Rompiendo tradiciones: Semana Santa

Una cosa es lo que te inculcan, otra la que crees

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Toda mi vida participé de la semana santa. A través de la reflexión cuando era pequeña y jamás, jamás durante 23 años comí carne un viernes santo, hasta el año pasado.

Al igual que muchas familias en Chile, recibir una educación católica desde la cuna era común. Respetar las tradiciones sin cuestionarlas era parte de mi vida por defecto. Pero cuando comencé a crecer, perdí las ganas de ir a la iglesia, de rezar todos los días, agradecer todas las noches y no comer, ni celebrar nada los Viernes Santos. Pero el cambio fue radical cuando el año pasado acepté comer comida extranjera ese día. Y sí, por más rica que estuvo, me sentí mal un par de veces. Y la sensación empeoró cuando le conté a mi mamá. No tenía por qué hacerlo, pero cuando llegué a la casa fue lo primero que hice.

Pero la historia  terminó por preocupar a mi madre cuando de sus tres hijos mayores ninguno es participe de su religión. El cambio fue tal que no sólo ya no rezamos, ni respetamos pasar frente a una iglesia, también  descartamos por completo el sacramento de matrimonio, ¿es decir? Adiós matrimonio con la parafernalia de ir a la iglesia y jurar frente a Dios que nos amaremos para siempre.

Para los integrantes de la familia, siento que es un poco más incómodo que para mi madre. Porque para el resto, mis hermanos y yo somos una tropa de herejes, mal agradecidos y faltos de una orientación clara. En un almuerzo familiar, contar que tenemos ese rechazo frente a cualquier religión es casi una falta que merece la muerte.

Para mi cada celebración  religiosa es un clásico tratar este tópico, ¿Les ha pasado esto alguna vez??