Cómo vivir con crisis de pánico

Una afección más frecuente de lo que piensan

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Ha pasado mucho tiempo desde que me vino la primera crisis de pánico. En rigor, fue “un principio de crisis”, pero cuando uno no sabe de qué se trata de verdad que se le viene el mundo encima.

Todo partió con un idílico viaje a Cartagena de Indias, Colombia, con mi familia. Recuerdo un bello paisaje, una playa de aguas cristalinas y un casco histórico de película. Todo iba bien, hasta que se me descuadró la realidad. Estaba con mi hermana a punto de cruzar una calle cuando sentí que el mundo dio un giro brusco. Me quedé helada como quien contempla un episodio de la Dimensión Desconocida. No entendía que pasaba y se lo dije a mi hermanita, que sólo supo contestarme: “¿Cómo? ¡No seas loca!”. Esas palabras las recuerdo muy claro, porque para mí ese dia empezó todo.

De vuelta a Chile, en pleno avión, se me desató lo peor. Comencé a sentir taquicardia, sudoración fría, ganas de vomitar, pero lo peor de lo peor, fue la sensación de que me iba a volver loca. Pasé más de 7 horas junto a mi madre, con los ojos cerrados y apretándole la mano hasta casi cortarle la circulación. La pobre lo único que me decía era que ya íbamos a llegar, que estábamos cruzando la cordillera, que se veía el aeropuerto, que estábamos aterrizando. Recién entonces me comencé a relajar.

Pasó el tiempo y empecé una co-terapia con siquiatra y sicólogo, varias veces al mes y con tantas pastillas que sentía como si cargara con farmacia entera a cuestas. En parte gracias a eso, sentí que paso a paso recuperaba la normalidad, y pude seguir con mi vida como si todos esos episodios hubiesen sido algo puntual. Terminé mi carrera, me casé. Con mi marido adoptamos dos perros y arrendamos una casa. Sentía que la vida volvía a ser como alguna vez la había soñado. Y fui más feliz aún cuando supe que esperábamos un hijo.

Al embarazarme tuve que dejar de tomar mis medicamentos. Por un momento sentí que se me caía el mundo privada de pronto de mis  antidepresivos y tranquilizantes, pero la felicidad y esperanza del embarazo compensa gran parte de eso y creo que ese modo  logré pasar lo peor.

La vida siguió adelante. Nos fuimos con mi marido y mi hijo a España, en donde tuvimos otros dos niños. Fueron varios años en la península y no había vuelto a tomar pastillas desde mi primer embarazo. Me sentía feliz y plena cuando volvimos a Chile.

Fueron días de muchos cambios. Cambios de casa, cambios laborales. Vivimos un tiempo en Laguna de Aculeo y luego nos mudamos a  Viña del Mar. Me tocó buscar guarderías (jardín infantil) para los niños, departamento para vivir y luego colegio para el mayor. Después de un año, me puse a trabajar y hasta entonces todo iba bien. Había sobrevivido a varios meses de muchos cambios y mucho estrés sin colapsar.

Un día cualquiera  comencé a sentir un fuerte dolor de cuello que luego se me pasó a la espalda… fue tanto el dolor que terminé acudiendo a un traumatólogo. Me dio licencia y un montón de pastillas.

Aprovechando mis días “libres”, fui a buscar a mi hijo al colegio y después se me ocurrió ir al supermercado. De pronto, de la nada, volvió a desatarse la pesadilla. Me comencé a sentir mal, me faltaba el aire, sentía que me ahogaba y empezaron las sudoraciones. Le dije a mi hijo Martín que no podríamos ir al supermercado, que volveríamos a la casa. En lo profundo de mi mente yo luchaba por negar los síntomas, no quería asumir que estaba volviendo, 15 años después, a experimentar  una nueva crisis de pánico.

