Por favor, no toque la bocina

Por favor, no lo hagan más

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Viernes, 8.50 am. Salida del metro, cruzar un par de cuadras para llegar a la pega. Bocinas. Por mil. Largas, repetidas, en varios –casi todos- los autos. La luz está verde pero los autos no avanzan: hay un carabinero regulando el tránsito. Sólo lo ven los autos de la primera fila.

Pero ese carabinero está allí todos los días a esa hora. Los que transitan seguido por ahí, deberían recordarlo. Y aunque no lo recuerden, nadie se queda parado ante una luz verde por querer. Claramente algo ocurre. O es un carabinero, o una ambulancia, o un accidente.

Así que no entiendo cuál es la idea de tocar la bocina. Aparte de que no se debe usar más que para advertir a otro de un peligro, EN CASO DE EMERGENCIA no aporta a nada. A nada. Los autos no se van a mover mágicamente. La hora no va a atrasarse. La cantidad de autos no va a reducirse en un dos por tres.

La única “función” que le veo al bocinazo es a reducir la frustración y estrés del conductor. Pero como las bocinas están instaladas de manera tal que el sonido sale hacia afuera del vehículo, el conductor apenas lo escucha, y por supuesto, apenas le molesta. Tampoco le llegan demasiado fuerte los bocinazos de los otros, a menos que esté con la ventana abierta.

Como peatona semanal y conductora de a veces, pero por un buen tiempo, de siempre, puedo dar una pequeña visión de ambos lados de la calle.

Cuando uno va en el auto, debería reducir al mínimo los bocinazos. Sólo para situaciones de emergencia. Debo reconocer que también me he equivocado y he tocado la bocina cuando no debería haberlo hecho; por ejemplo, cuando alguien hizo una maniobra varsa y casi me choca. No cuando se equivoca, no cuando hace una mala maniobra. Cuando alguien no parte en el semáforo, sólo si el semáforo es de esos para virar a la izquierda y mega corto, un cambio de luces o un toquecito de bocina funcionan. Pero sólo si pasa mucho tiempo y si veo que la persona está tuiteando, maquillándose o algo así. Si simplemente se “voló”, me aguanto.

De todas maneras, estoy trabajando para tampoco tocar la bocina en esos casos; pero al final, el remedio es peor que la enfermedad, porque de todas maneras, el que está detrás de mí, toca igual la bocina, varias veces, largo y bien fuertón.

Una vez, recuerdo, era verano y hacía mucho calor. Todos los autos iban con las ventanas abiertas por lo que el bocinazo constante era insoportable. Había taco y tocar la bocina porque sí no era una opción para mí, pero sí la de un auto al lado. No pude evitar gritarle “Ay señor, me duelen los oídos” con los correspondientes insultos y garabatos que recibí de vuelta”. “Enséñele no más a su hijo a tratar así a las personas” (Iba con un adolescente). Más gritos, más insultos, más garabatos.

Cuando uno es peatón, la cosa es más terrible aún. Uno tiene la preferencia siempre. En aquellos lugares donde hay semáforo, es más fácil, porque ¡ay de uno! Si se le ocurre cruzar donde los vehículos doblan. Con suerte no te atropellan pero te tocan la bocina porque te demoras según ellos “mucho”.

El otro día íbamos con Fran Fariña, nos disponíamos a cruzar la calle y una tremenda camioneta, en vez de dejarnos pasar, nos tocó fuerte la bocina como diciendo “Oiga, aquí vengo yo”. El mundo al revés. Ojalá el infierno esté lleno de bocinas, y los bocineros tengan que pasar allí al menos un día completo.

A ustedes, ¿Les molestan las bocinas?