Cuento breve: Zurcidor

¿Has tenido un hoyito en el calcetín?

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sangria.cl

Una chica pasa una larga temporada estudiando en Alemania. Digamos que la muchacha era una medusa peculiar. De pelo corto, rizado y oscuro; de rasgos amables, pero con un brillo inteligente. Imaginemos que no es tan bella como cualquiera de sus amigas, pero algo en su aura la hace sumamente atractiva. No es necesario hablarle, sólo basta mirarla.

Consideremos, ahora, la existencia de otro personaje: flacuchento, de pelo desordenado y muy rubio. De dientes amarillos. Alto, muy alto. Lleva unos lentes enormes, con los vidrios de color amarillo, anaranjado. Sonríe, siempre sonríe mientras fuma su cigarrillo.

Y observa, indiscriminadamente, a nuestra medusa peculiar.

Ambos están en un departamento tenuemente iluminado. Una animada conversación se pelea el espacio con un jazz que sale de un reproductor portátil de cintas magnéticas. Habrá unas tres o cuatro personas más. Hablan de arte, de cine. Lo hacen en alemán, todos excepto la medusa peculiar. Él la mira, indiscriminadamente. Observa con detención sus ropas, sus manos, su pelo. Mira sus ojos que están en otra parte; quizá están en Chile, quizá todavía no han llegado aquí, a Berlín. Por eso no se ha fijado en mí.

Pronto se detiene en los calcetines. Uno de ellos, el derecho, ostenta un considerable agujero, que requiere de un urgente zurcido. Ella está indiferente. Él está evidentemente enamorado de ella.

El tipo de lentes desaparece de aquella sala. La muchacha ni se ha dado cuenta de su desaparición. Al rato, ha regresado, con hilo y aguja. Se acerca al pequeño pie de la medusa peculiar; ese pie que calzaba, al llegar a ese departamento, unos zapatos demasiado viejos, con algunas piedritas de algún camino chileno aún pegadas en la suela de goma. Acerca sus dedos flacos y largos al pie derecho. Con el hilo y con la aguja, comienza a zurcir el calcetín, mientras todos los demás hablan, mientras la música sigue sonando; mientras los ojos ausentes de la medusa peculiar convierten en piedra las cosas que ha recordado ese instante, pasmada ante el improvisado zurcidor.

Lo observa trabajar,  en silencio. Algo en ella cambia. Alguien ha juntado las dos orillas de un agujerito. Hay un lugar menos desde el que se escapan las cosas.

Ella se ha enamorado.