Condominio Infernal II

Siguen las historia del pequeño inferno en cada condominio.

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Con buen marketing, el infierno se vende como un resort perfecto

La vez anterior estuvimos hablando de mi Condominio Infernal. Gracias a todos por sus comentarios y déjenme decirles que no influirán en absoluto en lo que redactaré en esta segunda columna, más que nada porque este pedazo del artículo lo escribí antes de que se publicara el primero. Me salió tan largo que tuve que cortarlo en dos, pero los escribí casi juntos.

Hablámos de la joda de los gastos comunes, pero no quiero que parezca que todo el problema de cohabitar una villa es el tema de los gastos comunes, porque el infierno seguramente no cobra gastos comunes ni te pueden pasar a Dicom. El condominio infernal tiene otras cosas que lo hacen tal. Por ejemplo, tiene a una pareja extranjera (nunca he cachado de donde son pero pueden ser panameños como paraguayos) que pelean a gritos. Y se escuchan gritos de él, y se escuchan gritos de ella y a veces se hace un silencio profundo (como cuando iba a hablar el chavo) y se siente una cachetada, y la panameña sale llorando a la calle y se va a la plaza a peinar la muñeca. Eso nunca me tocó verlo pero lo escuché cuando comadreaban otras dos vecinas del barrio. Yo no sapeo, pero paro la oreja cuando el resto anda sapeando.

Esto de los panameños se lo escuché a una vecina que cuando llegué estaba bien rica. Flaquita, parecida un poco a Julieta Venegas y a Winona Rider, buena para la talla y sin pelos en la lengua. Una vez dijo que no entendía por qué las mujeres se preparan tanto para salir, si ella lo único que llevaba en la cartera era una muda de calzones. Me pasé mil rollos esa vez, pero aparte de saludarla y mirarla con ojos de depredador, en realidad nunca intenté nada. Aprovechando que ahora descubrí la veta literaria, a lo mejor debiera escribir que le hice chupete, pero es temprano, ando con caña y pensar en relatar peripecias sexuales me cansa aunque sean ficticias.

Además de las vecinas ricas y sapas, también teníamos un ladrón en el vecindario. Desaparecían cosas. Por ejemplo dejabas la ventana de la cocina abierta y desaparecía el hervidor, o se robaban un macetero del antejardín, y todo eso. Yo como hablo poco con los vecinos (hablo más con las vecinas) no supe que tenían un sistema de vigilancia nocturna (con lo cual me ahorré elaborar una excusa para no ayudar) y cachaban más o menos quien era. Un vecino andaba haciéndole a la mandanga o alguna otra droga y en la noche salía como a recorrer el barrio medio angustiado.

En una de esas recorridas encontró una ventana abierta y se metió a robar. Cuando salió había tres o cuatro vecinos que lo redujeron y lo dejaron como membrillo además de llamar a los pacos. Con los gritos salimos todos. Yo en calzoncillos y polera. La hija de mi vecina del otro lado, con un pijama cortito queme llamó la atención más que el ladrón, y viejas feas en bata, además de cabros chicos, quiltros y todos menos el guardia que a esa hora está durmiendo a pata suelta en su garita.

Al rato salió llorando la esposa del ladrón-drogadicto o ladrogadicto y dijo que ella sabía del problema, que él necesitaba ayuda, y que si tenía que ir preso que fuera preso. Bueno, llegaron los pacos, se lo llevaron y nos fuimos a dormir. Al otro día o el día subsiguiente la familia se había mudado sin dejar rastro y yo sugerí que podríamos dejar volver al Chavo del 8 que al final no era el ratero. Nadie pescó, nadie entendió. Mi condominio es un asco en cuanto a sentido del humor.

Justo a mi lado vive una familia en donde el papá habla con una papa caliente en la boca y su casa es igual a la mía, por lo cual puedo decir con propiedad que es un muerto de hambre. Si alguien que habla como si viviera en Lo Curro tiene una casa igual la mia, entonces es un picante igual que yo, no hay vuelta que darle. La señora es una rubia guatona que fuma como carretonero y viven con el hijo que parece ser simpático, pero más que nada porque es tan chico que no molesta a nadie.

Cuando esos vecinos hacen una fiesta siempre dejan la media cagada. El vecino Pepe Pato con doble papa en la boca hablando a gritos de sus grandes proyectos, otros guitarreando. Risotadas, gritos, cantos y al final cuando tienen fiesta nadie duerme hasta que amanece. Más encima yo figuraba un domingo en la mañana haciendo un hoyo con el taladro para fijar un gancho en el patio, y se asoma la rubia guatona a putearme porque es ilegal hacer ruido un domingo en la mañana. Tenía los ojos tan hinchados que no sabía si era por el carrete o porque Pepe Pato la boxeó antes de dormir. No le dije nada. Terminé el agujero con el taladro mientras escuchaba vagamente sus ruidos de fondo y entré de nuevo a guardar la herramienta. Pensé en sacarle en cara que ellos no dejan dormir en la noche y es justo que yo no los deje dormir en la mañana, pero ¿Qué gano con eso?

