Vivir solo III: Seguimos con las vacaciones

Cuando se nos queda la basura o comida en el refrigerador.

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(cc) Flickr.com/Wasabi Lion

Les conté lo complicado que podía convertirse el cuidar una planta mientras estamos fuera de nuestra casa por las vacaciones, hoy les quiero hablar de otro tema igual de importante: las cosas que se nos quedan olvidadas en diferentes lugares de nuestro hogar.

Antes que la seguridad (cortar la luz, el gas, el agua, poner la alarma…), hay que fijarse en lo que de ninguna manera se nos puede quedar perenne durante el tiempo que estemos fuera: la basura y la comida del refrigerador. Nos dedicamos un día completo a vaciar todos y cada uno de los basureros que tenemos, embolsamos nuestros desechos y los dejamos muy ordenados en la cocina. Todo eso además lo hacemos dos días antes de partir, ni siquiera a último minuto, para que no se nos olvide nada y salga todo perfecto.

Llegamos por fin a nuestro último día de trabajo en la oficina y nos damos cuenta que tenemos que volar a la casa a buscar la maleta porque nuestro itinerario comienza en menos de una hora o porque tenemos un vuelo que no podemos perder o un pasaje en bus… Abrimos la puerta, sacamos las cosas lo más rápido posible, nos fijamos que esté todo cerrado (agua, luz, gas, ventanas…) y partimos, ¡por fin vacaciones!

Cuando volvemos de nuestro descanso abrimos la puerta y un olor a putrefacción nos golpea y casi nos bota al suelo. Nuestra casa está pasada a cadáver y no entendemos por qué. Lo primero que hacemos es culpar a los vecinos por dejar comida, después pensamos que pudo entrar un gato, caminamos un poco más y nos damos cuenta que toda la culpa es nuestra: ¡se nos quedaron todas las bolsas de basura ordenadas en la cocina! El olor se queda con nosotros una semana completa, aunque abramos todas las ventanas. Horrible.

Al año siguiente nos fijamos en ese punto y es lo primero que tenemos listo antes de partir, la basura afuera. Y como quedamos un poco paranoicos con el numerito del año anterior, nos dedicamos a vaciar todo lo que se pueda para dejar nuestra casa sin rastro de moradores y así evitarnos el mal olor a la vuelta. Si hasta nos terminamos los productos de limpieza por si les pudiera pasar algo. Dentro de los consejos que nos dan, está el más famoso y utilizado: vacía el refrigerador antes de irte. Pero como el año pasado no lo hiciste y no sucedió nada, lo dejas igual además que si lo desenchufas a la vuelta te encuentras con todo descongelado y una posa de agua en tu cocina a causa del hielo derretido.

Y entonces dices no, seguro que no pasa nada además no quieres descubrir qué es ese típico bulto que todos tenemos en el freezer cubierto de hielo por años y que en algún momento, crees, fue carne molida. Te preocupas del resto y el refri lo dejas como estaba: con todo lo que no se pueda echar a perder adentro. Te vas feliz.

A tu vuelta no hay mal olor y entonces piensas que lo hiciste bien y hasta te felicitas. Vas a la cocina para chequear, abres el refrigerador y el olor es repugnante. Ahora el muerto está congelado. Es asqueroso, un olor ácido y a pudrición. Miras bien y te das cuenta de tu estupidez: una caja de leche a medio tomar se te quedó abierta y después de tres semanas estás más que cortada.

No hay fórmulas perfectas, siempre se nos quedará algo, es fijo, y al final tendremos que lidiar con malos olores por unos días, pero es la gracia de la vuelta a casa, ese olor característico es lo que nos indica que iniciamos un nuevo año de trabajo. ¿Qué sería de nuestros días libres sin un poco de mal olor a la vuelta?