logré quitármelos y seguir cayendo, 5, 8 veces hasta llegar a la pista de principiantes. Sí, ni siquiera me estaba haciendo la chora.

Logré llegar a la pista de principiantes y vi a otros derrotados como yo. La mayoría eran extranjeros intentando aprender a usar la tabla de snowboard, con equipos relucientes de nuevos y  la ropa más top. Igual de derrotados que yo, con mi equipo de segunda mano, mi pantalón de 1989 y mi parka común y corriente de Patronato.

Bien, la fila de derrotados, como así nos puse, era de unas seis personas sentadas en la nieve. Los pantalones super top de los otros derrotados, seguramente ofrecían cierta protección frente a la nieve que se derretía con el sol y el calor corporal. Ciertamente, los míos no. Con el poto mojado, los labios quemados, los músculos distendidos y la voluntad quebrajada, pensé en qué diablos estaba haciendo ahí. Todos tenían cara de estar pensando lo mismo.

Al principio, no lo entendía. Pensaba en que debía estar en mi cama recuperándome de la noche anterior, en que dormí poco y nada consiguiendo una impresora buena un sábado por la noche (para imprimir un ticket que me serviría para el ticket definitivo), leyendo, durmiendo o simplemente viendo televisión. Pero luego, caí en cuenta de que eso era lo que llevaba haciendo demasiado tiempo, refugiándome en la comodidad de mi pieza y dejando que la vida pasara delante de mí. Era tiempo de hacerme cargo. Quizá era necesario sufrir un poco de dolor físico para darme cuenta.

Subiré al área de descanso, me comeré mis sanguchitos, le pediré a mi hermano que me recuerde como esquiar, y seguiré, pensé.

Hasta que me caí del andarivel. Por no poder salir bien, me fui de hocico al suelo, me pegué en la cabeza con la silla, me resbalé por la nieve y me pegué en el poto con un fierro de la estructura. Humillante.

Me encontré con mi hermano quien no me creyó lo fuerte que me había golpeado, y me empujó al suelo para enseñarme a ponerme de pie. Luego él se fue a esquiar. Y yo me quedé el resto del día durmiendo. Cuando desperté, vi a un camarógrafo. Si vieron a alguien durmiendo con una parka blanca, sentada en una silla verde… esa era yo.

Llegamos a  casa, a la ducha  y a la cama. Al día siguiente, no me podía mover. Trabajé desde casa y el dolor de cuello era monumental; terminé en el médico quien me hizo el examen de rigor: “Empuje, levante, tire, agarre, resista”. En todo salí mal. Licencia por 3 días y drogas de las buenas.

Ahora sigo con la espalda hecha bolsa, me terminé resfriando y trabajo desde casa. Con el cuerpo derrotado, pero con el espíritu más alto que nunca.

¿Qué les pareció mi aventura en la nieve?