Esas “pequeñas” crisis

A veces no queda otra que hacer un alto

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Más de alguna vez en la vida he dicho “Hasta aquí no más llegamos” “Me superé” “No doy más” o “Too much”. Son momentos en los que no somos capaces de mirar un centímetro más allá de nuestra nariz y, si es que algo vemos, lo vemos negro.

Son esas pequeñas “crisis” que nos vienen a todos (ojo, dije a todos, esto no distingue sexo). Ya sea por la universidad, el trabajo, la familia, el pololo o las amigas, TODOS en algún minuto, colapsamos y hacemos corto circuito.

En mi caso, la última fue a raíz de mi cesantía. Si leyeron mi columna anterior, sabrán que me costó encontrar mi actual trabajo, producto de la saturación propia de mi carrera. La ansiedad me estaba comiendo viva, andaba idiota y a ratos ni yo me soportaba. Me bajó la autoestima y me aislé del mundo: simplemente no tenía fuerzas para enfrentarlo.

En mi humilde opinión, considero absolutamente lícito hacer una pequeña crisis e, incluso, hasta saludable. Dado el nivel de estrés de la vida moderna y las múltiples funciones que debemos cumplir, pegar un grito de vez en cuando es terapéutico.

Así que, amigas y amigos míos, dense la licencia de llorar, sufrir, patelear, maldecir, gritar y otras cosas que no podemos mencionar, cuando lo estimen necesario. Hace bien y se vuelve a la vida cotidiana con una energía renovada.

Es eso o somatizar, en colon irritable, jaquecas, insomnia, irritabilidad, acné, fibromialgia o lumbago. Usted elige. Eso sí, no puede elegir la enfermedad que le toque.