Despertares de soltero

Javier Ramos se toma sus mañanas con calma.

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Todas las mañanas, de lunes a viernes, mi despertador suena a las siete de la mañana en punto. Algunas veces me despierta y otras, las menos, abro los ojos unos diez minutos antes y simplemente me quedo mirando el techo esperando que se active la alarma. De alguna forma, pareciera que sin ese sonido infernal soy incapaz de salir de la cama.

Tras ponerme de pie y abrigarme un poco, comienza una rutina que se mantiene prácticamente intacta cada día laboral. Es decir, pasar por el baño y luego hacer café. Y mientras la cafetera hace su trabajo, enciendo la radio y prendo el calefont, además de tomar un vaso grande jugo, porque todas las mañanas de mi vida despierto con sed. Después, tomo mi tazón con café y me instalo frente al computador a leer la prensa y revisar algunos mails. Toda esta rutina me toma poco más de media hora. Tras esto, me meto a la ducha para luego vestirme y partir. De esta forma, pasadas las ocho de la mañana estoy listo para salir de mi casa con rumbo al trabajo.

Es curioso, pero cuando era más joven sólo me bastaba una media hora para levantarme, desayunar, vestirme y salir de casa hacia el trabajo. Incluso solía sorprenderme cuando establecía nuevos récords de tiempo en mi rutina matutina. Todavía recuerdo un lunes que desperté sólo veinticinco minutos antes de una reunión que tenía cerca de mi casa, y que sin embargo alcance a llegar bien duchado y con un café en la mano.

Algunos dirían que cuando uno es más rápido cuando joven, o que se arregla y se prepara menos para salir de casa cada mañana. Puede ser. Sin embargo, yo creo que no se trata de un tema de pérdida de velocidad. Lo que me parece que sucede es que a uno, con el paso de los años, le dan ganas de tomarse las cosas con calma, de salir de casa bien desayunado, bañado e informado. Por lo mismo, el tomarse una horita antes de dejar la casa, cada mañana, es algo totalmente natural y hasta necesario.

Aunque claro, la calma de mis mañanas también es posible gracias que vivo solo y relativamente cerca de mi trabajo. Porque conozco de cerca la experiencia de quienes tienen hijos y más encima viven lejos de oficinas y colegios. En esos casos, la rutina parte prácticamente de madrugada y sin calma. Con los padres persiguiendo a sus hijos para que se tomen el desayuno y luego volando a dejarlos a clases o a tomar el transportes escolar. O sea, de café y revisión de la prensa, poco y nada.

Pero bueno, no es mucho lo que yo puedo hacer al respecto. Sólo disfrutar de la calma de mis mañanas. De hecho, no tengo culpa alguna por vivir solo. Eso sí, cuando los fines de semana igual despierto a las siete, por pura costumbre, me gustaría tener a alguien con quien conversar.