Lacrimógenas y yo

Por suerte ahora se puso en la palestra

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Debo reconocer que he tenido bastante experiencia en la exposición a estos productos químicos de carácter disuasivo, palabrita que recuerda curiosamente el lenguaje de la guerra fría.

Es horriblemente angustiante verte atrapada entre el bendito gas y un mundo inexpugnable producto de la falta de visibilidad y las dificultades respiratorias.

Puede ser muy dramático, ejemplo de ello es Paulina Rubilar,  estudiante de la Concepción que casi pierde un ojo por estas bombitas.

Puede  también ser  parte de nuestro patrimonio de rebeldía universitaria… -y no tan universitaria para varios de nosotros y nosotras-  o de los concurridos carretes que les seguían y que servían de vitrina para contar las hazañas… ¡magistral!

Para mí, hoy, lo  más loco es que, aún cuando los años y un par crisis intelectuales han instalado el cansancio y me han alejado de las canchas (o las calles), he podido asistir a todas las manifestaciones y  sin moverme del computador, porque vivo en plena Alameda, a segundos de Plaza Italia ¡nada más glamoroso y lacrimógeno!

Pero una de las dimensiones más  importantes es que, al fin, se ha establecido en la agenda pública este tipo de discusiones.

¿Es legítimo, en una democracia relativamente consolidada,  utilizar medios “disuasivos” que dañan la integridad física de los y las ciudadanas?

¿No es, precisamente, un ejercicio de ciudadanía participativa y no delegativa lo que nos hará  estar más cerca del famoso desarrollo?

Muchas preguntas, muchas respuestas.

Ahora, a prepararse para el viernes en la tarde (manifestaciones nacionales contra Hidroaysén) y el 21 de mayo (cuenta pública en el congreso)  con limón y sal, amoníaco y paciencia… tanto para los que se van a manifestar y los que estarán ahí por accidente.