¡No le digas a la mamá!

Es la frase preferida del pedófilo y señal clara para que los niños hagan lo contrario.

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No puedo no opinar, lo siento. Es más, aunque llevo varias horas intentándolo, ni siquiera puedo opinar desde la razón. No puedo.

Porque con los niños no. Con los niños no se pueden meter y pedir perdón. Ni Karadima ni el señor de la calle esa. NADIE tiene derecho a cagarle la vida a un niño. Y ni siquiera quiero pensar en la de mi niña.

Si alguien le hiciera pasar un mal rato, sólo un mal rato a mi hija: lo mato. No, mejor no. Buscaría a alguien, que conozca a un primo que tenga un amigo que vio a un sujeto una vez que era vecino del tipo que le puede partir la espalda a la altura de la T4. No habría perdón ni cárcel. Todas mis convicciones sociales y mi amor por los Contractualistas desaparecerían en un santiamén, superados por la ira y la venganza.

Y escucho como madres han denunciado toqueteos y los tipos siguen en los colegios. O se cambian de colegio y los sostenedores están demasiado ocupados ganando plata que se olvidan de ciertas pruebas mínimas para saber si el docente ese que viene a postular a la pega es idóneo o no.

No sé cómo aliviar su dolor. Porque linchar al sujeto (una vez que se compruebe que es culpable, obvio) no repara el daño. Porque el daño no se repara. Es así de simple y atroz.

De siempre le dije a mi hija que quien le hacía mentirme, era porque en algo malo andaba. Que nadie, ni siquiera familiares cercanos podían decirle eso. Incluso a regañadientes su padre tuvo que suspender varias “sorpresas” porque ella chiquitita era totalmente obediente y venía y me decía que su papá le había dicho algo que no tenía que decirme.

Su abuelo me odió cuando tuvo que devolverse de Algarrobo a Tabo porque ella no dejaba que nadie más que su tía le limpiara el poto. Así de tajante. Porque para evitar problemas es: “nadie puede limpiarte el poto si no es la tía X”, “no abras la puerta a nadie mientras voy a comprar”. Nadie es NADIE. Porque si empezamos a hacer excepciones, queda la escoba.

Muchos amigos me esperaron sin problemas afuera de mi casa un par de veces porque ella les dijo que iba y volvía, pero no tenía permiso para abrir la puerta. Ninguno se enojó porque entendían por qué era. Además nunca salía por más de 10 minutos.

Nadie puede tocarla. NADIE. Aunque me costó pelea con tíos, cuñadas y vecinos. Ella hoy entiende que su cuerpo debe cuidarlo y defenderlo. Por suerte nunca le ha pasado nada, por suerte o por mi sicopatía. Da igual, no ha pasado. Toco madera. El Universo la libre.