La agenda, una reminiscencia adolescente

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La primera agenda que tuve fue la agenda Aldonza. Corría el año 1996 y yo había pedido para mi cumpleaños, que es en febrero, la agenda Pascualina, la misma que el año anterior tenían todas mis compañeras.  Pero a esas alturas –después de navidad- la agenda Pascualina estaba agotada. Así que me pasaron la agenda de Aldonza, la hermana chica de la brujita que a todas nos hacía suspirar.

Supongo que esta moda de las agendas viene de la gringoide idea del “Folder” o archivador que concentraba todas las materias en un puro cuaderno. Bastante más lógico que cargar con una mochila de varios kilos.

Mi agenda Aldonza venía impresa a tres colores (verde, naranjo y negro) y allí uno podía rellenar todos sus sueños, gustos, preferencias y “secretos” y también venía con todas las historietas de esta hermana chica que era la rebelde de la familia; no le gustaba usar gorro de bruja y se tomaba el pelo con chapes. Era una floja y le cargaba leer. Nada que ver conmigo, excepto por lo diferente que se sentía de todo el mundo. No sé qué  tantos secretos podía tener a los 10 años, pero yo lo creía así.

Luego vino la agenda Disney, la de “Jeans” que me regaló una tía y varias más que no recuerdo. Pero las mejores agendas que tuve, las hice yo. Una compañera de colegio viajaba a España y traía los mini cuadernos Ágata Ruiz de la Prada que ahora venden en todos lados y en todos los portes pero que en ese momento acá no existían. Un cuaderno así me parecía perfecto para mis fines. Intenté encargarlo pero nadie me pescó.

Así que me lancé a la vida y convencí a mi mamá de que necesitaba un cuaderno de Mickey que costaba $1.800. También la convencí que necesitaba stick fix y muchos stickers. “Puedes elegir 2 tiritas” fue su juicio –para mí- miserable.

Así que partí con mi cuaderno, mis stickers, mi regla, mis lápices, mi tarro con timbres, mi stick fix y mis tijeras y una serie de esquelas y revistas. Partimos de vacaciones a Muerto Puerto Varas, donde sin Internet (No sabía que era eso) sin televisión por cable, sin amigos de mi edad y con un frío y lluvia imperdonables, no había nada que hacer.

Excepto “hacer” mi agenda. Recorté cuanta esquela, revista, servilleta, dibujo o impresión minúscula que encontré. Las guardé en cajitas de rollos de foto (¿quién me recoge el carnet  porfa que me duelen las rodillas de lo vieja?) y luego de dividir cada uno de las páginas en dos (de lunes a jueves) y en tres (para el sábado y el domingo) escribir el día, mes y fecha correspondiente y dejar varias páginas para notas entre meses, me dedicaba a al menos cada día tener un monito diferente. Cuando se acabaron los stickers, seguí con los recortes y cuando se acabaron los recortes, usé los timbres y pinté las impresiones.

Llegó marzo y todas mis compañeras llegaron con sus Pascualinas, sus agendas  Garfield, sus Psicodelia, sus Betty Boop o sus whatever de todo, compradas carísimas. Los recreos que en algún momento fueron para salir a jugar, ya no eran tales. Eran para quedarse en la sala “actualizando la agenda” stickers interminables, barras de pegamento con glitter que no secaban jamás, escarcha, plumones, lápices gel  en tonos pastel, intercambio de todo lo anterior y entre las más amigas, cómo no, “déjame ver tu agenda” con clips estratégicamente situados en los lugares “secretos”. Las agendas tenían bolsillos y ahí se guardaba todo lo que uno no pudiera pegar: Mechones de pelo, (¿Me habrán hecho Vudú alguna vez?) boletos de micro, entradas al cine, papeles de dulces. Bien Kitsh. Sonaba el timbre y no guardábamos las agendas. Seguíamos cuchichiando interminablemente y ocupando todo el espacio del banco en  nuestras agenditas. A varias nos las requisaron  y sólo devolvieron porque igual anotábamos ahí las pruebas y las tareas, pero sólo con la promesa de no “jugar con la agenda durante clases”

Yo me juraba la muerte con mi agenda, pero como yo nunca he sido muy hábil con temas artístico-plástico-manuales, obviamente me había quedado horrible. Y aunque me hubiera quedado linda, no había caso, siempre me iba a sentir como Aldonza. Repetí la experiencia de hacer mi propia agenda hasta primer año de u (¿por que me regalaron una libreta muy apta para eso ya?) y luego simplemente creo haberlas dejado de usar, o usar unas microscópicas. El otro día, ordenando un cajón, me encontré un tarrito de rollo de fotos con recortes de monitos. Lo guardé. Algún día alguna sobrina mía se va a entretener en su verano haciendo agendas. En realidad, espero que no. Espero que lo pase bien.

¿Y tú, tenías agenda?¿Qué fue lo más raro que pasó por sus páginas?