Nanas: Prefiero ser justa y profesional

Puertas adentro jamás.

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Antes que nada, me gustaría contarles que en verdad me carga usar el término “nana”, me parece que es una expresión que los chilenos les gusta utilizar sólo porque es suave de escuchar, mucho más suave que “empleada doméstica” o “asesora del hogar”, los verdaderos nombres de esta ocupación. Pero bueno, estamos en Chile y acá la gente trata de ser y parecer lo más suave posible… para no molestar a nadie y que no hablen mal de ellos. Así es el país y no hay mucho más que hacer al respecto.

Una vez explicado lo primero, les cuento también que yo sí tengo una “nana”, pero que me refiero a ella frente a terceros como “la mujer que me ayuda con las labores domésticas”. Y cuando hablo con ella, la llamo por su nombre: Lulú. Bueno, en realidad ese no es su nombre verdadero, pero así le gusta que la llamen.

¿En qué consiste el trabajo de Lulú? Va tres veces por semana a mi departamento y se encarga de hacer el aseo, lavar la ropa, planchar y cocinarme algunas cosas. También aprovecho los días que ella está en casa para coordinar cosas como la entrega de algo que hay comprado por internet o que reciba a algún maestro que hará un arreglo en el departamento. En ocasiones muy contadas, le pido que vaya a buscar a mi hijo al colegio y que me espere en casa hasta que llegue. Aunque claro, ese par de horas se lo pago aparte y no me salen nada de baratas. Pero bueno, hay que ser justos en la vida.

Aunque el sistema de trabajo de Lulú no me permite disponer de tiempo libre después de mi trabajo ni hacer planes para las noches de fin de semana sin antes chequear si puedo encontrar una niñera libre, me acomoda la relación que tenemos. Primero, porque me parece que le pago bien por lo que hace y porque lo hace muy bien. Segundo, porque tengo plena confianza en ella y su trabajo, por lo cual le encargo mi casa y confío mi hijo sin temor ni remordimiento alguno.

Muchas personas me han dicho que dada mi condición (soltera y con un hijo) debería tener una empleada puertas adentro, o al menos que estuviera toda la semana en casa. No puedo negar que en más de una ocasión he pensado el tema. Podría pagarlo, tengo espacio en mi departamento y además así podría disponer de mejor forma de mi tiempo. Sin embargo, creo que mi privacidad es algo muy valioso como para perderlo sólo por un poco de comodidad doméstica. Además, siempre he pensado que las mujeres que trabajan en la modalidad puertas dentro ven hipotecada buena parte de sus tiempos de ocio y descanso. Lo que al final del día es también perder un poco de libertad y respeto por una misma. ¿Me explico? Es que me suena casi a esclavitud.

Afortunadamente, con Lulú tenemos una relación súper profesional. Más allá de que nos estimamos mucho, porque nos conocemos ya desde hace varios años, tenemos una relación de trabajo. Ella me presta un servicio y yo le pago por eso. ¿Y saben? Me parece bien que sea así, porque no me agrada para nada cuando la gente –sobre todos mujeres- se deshace en apelativos para sus “nanas”. Dicen que son las verdaderas dueñas de sus casas, que son parte de la familia y que los niños les tienen mucho cariño.

Porque no necesito a nadie que me reemplace, sólo un poco de ayuda.