El amor no existe, no lo nombres

Nombrarlo es en vano.

El amor es un discurso y, como todo discurso está hecho de palabras, por lo tanto deconstruible o construible, como uno quiera. Gracias a mi coautora Elisa de Cremona.

Las palabras forman el lenguaje, una convención social lingüística para designar aquello que nombran. Son arbitrarias y como tales no existen, pues no representan a la cosa que nombran. Son una mera suma de signos que llamamos fonemas en su más mínima expresión y que al agruparlos forman una secuencia que llamamos palabra –fonemas, monemas, morfemas y demases. Una suma de elementos que crean una unidad con sentido.

Heidegger decía que el hombre instaura al mundo cuando lo nombra, que todo existe en cuanto se reconoce, cuanto se verbaliza. Nombrarlo hace referencia al modo en que es determinado con esa asociación de signos que llamamos “palabra” que forman el lenguaje, como el amor.
Porque todo es explicable a través del lenguaje, todo es discurso, discurso que es siempre deconstruible-construible (Derrida). Las palabras que forman ese discurso son convenciones que nombran arbitrariamente al mundo que el hombre percibe y cómo lo percibe; lo instaura al nombrarlo. Hay cincuenta matices de blanco para un esquimal, por ejemplo, o 30 variedades de tierras para un geólogo y así.

¿Qué es entonces el amor sino una mera interpretación discursiva de signos y elementos que cada uno pone en el orden que más le plazca? El amor no existe, porque no existe una sola manera de nombrarlo, hay en cambio infinitas variables de lo que anhelamos sea el amor. Pero no lo existe, es un sonido. No un todo.

Nuestros discursos, por lo tanto, son inconsistentes, pues es imposible que para explicar una palabra y su significado, lo que queremos decir con ella, haya que remitirse a otras palabras… a pesar de ser sinónimas, porque vamos para otro lado. Es decir, fuera del texto, pero a la vez dentro, porque seguimos hablando de lo mismo.

En literatura, lo que conocemos como grandes amores son escasos capítulos de una historia interrumpidas, no existen en sí mismos sino a través de la muerte. Es cosa de recordar a Romeo y Julieta; Hamlet y Ofelia; Tristán e Isolda; Paris y Helena y en especial a Calisto y Melibea.

Sólo de la mano de la muerte existe la eternidad amorosa, porque ella es la única que no opina que “para siempre resulta ser demasiado tiempo”. La muerte existe, es concreta e igual para todos. El amor todo lo contrario.

En La Celestina, Calisto y Melibea viven el amor cada uno su manera. Calisto vive el amor de Melibea a través del deseo, él desea tocarla, tenerla, acariciar sus blancas manos y sus cabellos de oro de Arabia; mientras que Melibea, cuando toma conciencia de su amor, habla de “dulce amor”, de “amoroso amor”… Para Calisto siempre es deseo carnal, para Melibea, en cambio, es sensación física de apaciguamiento doloroso, necesario y anhelado.

Podemos establecer entonces, que no hay relación única entre las palabras y lo que nombran. Debemos considerar y reconocer al otro en la alteridad, con una experiencia lingüística diferente y entonces, al entender que significado y significante diferirán, yo pensaré en nísperos cuando me digan frutas, y mi interlocutor, en manzanas. De igual manera puedo pensar en mariposas en la panza, abrazos, besos o paseos de la mano cuando me dicen “amor”, y mi interlocutor, de acuerdo a su conocimiento y experiencia, puede pensar en deseo sexual, comida o un sillón con televisión.

El deseo por el otro, el reconocimiento del otro resulta innombrable, imposible… Ya lo sabía Lacán, Hegel y Levis-Strauss. Por lo tanto, ¿qué amamos cuando amamos? Pues lo que creemos que el otro ve, entiende, mira o quiere de nosotros mismos… nos amamos a nosotros mismos… por ejemplo: tengo los ojos lindos, seguro que al otro le gustan mis ojos… pero él mira mis cejas, yo, mis pestañas…

El amor no existe, es en vano nombrarlo.

Foto: pacovilaguillen.com