Los peligros de jugar a dos bandas

Si vas a tener una aventura, lo mínimo es saber los lugares que frecuenta tu pareja.

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¿A quién no le ha ocurrido una situación muy incomoda, como quedar con la falda arriba cuando sales del baño, el cierre abajo, típico de los hombres o chorrearte entera cuando comes un completo? Eso y tantas cosas más. Bueno, para algunas puede que sea terrible; para otras hay situaciones mucho peores. Por eso quiero contarles mi experiencia.

Fue en mis tiempos mozos – los veintitantos-. Estaba en un pololeo de cuatro años, esos que formalizan y pasan a ser un noviazgo, de esos novios que todo el mundo quiere, la familia lo acepta y no hayan el día del matrimonio. Uno de esos noviazgos de los que todo el mundo opina y dicen que van a terminar juntos.

Bueno, era un noviazgo tranquilo y responsable, casi hasta FOME. Ambos estudiábamos y estábamos apunto de recibirnos, salíamos juntos, veraneábamos juntos, nos veíamos casi todos los días. Eso sí se iba siempre a una hora razonable ya que al otro día había algo que hacer; en la semana por el trabajo o los estudios y los fines de semana por el futbol y el karate, ya que era un gran deportista y por lo mismo tenía un buen físico que lo hacía ganar aún más puntos con mi familia.  Nuestro horizonte era el matrimonio, y yo, estaba convencida que me iba a casar con él.

Pero el problema es que estaba aburrida. Yo quería salir a fiestas; nuestros amigos nos invitaban, pero a él no le gustaba y me comencé a incomodar. Quería hacer otras cosas, bailar, tomar un trago, pasarla bien, pero él no era de ese estilo, no le gustaba la jarana y menos salir a bailar y de tragos ni hablar, era todo un deportista.

Como se iba temprano, comencé a juntarme con algunos amigos, me iban a visitar o bien salíamos. Él se iba a las 10 y de 11 en adelante, la noche era mía. Mis amigos me pasaban a buscar y salíamos a bailar, hasta el otro día.

Obviamente me hice de un amigo de parranda, en realidad, a esa altura éramos más que amigos; estábamos saliendo casi todos los fines de semana, si no íbamos a bailar salíamos a tomar un trago.  Lo pasábamos muy bien, nos gustaba reírnos y molestar a la gente, lo gozaba y disfrutaba a concho ya que con mi novio era todo formalidad.

Un día mi novio me invito a salir, lo que me sorprendió bastante. Pensé que íbamos a un lugar piola, y acepté encantada, cuando estamos llegando no lo podía creer. Era el mismo lugar donde había estado la noche anterior con mi amigo y la había pasado muy bien. Desde que entramos comenzó mi calvario. Él no quería irse; me dijo que era un buen lugar, que había música y además conocía al garzón así que nos atenderían muy bien. ¿Saben la vergüenza que se siente, que el garzón te mire y te sonría, sabiendo quién eres tú? ¿Qué un día seas una loca y al otro una dama? Pensé que mi novio sabía todo lo que había estado haciendo el último tiempo y me lo iba a sacar en cara. Le insistía al garzón que me conociera, que estábamos muy enamorados. Ahí me dí cuenta que el no tenía idea, se sentía muy orgulloso de mí. El garzón se comportó como todo un caballero, sólo me miraba y me sonreía, mientras sus ojos me decían: cuídalo, es un buen hombre. Me sentía tan mal, sentía tanta vergüenza.

Por suerte, sólo nos quedamos un rato, ya que él estaba preocupado de mi “salud”. Imagínense la cara de desmayo que tendría. No podía mirarlo a la cara, él no se merecía lo que le estaba haciendo. Mi remordimiento de conciencia llego a tal punto que al tiempo después termine con él y con mi amigo también. No volví nunca más a comportarme de esa manera; aunque no estoy arrepentida, ya que lo hice cuando estaba soltera, y me sirvió para darme cuenta de lo que en verdad quería. Después que me casé y me convertí en la mujer más enamorada y fiel que pueda existir en el mundo.