Y tú, ¿a qué le temes?

Cómo hoy me asustan cosas que de niña no importaban y viceversa.

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Cuando era niña le temía a la oscuridad, a que mi cómoda de cuatro cajones y patas cortas de repente cobrara vida y se me tirara encima. Pánico a dejar la puerta del clóset abierta porque no sabía qué adefesio podría salir de ahí directo a mi yugular. Pero aún así, dormía con la luz apagada porque fue imposible aprender de otra manera.

Mi cómoda ya no me asusta, pero aún cierro el clóset antes de dormir mientras mi hija se ríe a carcajadas de mi fobia estúpida (mucho que agradecer a Monsters Inc., por cierto).

A pesar que la oscuridad ya no es tema, ¿me van a creer que aún no puedo mirarme al espejo en penumbra? Historias de noches de San Juan con el diablo mostrándote tu propio funeral me aterrorizan aún a mis treinta y tantos. Nunca intenté siquiera hacerlo, pero en las noches de invierno me imagino claramente el lavatorio con agua, las velas y cómo el espejo deja de reflejarme para revelar el fututo. Mal.

Antes de la adolescencia me daban ataque las arañas, hasta esas mínimas de la parra, que más parecen hormigas que arácnidos. No era capaz de matarlas y mi hermano las ejecutaba cual verdugo medieval. Hoy no, hoy las enfrento. Quizás porque sé que siempre van a estar ahí y en mi brazo derecho está la cicatriz del recuerdo de una de rincón. Porque no les voy a permitir que dañen a nadie, entonces me defiendo, las persigo, las aplasto, las piso, las intoxico y demases.

Chica, pensaba que quedarme sola era lo peor que me podía pasar. Después de los 30, una sabe que eventualmente eso va a pasar por lo que construye redes sociales y arma actividades para vivir plenamente esos días de viuda o cuando la descendencia deja la casa para formar su propio hogar. Y me imagino en un departamento chiquitito y fácil de limpiar, sentada con una copa de vino leyendo un buen libro. Sin siquiera esperar que suene el timbre.

Asimismo le temía a la muerte. De los otros y mía propia. Pero la muerte llega sin misericordia ni reparos. Viene y es mejor ser su amiga para negociarle un par de años. La muerte tiene ese sabor angustiante de lo irremediable. Mejor protegerse para que cuando te pille, hayas completado la tarea.

De todos mis miedos, hay uno que permanece: siempre le he temido a los truenos. Raro que no a los relámpagos, que son los que efectivamente pueden dañarte. Ese ruido ensordecedor que hace que la tierra tiemble y tu cuerpo se convierta en un alfeñique insignificante ante el rugido del cielo. Como si te amenazara que en cualquier minuto viene por ti, a buscarte de puro aburrido que está, como niño malcriado. Creo que me asusta más porque del relámpago puedes huir, en cambio el trueno… el trueno te encontrará donde estés, sin consideraciones ni piedad.

Con los años los miedos van cambiando y la manera de enfrentarlos también. Pero están ahí, esperando que flaquees para agarrarte desprevenida, ja!