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Días de preocupación

Javier Ramos casi fue víctima de la delincuencia

El viernes pasado llegué después del trabajo a mi departamento y -al abrir la puerta- me di cuenta que habían intentado entrar a mi hogar. Rompieron una cerradura y la segunda, afortunadamente, quedó maltrecha pero no cedió sus cerrojos. Justo estaba constatando el hecho cuando mis vecinos del mismo piso, una pareja joven, se acercaron para contarme que a su departamento sí habían podido entrar y que se habían llevado un computador portátil, joyas y un bolso con ropa que tenían listo para salir, al día siguiente, de vacaciones.

Tras esta amarga llegada a casa, no me quedó más remedio que esperar junto a mis vecinos la llegada del cerrajero que habían llamado. Y claro, como entre las reparaciones y los trabajos se nos hizo tarde, terminamos en mi casa comiendo unas pizzas y tomando cerveza, lamentándonos del robo de mis vecinos y de la preocupación que a todos en el piso –y en el edificio en general- tenemos ahora.

¿Qué hacer cuando a uno le roban? O en mi caso, ¿Intentan hacerlo?. Porque claro, en un primer momento, a todos nos aflora ese pequeño momio que llevamos dentro. Ese momio que desconfía de todos. De sus vecinos, del señor que hace el aseo, de los maestros que están arreglando un departamento en el tercer piso y hasta del cartero. Ese momio que quiere poner una reja en el antejardín del edificio e instalar barrotes en las ventanas de los departamentos. Y suma y sigue.

Sin embargo, me parece, la solución no va por ahí. Porque podemos tener todas las rejas y cerraduras del mundo y, en un descuido, se nos queda abierta una puerta o perdemos un manojo de llaves y nada, se crea la oportunidad para que alguien nos robe. Así de simple. Por lo mismo, aparte de dejar puertas bien cerradas e instalar uno que otro timer para que las luces se enciendan cuando uno no está, no hay mucho más que hacer. Porque de alarmas ni hablar, en mi trabajo siempre han tenido alarmas y no nunca han servido para nada, salvo para darnos cuentas que esas empresas de “seguridad” son una manga de incompetentes y estafadores.

Ahora, lo que sí podemos hacer es fortalecer la cosa humana. Es decir. Conocer y hablar con nuestros vecinos. Encargarnos el hogar cuando salgamos, recogerle la correspondencia a los que no están y otras ayudas por el estilo. Yo creo que eso es mucho mejor que enrejar y llenarse de alarmas y paranoia. Aunque, debo reconocer, igual estoy pensando seriamente en cambiar la puerta de mi departamento por una más sólida y contratar un seguro. Mal que mal, a nadie le gusta encontrarse con sorpresas desagradables en el regreso a casa.

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