El verano es enemigo de los niños

MJVG y sus panoramas para divertir a sus niños.

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(cc) Cacau & Xande

Apuesto a que en este preciso momento, 10:16 de la mañana, más de un millar de casas tienen sus televisores sintonizados en un canal de monitos animados. Es verano en Chile. Los niños han salido del colegio, pero los adultos aun no abandonan sus oficinas. Las maletas de veraneo siguen guardadas en alguna bodega. La nana, si es que la hay, no puede jugar otro playmobil que no sea el de su rutina de aseo. Situación indeseada: niño con mucho tiempo libre y aburrido.

Llega enero y los padres sufren ataques de pánico. La sola perspectiva de tener a tu hijo solo, en casa, dando vueltas por los confines de sus paredes, como una mosca aturdida, angustia a cualquiera. En el jardín de mi hijo en Valparaíso, las madres organizaron algo así como un escuadrón de ayuda. Un día lo dejas en mi casa para que jueguen; otro, en la tuya. Y así, hasta copar (al menos) las mañanas de la semana. Mi problema es que en enero no estaré en Valparaíso y no podré gozar de su lindo espíritu comunitario. Me encuentro veraneando en la ruta equivocada, en Santiago, donde el lema de las vacaciones escolares parece ser el mismo: coge tu auto y sálvese quien pueda.

Google, ayúdame. No quiero ir sola a la Granja Ventura de La Reina y aprovechar que AJ está jugando con una oveja para tomar notas en el reverso de una hoja. O pasar el día en la flamante recién remodelada piscina Tupahue hasta que los dedos me queden morados. Busco talleres de verano para niños de 3 años. Mientras navego, fantaseo en un taller de música a las 9, pintura a las 11, (¿por qué nadie inventa el de actuación? AJ estaría feliz imitando a Alvaro Morales en “Las Infiltradas”), yoga después de almuerzo, cocina o inglés en la tarde. Oferta, hay, pero, descubro con impotencia, la mayoría de los cursos son a partir de los 4 o 5 años, como los que ofrece el MAC o ese oasis de niños lindos de Vitacura, llamado Casa Lo Matta. La misma discriminación se repite en otras municipalidades. ¡Gracias sociedad de libre mercado! Gracias por excluir el segmento pre-pre-escolar de tu parrilla. Gracias alcaldes, museos, centros educacionales, y privados por hacer el trabajo flojo y encargarse de nuestros hijos cuando están un pelito más formados y civilizados y son capaces de escuchar órdenes y guardar los lápices en sus cajas. Los demás que se jodan.

Resuelvo inscribir a mi hijo en el jardín infantil de su primo durante un mes, con todos los costos de proceso de adaptación que eso implica (abuela y laptop pasando las mañanas con él sentada en una mini-silla). Con tal de que no esté en casa, debería dar el problema resuelto.

Si el próximo verano, alguien no inventa una Colonia de Verano, prometo hacerla yo. ¿Qué cuesta juntar a 15 niños entre 2 y 4 años y sacarlos de sus jaulas?

Son las 12: 30. Antes de ir a buscar a mi hijo al jardín y ver qué diablos vamos hacer en la tarde-noche tengo un flashback. Yo y mis hermanas estamos en un pequeño pueblo a las afueras de Roma, en Italia, que es donde crecimos. Nuestros padres nos han inscrito a una Colonia de Verano por dos semanas o más. Nos despertamos y acostamos rodeados de niños. Comemos, salimos de excursión, bailamos. Nuestras rodillas siempre están sucias y pasamos tomando agua.

Cuando vemos el auto de nuestros padres aparecer al final del camino, nadie llora ni se lamenta. Su presencia casi extraterrestre –qué fácil es olvidar que uno es hijo a veces-nos dice una sola cosa: que se ha acabado el verano.