Neurosis múltiple

Ser neurótica es ser como mi madre cuando no la soporto.

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Ser neurótica es ser como mi madre cuando no la soporto. Cuando por una toalla tirada en el baño se puede armar una batalla campal. Cuando por un par de vasos sucios y cigarros en los ceniceros, producto de una noche de conversación con las amigas, me transformo en la hija desconsiderada, egoísta, sin valores, superficial y poco solidaria.

Siempre me he resistido a ser neurótica. Es que cómo por una tontera, una cosa insignificante, armas un lío que no tiene relación con la causa. Para mí la gente neurótica es la que no tiene nada más de qué preocuparse que de esos pequeños detalles. Mi mamá no trabaja.

Las tres últimas semanas un amigo se ha quedado en mi casa. El trato fue que lo recibía a cambio de que me ayudara con todo el proceso de armar y decorar mi hostel, además de hacer el jardín. Todo lo que necesito en estos momentos: un paisajista y un artista. Para mi el intercambio perfecto. ¿Justo, no?

Ignacio, así se llama mi amigo, estaba bordando uno de sus trabajos. Yo subía desde el basment una cama matrimonial. Entonces tuve que forzar su “buena voluntad” y pedirle que me ayudara. ¿No es lo mínimo que cualquier ser humano hace por otro, ya sea por compasión o buena educación? No creo que va por mi neurosis o por mi falta de cosas que hacer que un acto así me pueda cambiar el humor. ¿Es que cómo tanta la falta de tino?

Sábado de mayo con un sol radiante y obviamente que el mejor panorama es ir al McCarren Park a ver como la tarde pasa. Pero con otro departamento al que me tenía que cambiar el 1 de junio el check list era interminable. Mi sábado se redujo a arreglar muebles y pintar las 8 sillas que me había encontrado por todo el barrio, durante la noche que pasa la basura.

Ignacio obviamente que brilló por su ausencia y además tuvo el descaro de llegar en la tarde contando lo MA RA VI LLO SO que había sido su día jugando fresbee en el parque y fumando porros… ¿Está mal que lo haya querido matar, o haber sentido las ganas de reencarnarme en mi madre y decirle que era un egoísta y desconsiderado?

Ya a ese punto, no sabía si  la que estaba mal era yo o él. o si es que esto del encierro – producto de tanto preparativo que implica ser un pequeño empresario, estaba afectando mi sistema nervioso y realmente me estaba convirtiendo en lo que siempre había criticado: Una neurótica.

Luchando con ese monstruo interno que sólo podría aparecer en una de mis peores pesadillas, de manera discreta le insinué que no estaba muy contenta con su desempeño y que me estaba molestando su falta de compromiso con lo que habíamos pactado.

En el intertanto analicé cada uno de mis actos. Cada una de mis reacciones. Empecé a ver que lo que alguna vez vi como un ataque de neurosis por parte de mi mamá, era sólo una manera de educarme, de enseñarme que no puedo ir por el mundo dejando toallas botadas en los baños –menos si es en casa ajena- que tengo que respetar el esfuerzo del otro por mantener su casa organizada –labor que me he dado cuenta no es nada de fácil- y así un suma y sigue que alivianó mi carga emocional.

Lo más divertido de todo, es que llegué a la conclusión que todo esto iba de la mano con la madurez, con el hecho de crecer, tener proyectos, armar un plan de vida, querer tener una cierta calidad de vida. Hablé con mi amigo y le dije que 3 semanas habían sido suficientes, que ya era tiempo de que buscara otro lugar. Ignacio se fue y al otro día tuve que ir al dentista de urgencia a sacarme la mula del juicio. La gente del campo en Chile dice que cuando a uno le salen las muelas del juicio significa que ha crecido, que ha madurado.