Karadima: ¿El fin de una era?

Lo mandaron a rezar.

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Al menos para el Vaticano, el caso Karadima está cerrado. La apelación de la defensa del sacerdote acusado de cometer abusos sexuales, psicológicos y de poder, no fue favorable para el ex párroco de la parroquia El Bosque.  El dictamen determinó que Karadima deberá vivir una vida alejada del sacerdocio y en penitencia.

Díganme ingenua, soñadora y todo lo demás, pero en el fondo de mi corazón, realmente espero que esto sea el fin de una época. El fin de hacer que la alfombra esté cada vez más alta por la cantidad de mugre que se le ha metido debajo. Que nunca más un niño, un adolescente  o un joven, o cualquier persona, sufra de cualquier tipo de abuso.

Pero no hay sueño que nazca de la nada; el germen de la consistencia y persistencia frente a un dictamen que demoró demasiado, pero mucho menos que el dictamen de la justicia; un dictamen que en teoría llevaría a Karadima a la cárcel si la justicia así lo determina. Por cometer delitos. Por ser un delincuente.

La iglesia no puede encarcelar a nadie. No es la justicia, no tiene ese poder, y ciertamente, no debería tenerlo. Sólo puede tomar las medidas necesarias para apartar a quien daña, de quienes podría dañar, y hacer todo lo humanamente posible para evitar esto.

La semana pasada leía en El Sábado una entrevista al sacerdote Felipe Berríos, quien está en África trabajando en un interesantísimo proyecto, que consiste en entregar una cabra a una familia, para que con su excremento se realice compost para cultivar la tierra, con su leche se alimente a la familia y con los excedentes de la producción puedan venderse o intercambiarse. Una vez que la cabra tiene su primera cría, esta se entrega a otra familia. Berríos expresaba que un gran problema de la iglesia, era que algunos sacerdotes comenzaban a figurar demasiado como ídolos. Dice que por eso se fue, porque estaba cachando que  su labor en Un Techo Para Chile, lo había mediatizado.

Porque son seres humanos. Ha pasado con sacerdotes, presidentes, cantantes de rocky hasta personajes de literatura. Algunas personas desarrollan fanatismos tan extremos, que trastocan la realidad y se olvidan de que, tal cual uno, sus “ídolos” comen, duermen y cagan, igual que uno. Son personas con nada más ni cada menos. No pueden ser elevados a una categoría de infalibilidad, no puede ser que haya un enamoramiento de quinceañeros frente a estas figuras.

Eso le pasó a la gente que niega de plano las acusaciones contra Karadima, “un hombre santo” nadie es un Santo, al menos no en vida. Se cegaron por su carisma y su “mensaje” olvidando la importancia de la labor pastoral, de bajo perfil. Porque es cierto que para la misa, el alba y la estola bordada por una madre, una hermana o una cuñada brillan. Pero cuando termina la misa, estas vestiduras han de guardarse por unas más aptas para el trabajo. O sea, la fuerza espiritual que puede sentir alguien por un sacerdote, no debe ser más que eso. En muchos más sectores de la Iglesia  Católica que la gente piensa, los fanatismos e idolatraciones personales, simplemente no se toleran.

Abrir las ventanas, hacer un aseo profundo, sacar lo malo y tomar medidas para que no vuelva a pasar. Comprar escobas nuevas y productos de limpieza abrasivos. Nada de reciclaje, botar todo, o quemarlo si es necesario. Así uno hace aseo en una casa que ha tenido a algunos de sus miembros enfermos. Así debería hacerlo una institución que ha tenido miembros enfermos y criminales; la pedofilia, además de un crimen, es una enfermedad, es cosa de preguntarle a cualquier especialista de salud mental.

Eso es lo que debería hacer la Iglesia Católica. Limpiarse, pero de verdad. Creer en la palabra de los niños, de las madres, de los padres y de todos aquellos que digan algo. Si mienten, Dios verá. Pero nunca más dudar de la palabra de una víctima, o de las señales que puedan manifestar. Abrir los ojos, los oídos y el cerebro.

Por mientras, esperamos el dictamen de la justicia, que determinará si Karadima podrá seguir rezando en un monasterio, o deberá hacerlo en la cárcel. Esperemos que sea lo segundo.