Veraneo en Santiago, ni tan aburrido

Podría decir que pasé algunos de mis mejores veranos en la capital.

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(cc) Flickr.com/Hortensia V.

Ya les he contando infinitas veces que soy de provincia y es por eso que cuando chica pasé muchos veranos en Santiago visitando a mis primos que vivían acá, comprando los uniformes para el colegio y, por supuesto, realizando los infaltables chequeos médicos que a mi mamá le encantaban. Y al final no resultaba tan aburrida la cosa.

A partir de los tres años mi mamá empezó a mandarnos a mi hermana y a mí en bus con mi abuelo paterno desde San Felipe a la capital, mientras ellas cuidaba a mi hermano chico que era un bebé. Esas sí que eran vacaciones: estábamos sin el mando materno, nuestros abuelos nos regaloneaban, nuestros tíos se peleaban por sacarnos a pasear y lo pasábamos increíble con nuestros primos: íbamos al zoológico, a la piscina del Estadio Palestino, a comprar al centro, nos subíamos al teleférico… Después que nos fuimos al norte, como a los once años, la cosa cambió y los veraneos se convirtieron en el chequeo médico del año, terrible.

Era fijo que dos semanas antes de llegar a la capital mi mamá llamaba a cuanto médico infantil tenía en su libreta y pedía las horas correspondientes para mis hermanos y yo, a nosotros nos cargaba porque veníamos a Santiago solo a exámenes, no entendía que queríamos aprovechar la piscina o subir el cerro San Cristóbal. Pero ella insistía en los chequeos y los médicos no entendían que viniéramos a asarnos de calor en esta ciudad de cemento.

Pero era lo que tocaba, no podíamos hacer nada al respecto. Por supuesto que teníamos días libres, bueno “libres” porque lo que hacíamos era recorrer Patronato de punta a punta buscando los uniformes para el colegio, era tan barato que podíamos llevar una camisa para cada día. Después de eso llegaba, al fin, el tiempo de ver a los primos. Pero duraba muy poco porque de inmediato venía un almuerzo, once o cena con parientes vegetes de mis papás que no veían hace años y que querían presentarnos. Es que vivir lejos, muy lejos, hace que todos mueran por verte la cara aunque te hayan visto el verano anterior. En San Felipe el asunto “pariente” era más relajado.

Todo esto sucedió hasta los quince años y a pesar de lo terrible que puede sonar, no era tan aburrido y hasta lo pasábamos bien: andábamos en metro, en micro, recorríamos Providencia entero, íbamos al centro… Cosas que en el norte no podíamos hacer. Nos quedábamos todo el verano disfrutando del calor que derretía y recién en marzo volvíamos a la realidad: el colegio. Y ahí nos dábamos cuenta de lo bien que lo habíamos pasado en Santiago, tanto que puedo asegurar que pasé algunos de mis mejores veraneos de chica acá.

¿Vinieron alguna vez a Santiago de vacaciones?