Iba cruzando un puente en el auto y ya no soportaba lo mal que me sentía, llamé a mi marido al trabajo, le dije que estaba mal, que de verdad pensaba que algo muy malo me pasaba. Que estaba asustada y que iba con Martín en el auto. Me dijo que me estacionara y que me tranquilizara. Lo segundo no pude hacerlo, pero sí subí el auto a una vereda y detuve el motor, en pleno centro de Viña. Sólo atiné a  tocar la bocina como loca y llamé a unos tipos que estaban en la vereda de al frente. Les dije que me iba a morir, que llamaran a una ambulancia. Marqué el teléfono de mi marido y se los pasé mientras sentía que iba a perder la conciencia.  Se me habían dormido las manos y los pies, había dejado de sentir la piel.

Mi marido llegó antes que la ambulancia, me agarró, me dejó en el asiento del copiloto y partió al Hospital más cercano. Comos recuerdos entrecortados de esa experiencia  puedo mencionar a carabineros escoltando el auto, y a mi hijo gritando “rápido, rápido, esto es una emergencia”. Incluso viéndolo en retrospectiva es algo que me causa terror, y  de verdad  no se lo doy a nadie.

En el “Hospital”, como buen centro asistencial público de nuestro país, me atendieron como reina. Luego de verificar que no era nada grave y ponerme un tranquilizante inyectable, me dejaron en una camilla en el pasillo junto a más de 20 personas. TOP. Ahí estuve tratando de controlar mi angustia y frustración, aún no quería creer que era una nueva Crisis de Pánico, ya que jamás me había sentido tan mal, al punto de llegar a un hospital pensando que me iba a morir.

Estuve pésimo todo el fin de semana, me temblaban las manos y no encontraba ánimo para levantarme. El domingo por fin me vestí y salimos a pasear con los niños por la playa. Llamé a mi siquiatra de miles de años y le conté lo que me pasaba. Él  me señaló que estaba frente a una “Gran Crisis de Pánico”, por lo que tuve que volver a terapia y a tomar pastillas.

Sentí mucha rabia y luego me resigné. Me dije a mi misma que estaba enferma y que mi deber era tratarme en vez de negarlo. Así lo hice. Pensé que debería tomar pastillas para siempre, pero con el tiempo descubrí que no funciona exactamente así.

Las crisis de pánico son reacciones del cuerpo a ciertas emociones. Es verdad que existen antecedentes genéticos y que muchos siquiatras te dicen que hay una sustancia (serotonina) que te falta para activar la cadena neuronal, en fin. Muchas teorías, sin embargo, a ciencia cierta, ninguna 100% demostrable.

Yo me quedo con la explicación de mi último siquiatra, que me ha servido y que he comprobado con la realidad. Mi cuerpo ya está acostumbrado a reaccionar de una forma  ante una amenaza. Está acostumbrado a responder con taquicardias, sudoración y distorsión de la realidad, sin importarle que la amenaza que ha tomado como estímulo no sea tal. Me explico. Si subo rápidamente una escalera, mi corazón se acelera. Como se acelera, mi cuerpo piensa que existe una amenaza y por tal comienza con la reacción en cadena. Ergo, se desata una nueva “crisis de pánico”.

¿Cómo me las arreglo para vivir con eso? Básicamente, pienso diariamente que las crisis pasan y rápido, que debo respirar profundamente y no hiperventilarme. Pienso en que nada me va a pasar y trato de distraerme para no seguir elucubrando qué voy a hacer si me viene una fuerte. Y así pasa.

Aunque sigo tomando antidepresivos, ya dejé los tranquilizantes y cuando me viene una crisis ni siquiera me tomo la “pastilla SOS”, pues  logro controlar la crisis por mí misma. No sólo respirando hondo y convenciéndome de que nada va a pasar, sino recurriendo por ejemplo al desahogo de escribirlo y contárselo al mundo, en parte como catarsis y en parte para que otras personas no pierdan la esperanza que sí se puede salir, que sí te puedes mejorar y que tu mente es suficientemente poderosa como para aprender a vivir con ello.

¿A alguna de ustedes le ha ocurrido o a tenido alguien cercano?¿Cómo lo han superado?