Las típicas clases de natación de todos los veranos en Chile

Yo fui desde los cuatro hasta los diez años cada verano sin parar.

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(cc) Flickr.com/MacMarquez – Rodrigo Marquez de la Plata

Esta semana les hemos dado algunas de ideas de qué hacer con los niños en vacaciones: UCLANDIA, Festepeques, colonias, campamentos scout, etc. Ahora les quiero contar qué hacían conmigo cuando era pequeña: fui a infinitas clases de natación junto a mis hermanos.

Es cierto que llega un minuto de las vacaciones en que los padres ya no saben qué hacer con los hijos: ya no hay más juegos que inventar, los amigos se fueron de veraneo a otro lugar, la tele ya ni siquiera los emociona y las horas libres se hacen eternas. Es en ese momento cuando los progenitores dicen “tenemos que hacer algo” y se ponen en campaña para buscar actividades recreativas de verano y una de las más usadas en Chile son las clases de natación.

Yo tengo recuerdo de haber estado en una piscina con mis hermanos y un profesor desde los cuatro hasta los diez años, seguidos. Sin pausa ni descanso, cada verano asistíamos religiosamente a las clases de natación. A pesar de que me gustaba, al principio, esa solución claramente se convirtió en el comodín de mis padres, pero no los culpo porque ambos trabajaban y la verdad es que los niños con tiempo libre se pueden transformar en un “problema”.

En ese tiempo vivía en San Felipe, en la quinta región, un lugar que en verano parece el infierno, realmente no se puede sobrevivir sin piscina entonces las clases para mis hermanos y yo eran ideales: teníamos la frescura del agua asegurada. Todo bien hasta que empecé con otitis recurrentes por culpa de las famosas clases de natación. Eso duró como desde los cinco hasta los ocho años, pero mi madre insistía e igual me mandaba a la clase y yo figuraba la mayoría del tiempo con el agua hasta el cuello o sentada en el borde mojando mis pies y con un gorro de natación que cubrían mis oídos (tapados con algodones) del agua.

A pesar del dolor y de lo rutinario en que se convirtieron esas sesiones cada enero, no me puedo quejar. Fueron lejos las mejores vacaciones: conocí gente, disfruté del agua y por supuesto, aprendí a nadar (que era lo importante después de todo) y mis padres podían trabajar tranquilos. En Santiago está lleno de clubes y asociaciones que ofrecen clases de natación, cuando yo lo hice teníamos un profesor particular, que generalmente era el de educación física del colegio, que juntaba a un grupo de niños (del mismo colegio) y nos hacía las clases.

Las mamás tenían todo cocinado desde noviembre, contactaban al profe y juntaban más mamás a la salida del colegio y en diciembre le entregaban el paquete armado al profesor. Yo de verdad las recomiendo, si es que todavía no saben qué hacer con los niños. Son realmente una muy buena alternativa de recreación.