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Bitácora de una estadía lejos de casa (Parte 2)

Lee la segunda parte de la aventura de Fran en México.

Dos meses estuve lejos de mi ciudad natal, Santiago. Gracias a un regalo de navidad de mi papá, pude viajar a ver a mi, en ese entonces, pololo y vivir una de las vacaciones más maravillosas de mi vida. Si bien la realidad ha cambiado un poco- a buen entendedor pocas palabras- hoy los recuerdos son increíbles, pese a lo difícil que se hace convivir y a la distancia que estaba de mi cama. Esta es la segunda parte

Día dos
Nos levantamos como a las doce del día y salimos a caminar. En México es invierno, pero mejor ni les explico el calor que hace. Caminamos como tres horas y noto que en cada esquina hay puestos de fruta natural, sin duda lo más rico que venden en la calle. Nos comemos un pote cada uno, nos sentamos en una plaza y luego caminamos al supermercado. Hasta aquí todo perfecto.

Los días que fueron pasando se pusieron más y más increíbles, pero créanme que es muy difícil convivir lejos de casa. Acostumbrarse a las manías del otro es una tarea ardua. Si bien llevamos casi dos años, he podido comprobar en este viaje lo ordenado que es y lo excelente dueño de casa, mientras yo soy un desastre. Odio barrer, sacudir, lavar ropa y más encima tengo cero motricidadad fina, por lo que cuando lavé la loza metí tanto ruido que después de un par de intentos no me dejó hacerlo más, aunque eso no fue tan malo. Por otro lado, él es ultra bueno para ahorrar y yo, seca para gastar. -Se acabó el juguito de naranja, ¿vamos al súper?- le digo. – ¿De nuevo?, Pancha fuimos antes de ayer, qué onda. Cuando aún no llegabas iba con suerte tres veces al mes.- me responde con una cara de enojado que mejor ni les cuento, pero fuimos igual.

Un día, salimos antes de almuerzo de la casa y vamos derechito a tomarnos un taxi. Antes de subir, me dice –Pancha, sé que te gusta conversar, pero por fa no lo hagas, porque van a darse cuenta al tiro de que somos extranjeros y una, o nos cobran más o dos, nos secuestran. Deja que yo hable, le diga dónde vamos y listo ¿ya? – Lo miro y le digo que bueno. Me subo y no sé por qué lo primero que hago es hablar y al segundo decir que somos chilenos, pero el taxista era amoroso, así que no nos pasó nada de lo que me había advertido. Llegamos al Museo Nacional de Antropología, uno de los museos más hermosos y gigantes en los que he estado y además, en su entrada tienen una cascada enorme de piedra, donde, por supuesto, nos sacamos la foto de rigor.

14 de febrero
Es el día de los enamorados. Recorremos el centro de la ciudad y almorzamos en un restorán que está en la azotea de un edificio. En las calles nos regalan rosas rojas y estamos todo el día conociendo lugares. De hecho, él no había visitado la ciudad desde que supo que yo iría.

Es un día demasiado entretenido y emocionante, ya que asistimos al ensayo de la gira de despedida del grupo romanticón Sin Banderas (porque el baterista es amigo de mi pololo). Estamos gran parte de la tarde con ellos viendo cómo practican cada detalle con los músicos y hasta vamos a tomarnos un café. Según mi pololo, durante el ensayo sólo me faltaba prender un encendedor, ya que me canté todas las canciones.

– ¿Hagamos un asado?- me dice. –Pero si no tenemos ni parrilla y en el súper no hay ni cortes de carne.- respondo. – No importa, trae la parrilla del horno, compramos carbón y lo ponemos dentro del macetero de greda que está en la azotea. Compramos unas cervezas, hacemos micheladas e invitamos a los chiquillos (amigos chilenos de los otros pisos del edificio, músicos por supuesto).- me dice más contento que niño chico. – Ya bacán.- digo. No hay como un asado lejos de tu país, con papas mayo, ensalada de choclo, tomate a la chilena y un pebre. Todo acompañado de un buen guitarreo en la azotea del edificio, mientras atardece y vemos como oscurece Ciudad de México lentamente, en medio de bocinazos y ese intenso olor desagradable a tortillas de maíz.

Prácticamente no me dejan salir sola del departamento y aunque quiera ir a ver qué pasa afuera, no puedo. Creo que mi papá y mi mamá le metieron un poco de susto con eso de que me cuidara. En verdad la ciudad genera mucha inseguridad, pero la sobreprotección se fue un poco al chancho y con lo inquieta que soy, me desesperé un poco.

Son las tres de la mañana y él trabaja con la música fuerte, pues mezcla algunos temas para un disco. Yo detrás en un sillón leo un libro, pero me empiezo a aburrir. -Quiero ir a tomarme un cafecito de caramelo a la servicentro, ¿vamos?- le digo. -¿a esta hora? – Sí por favor vamos.- insisto. – Es muy tarde, ya nos pusimos el pijama…pero bueno, vamos. Logré lo que tenía en mente: caminar por Ciudad de México de noche y hacer que parara de trabajar un rato. Lo divertido fue que cuando llegamos al local, lo miré y le dije que ya no quería café. Me mira con cara seria, pero finalmente se ríe, me abraza, compramos algo rico y nos fuimos.

Llegó el día.
Es domingo 9 de marzo y hay que regresar. Nos subimos al auto y como buena mujer sensible, lloro todo el camino. Todo se me quita cuando llego al mesón del la línea aérea y el tipo que atiende me dice –pero señorita, su vuelo salió ayer, nosotros tratamos de contactarnos con usted para darle aviso, pero no lo logramos. –Créame que no lo lograron porque o si no, no estaría aquí señor. Necesito que me den una solución.- Le respondo enojada.- Por su puesto se demoraron horas en dármelas, pero finalmente pasó lo que yo no me esperaba. –Señorita, usted viajará mañana en un vuelo directo a Chile. Por la noche la dejaremos en un hotel con todo pagado y su acompañante puede quedarse con usted, no se preocupe.- Simplemente, regalo del cielo.

Al otro día, hago todos los trámites pertinentes, mientras las lágrimas me hacen ver borroso. Ya es hora de despedirse. Nos abrazamos, nos damos besos y él me promete que no pasará mucho tiempo antes de que nos volvamos a ver. Entre una mochila, un gorro mexicano que llevo bajo el brazo y una bolsa llena de regalos que llevo en una mano, me dificulta abrazarlo, pero lo hago por última vez. Paso el límite donde él ya no tiene acceso, giro para verlo otra vez y me voy.
Hasta mi regreso a Chile no dejé de tener pena. Las azafatas me miraban con cara de preocupación, me llevaban pañuelitos y vasos de agua. Estaba triste y como no estarlo si fueron las mejores vacaciones que he tenido.

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