Odio el supermercado

Javier Ramos lo califica como un lugar “que desata las bajas pasiones”.

Si bien vivo sólo y varios días por semana salgo a comer fuera, no me libro de tener que –de tanto en tanto- ir de compras al supermercado. Y de verdad que no lo hago muy seguido, porque compro muchas cosas a través de internet (útiles de aseo, servilletas, etc.) y también me gusta surtirme de algunos productos alimenticios en los mercados, pescaderías, carnicerías, botillerías y verdulerías de mi barrio. Pero aún así, llega el momento en que debo tomar un taxi y partir a algún supermercado. No me queda otra.

¿Por qué odio ir a estos lugares? La verdad es que por varias razones. Primero, porque de verdad que me cuesta hacerme un espacio para ir, por lo que termino casi siempre yendo bien tarde en la noche, cuando muchas veces encuentro góndolas sin algunos productos o –peor aún- debo apurarme en comprar lo que me hace falta pues comienzan a anunciar por los altoparlantes del recinto que están cerrando.

Otra cosa incómoda del supermercado es que si uno se distrae al momento de pagar, lo llenan de bolsas plásticas y luego meterse al taxi y –en mi caso- subir cuatro pisos con las bolsas a cuestas no es fácil. Además, aunque uno lleve bolsas de género (lo cual siempre hago), igual los empaquetadores –vaya a saber uno por qué razón- le meten entre medio bolsas plásticas.

Pero más allá de los problemas de bolsas y horarios, para mí lo peor del supermercado son los clientes. Sí, la gente. Lo que pasa es que, en mi opinión, estos lugares desatan todas, pero todas, las bajas pasiones de la gallada. Me explico. Resulta que un buen porcentaje de los clientes de los supermercados hacen todo lo contrario a lo que los instructivos de estos recintos –y el sentido común- indican. O sea, agarran el pan con la mano (y no con las tenazas), no sacan número para ser atendidos en la fiambrería, si deciden no comprar algo lo dejan tirado en cualquier parto y se cuelan en la fila a la hora de pagar. Es increíble, más que ir de compras a un supermercado parece un rally en que todo el mundo hace trampa.

Me parece insólito que un lugar que se supone funcional. Es decir, un sitio donde uno –idealmente- va, busca un par de cosas, analiza ofertas y luego compra; se transforme en un suplicio de horas. Mi única esperanza para evitar esto es que el servicio de internet de los supermercados vaya mejorando, lo mismo que el comercio barrial. Porque del comportamiento de la gente no espero nada.

No sé, a la gente le falta mucha, pero mucha educación. Por lo mismo, cada día me gusta más la soledad de mi casa.