Una vecina del otro lado tiene dos hijas y un hijo. La menor debe tener como 25 y es como un sueño hecho realidad. Tiene cara de ángel y parece ser inconsciente de su belleza. Es la misma del pijama cortito esa noche que atraparon al vecino ladrón. Una vez nos encontramos con ella un 2 de enero y nos dimos el abrazo de año nuevo. Andaba con una faldita corta como de tenista. Creo que antes de morir, cuando a uno le pasan un compacto con los highlights de su vida, ese 2 de enero es número puesto. La miro disimuladamente, aunque no puedo hacer tonta a mi señora que me cacha al vuelo cuando estoy embelesado mirando a una señorita. Sabe que me gustan todas las mujeres, pero no se enoja por eso. Una mujer celosa y un hombre que peregrina tras la belleza femenina serían una mezcla incompatible. Pero mientras todo ocurra entre mis ojos y mi mente, a ella le da lo mismo, y el sentimiento es mutuo. Yo tampoco soy celoso y eso que sus compañeros de trabajo babean por ella.

La casa colindante a la mia la habita un matrimonio joven con tres hijos. Las dos niñitas tienen pinta de que van a ser despampanantes cuando crezcan, pero por ahora sólo son dos rubias larguiruchas con las rodillas peladas de tanto caerse en bicicleta. Supongo que alguna vez Scarlett Johansson también fue una chiquilla desgarbada que jugaba a la par con los niños del barrio e incluso les pegaba más fuerte.

Con ese matrimonio nos hemos hecho relativamente amigos. No es que estemos pensando en botar la muralla pero nos saludamos y nos ayudamos mutuamente. Cuando ellos recién llegaron, y como la muralla de mi casa delimita parte de su terreno, la vecina me fue a saludar, a presentarse y a preguntarme si podía poner una imagen en la pared. En el fondo, necesitaba taladrar mi pared para clavar el mascarón de una Virgen María. Yo le pedí ver los tornillos que usarían y me pareció que no era problema, aunque observé que la pobre María ya no sería tan virgen si la clavaban contra la pared. No le hizo gracia, claro, pero tampoco me agarró mala (afortunadamente).

También está todo el cuento de los tiras y afloja con la constructora. El servicio postventa siempre fue un asco. Las casas no eran como prometía la vendedora que prácticamente nos prometió que la línea 7 del metro llegaba a la puerta. Era capaz de inventar lo que fuera con tal de vender y muchos compraron con falsas expectativas. Por suerte mi casa casi no tenía pifias, pero otras se descuadraron por problemas con los cimientos, y luego del terremoto la cosa se puso peor. La constructora es especialista en correrse y de un día para otro la gente de postventa desapareció. Al final, cada uno arregla su casa como puede y hay contratistas que son como “de confianza” en el barrio.

Yo siempre que tengo maestros en la casa me preocupo de tenerles buen almuerzo. Como la mayoría son obreros de la construcción que hacen pololitos de fin de semana, sólo vienen sábado y domingo, y yo sé lo penca que es tener que trabajar los 7 días de la semana. Por eso trato de hacerles la jornada más llevadera teniéndoles siempre bebida helada a su disposición, y compartiendo un abundante almuerzo con la mi familia en el comedor grande (que no usamos en la semana porque nos acomoda la mesita de la cocina). Una vez un maestro dijo que en ninguna casa se había sentado a la mesa con los dueños de casa. Mi nana dijo “los señores son así”, y yo me sentí como el Padre Hurtado. Hay que tener cuidado eso sí porque una vez me pasé de amable y nos pusimos a tomar cerveza con los maestros. La cerveza estuvo bien, pero el trabajo demoró el doble, quedó mal y mi señora estaba furiosa. Como sea, siempre he sido transversal con la gente y a lo mejor por eso me iré al cielo. Difícil que me vaya al infierno porque ya vivo en él.

Mientras voy contando todas estas tonteras me voy acordando de otras. A lo mejor sigo con las anécdotas en otra ocasión. La del vecino descontrolado que ofrece combos y quería matar una gatita callejera que estaba pariendo porque “era un espectáculo pornográfico”. O la de los que arrendaron la casa amoblada y se arrancaron con los muebles, o la de la vecina que todos sabemos que se está comiendo al negro picante de al frente menos el marido. La de una señora que vive con 16 gatos y todos en una sola pieza del segundo piso. La del vecino que habla con voz FM y siempre quiere ser portavoz pero nadie quiere escucharlo, o la de la familia que se ha mudado 3 veces y las 3 veces ha vuelto. Pero creo que ya abundamos lo suficiente sobre la vida en una villa de clase media, medio mediano ligera, media baja, media alta o peso welter. Todas las villas, todos los condominios, todos los blocks son un infierno porque, como dijo Sartre, “El infierno son los demás”. Por eso nadie entraba a su sartrería y se fue a la quiebra.

Nos vemos!