Esos magníficos despropósitos

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El otro día me junté con una amiga para pasarle algo que le debía hacía mucho tiempo. Había sido imposible coordinar lugar y horario; ella entraba y salía muy temprano de su trabajo, ella trabajaba cerca de mi casa pero yo trabajo no cerca de mi casa, etc.

Finalmente ayer pudimos coordinar. Ella vino desde su oficina a la mía, y nos juntamos acá. Ella andaba en auto y la idea era que me dejara en el camino; yo me bajaba y tomaba el metro, ella doblaba y seguía. Todo bien, el problema fue que nos pusimos a conversar y a conversar –no nos veíamos hacía tiempo- hasta que llegamos donde ella tenía que doblar. Pero dijo “la conversa está demasiado buena, te voy a dejar en Tobalaba” a esa altura, daba lo mismo; cuando uno ya está arriba del metro, una o dos estaciones no hacen la gran diferencia. Le dije oye por qué no vamos a mi casa y nos tomamos un té mejor, pero ella estaba cansada y yo tenía que salir, así que daba lo mismo.

Conversamos de muchas cosas. Del trabajo, de la vida, de la familia, del amor, de ropa, de cremas, de nosotras. El taco a esa hora era terrible pero ni nos dimos cuenta. Dentro de los temas de la conversación, estuvo lo perfeccionista que era yo, y lo mucho que eso me tenía chata.

Porque una cosa es ser organizada y planificada y tener claro lo que uno va a hacer. Eso puede ayudarla mucho a una en los estudios, el trabajo, poder tener más tiempo para hacer lo que uno quiere, pero llega un momento en que tanta estructura te hace simplemente colapsar. Simplemente, porque nunca todo está bien y como dijo mi amiga “Lo perfecto es enemigo de lo bueno”.

Mientras avanzaba la conversación, lo poco que avanzaba el auto me hacía ver lo mucho que avanzaba la hora. “Hace rato que ya estaría en mi casa” pensaba. Finalmente, me bajé cerca de un metro, pero no tan cerca. Tuve que caminar bastante y finalmente me salía mejor tomar una micro. Me senté y miré la hora y me dio un poco de lata. “Pucha, mejor me hubiera dejado ahí no más; no hubiera perdido tiempo ni ella ni yo, no se hubiera agarrado el taco, no hubiera gastado tanta bencina”. ¿Pero hubiéramos conversado? No poh.

Y es que muchas cosas de la vida –generalmente las mejores- ocurren cuando no las esperamos, cuando no las planificamos, cuando no las organizamos.

-Tenís que relajarte un poco galla- me dice mi amiga.

Y le encuentro toda la razón.