Casitas de muñecas

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Con todo esto que cambié el celular, ya no voy leyendo libros o revistas en mi camino al metro, sino que voy revisando el mail, las noticias y el twitter. Así que la revista Ya que salió el martes, recién la leí hoy, y no entera. En ella sale una especie de reportaje, donde varios columnistas escribían cuáles eran los mejores regalos que habían recibido cuando niños.

Y recordé mis casitas de muñecas. Tenía yo 4 años y le pedí al viejo pascuero una casa de muñecas. Lo que yo quería era aquello que tenían las niñas en las películas, con muebles en miniatura y muñecas ídem, que usualmente se guardaba en “el ático”. Mi papá, como siempre, queriendo “lo mejor para mí” se gastó lo que no tenía en una casa de muñecas… para el patio. Con muebles chicos de mimbre comprados en Chimbarongo. Lloré desconsoladamente. Igual que cuando pedí la muñeca que se llamaba Carolina que vi en la vitrina de una cordonería (mercería) que llevaba un vestido de lamé verde, lleno de lentejuelas. Me llegó la Ricitos, una muñeca a la que le crecía el pelo y se le podía pintar con unos plumones especiales.

Lección para ser padres número uno: Nunca intentes darles “lo mejor” a tus hijos. Cuando se trate de regalos, dale lo que ellos quieren.

En fin. Igual mi papá tuvo razón, porque esa casita y esa muñeca fueron la sensación del barrio durante los pocos meses que separó la Navidad de los cumpleaños de mis vecinas, cuando, oh, sorpresa, les regalaron una casita mucho más grande, con terraza incluída y muebles revolucionarios como un refrigerador y un microondas. Y la muñeca era la obsesión de mi prima que salvo eso no me pescaba. Gracias papá por ayudarme a incrementar la vida social de mi infancia.

En fin, la cosa se pone buena ahora. Caracol Vip, mi papá me pide que le acompañe a hacer algún trámite fome como sacar fotocopias, copias de llaves, mandar a arreglar zapatos o quizá todas las anteriores juntas y pasamos por una tienda de trajes de baño. En la vitrina, una casa de muñecas amarilla, que estirada parecía repisa. Tenía los biquinis entremedio de las ventanas, en una de las más curiosas manifestaciones artísticas de decoración de vitrinas que he visto.

“Papá, dile al viejito pascuero que quiero ESA casa”. Ya no era una nena tan chica, habré tenido 8 años y fui visionaria en ala funcionalidad que me otorgaba una casa-repisa más que aquellas de las películas. “Después, cuando no juegue con las muñecas, me puede servir como librero”

Llegó la Navidad, comenzamos a abrir los regalos y entre varios paquetes chicos de toda la familia, yo no veía mi casa. Comencé a bajonearme hasta que sonó el timbre. “Camila, anda a abrir” me dijo mi papá. Miré por el ojo brujo y no vi a nadie. “Un enanito del viejito pascuero” Imaginé. No, sólo era mi casa. La casa que yo quería. Pero mucho mejor: rosada. Ahora está en la casa de mi hermano, guardando barbies más bonitas que las mías porque bueno, se aprovecha el hecho de que mi hermano tiene dos hijas, y bien seguidas. Mi sobrina mayor la rayó un poco y habrá que repararla, pintarle nuevos marcos de ventanas y sorprender a alguien más. Bien papá, así me gusta.

¿Cuál es el mejor regalo que has recibido?