Volver con melancolía

No sé porqué me pasa, pero siempre que viajo, el retorno me llena de tristeza

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(cc) Mikebaird – Flickr

Me acuerdo cuando era chica, siempre pasaba algunas semanas del verano en Quilpué, en la casa de mi nonna, donde no tenía grandes actividades, solo la acompañaba a  ella y a mi tía y participaba en sus actividades diarias. Sin embargo, eso era suficiente para plasmarse en mí, y para después dejar un vacío cuando volvía a mi casa, a la rutina del colegio. Me dormía llorando de tristeza.

Me acuerdo de esto porque el sábado volví de una escapada que me pegué a la tierra de Ronald McDonald, y el mismo sábado en la noche, en la soledad ansiada de mi departamento, instalada viendo tele, con media maleta por desarmar, torres de papeles que organizar, ropa sucia por montones y largos etcéteras, me acordé de los lugares que habíamos visitado y me los imaginaba ahora desocupados, sin nosotros, y me dio una pena negra.

Algo de eso creo que rescató Richard Linklater, cuando en Before Sunrise, después de que los protagonistas se separan, muestra los lugares que recorrieron durante la noche, pero ahora de día, vacíos, solitarios, sin la presencia del amor pasajero de los protagonistas.

Siempre lo vivido, lo pasado, me ha dado pena. Me parte el alma pensar que nunca volveré a estar en ese lugar, que el espacio/tiempo que llené es parte del pasado. Imagínense la pena que me dio salir del colegio, recibirme, pensar que todo el camino recorrido no podría nunca más volver a recorrerse.

Sé que no tiene ningún sentido lo que les cuento, porque eso es vivir. Pero si nuestra vida fuera una película, nunca más podría nadie volver a verla tal cual fue, solo podría ser reproducida en fotos inanimadas, en videos que solo capturan voces e imágenes, en recuerdos que con el tiempo se van perdiendo, esfumando, modificando hasta tener poco que ver con la realidad.

Siempre siento que cuando vienen estos eventos tengo que vivirlos a concho, disfrutarlos desde antes que empiecen, porque sé, con seguridad, que me dejarán una sensación amarga de que se acabaron. Y tengo que repetirme una y otra vez que fue algo lindo vivirlos y que quedarán en mí, pero poco me sirve. No sé porqué.

Me imagino cuando ya sea abuela (cruzo los dedos) y mire hacia atrás, el largo camino de toda mi vida, mi juventud, los primeros años de mis hijos, verlos crecer, caerse y levantarse, verlos enamorarse, verlos irse. Uff… fuerte.

En fin, quizás a otros les pasa lo mismo. No me malinterpreten con una llorona, sonrío todos los días y soy feliz. Pero hoy tengo penita: es lo que hay.